Yo leí la primera novela del escritor estadounidense Hernán Díaz, titulada A lo lejos, meses después de disfrutar de la segunda suya, Fortuna. Las dos son impecables obras literarias de un nivel altísimo.
A lo lejos (cuyo título original es In the distance) fue publicada en 2017 y tres años después la tradujo espléndidamente a mi idioma el escritor español Jon Bilbao. Esta novela extraordinaria comienza así:
“El agujero, una estrella abierta a
golpes en el hielo, era la única alteración visible en la blanca planicie
fundida con el blanco cielo. Ni asomo de viento ni de vida ni de sonido”.
Estamos en Estados Unidos, en el siglo XIX, en un Estados Unidos que
empieza a ser ese gigantesco país cuyo poder de aparecer como legendario es
casi tan brutal como su propio poder sin más. Nuestro protagonista “era todo lo
grande que se puede ser sin dejar de ser humano”, se llama Hakan Sodestrom, con
sus puntos escandinavos sobre algunas vocales, porque es nacido en Suecia, de
donde llega siendo casi un niño en busca de… En busca de lo que llegaban
quienes prácticamente huían del continente europeo en pos de la vida que no
sabrían ni podrían tener en sus terruños. Hakan acabará aprendiendo que
aquellos inmensos territorios por los que, literalmente, vaga, convierten a
quienes los transitan, a esos viajeros en absoluto heroicos, en auténticos
intrusos.
Hay mucho de soledad y demasía geográfica en este libro duro y humanamente palpable.
“Nada interrumpía el silencio
mineral del desierto. En aquella quietud absoluta, el mundo parecía un objeto
sólido, como si estuviera hecho de un único bloque compacto”.
Es un libro de alguna manera planetario, una vitalísima narración repleta
de dolor y muerte, pero, sobre todo y ante todo, enfangada hábil y hermosamente
en la necesidad de seguir siendo lo que quiera que se es, un libro en el que
alguien sabe que “nuestra carne se compone de los residuos de las estrellas
muertas”, que “cada ser vivo, por minúsculo que sea, irradia rayos que se
extienden hacia el conjunto de la creación”. Porque “conocer la naturaleza
significa aprender a existir”: por eso “debemos escuchar el incesante sermón de
las cosas” y lograr así ser partícipes, de la mejor manera posible, “del
éxtasis de la existencia”. Siempre y cuando nuestra principal tarea sea
“descifrar las palabras” de la naturaleza.
“Más que tirar de los carromatos,
los bueyes, con la cabeza gacha y el morro espumeante, parecían hacer girar la
corteza del planeta bajo sus pezuñas. Viajar por las llanuras inexploradas era
como moverse a través de una sustancia sorprendentemente densa”.
Existen tres clases de pobres, leo en A lo lejos, le escucho a uno
de sus personajes literariamente humanos y literarios, “los pobres del Señor,
los pobres del Diablo y los pobres diablos”. Hakan, a quien llaman el Halcón,
es posible que sea un pobre diablo, y en sus correrías quizás demasiado estiradas
por el autor, y ahí estaría un punto flojo de la novela, llega hasta sufrir
“una vacuidad activa y absorbente” capaz de borrar “el mundo a su paso”, una
inmovilidad en modo alguno similar a la paz, sino más bien “un silencio voraz
que reclamaba la desolación absoluta”. Él, su burro y su caballo “en su
presente perpetuo”. Él “dejando que el cielo estrellado lo absorbiera cada
noche”. En ese presente perpetuo que desde el pasado no le permitió viajar
hacia el futuro, sino hacerlo “de un ahora a otro”. Él, Hakan, el Halcón, que
llega a sentir cómo “el peso de la realidad huía del mundo”. Él, que sin saber
que lo era llega a conocer el amor. Él, el Halcón, Hakan, para quien “seguir
vivo era la trayectoria de menor resistencia”, algo natural, es decir,
involuntario, algo para lo que no se requiere decisión alguna. La vida.
“Parecían estar caminando por un sueño”.


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