En 2020, el escritor y cineasta español David Trueba publicó Ganarse la vida. Una celebración, un brevísimo y adorable librito que yo acabo de leer.
“A mi madre se le daban bien las plantas”. Así comienza Trueba esta obra de
soniquete amable y a menudo resplandeciente.
“La misma buena mano que tuvo mi
madre con las plantas la tuvo con sus hijos”.
La calidez de la madre de David Trueba era la misma que conseguía que le
brotaran “sin grandes esfuerzos” las flores y ocho hijos.
“Yo era el pequeño y me llevaba con
mi hermano mayor, Juanjo, los mismos años que mi madre con él, dieciocho. A su
vez, mi padre, que cuando yo nací tenía cincuenta y tres años, le sacaba casi
otros dieciséis a mi madre. En el pasillo de mi casa, en un día normal, nos
cruzábamos cuatro generaciones de españoles. Desde mi padre, nacido en 1916,
hasta el hijo más pequeño, nacido a finales de 1969”.
Su madre “tenía una interesante virtud emocional. Era antihistérica”. Una
madre esforzada en un mundo de hombres. La palabra machismo no aparece
por ningún sitio.
“A esas labores del hogar nunca se
las consideraba trabajo. Los hombres volvían de la calle y recibían todos los
agasajos por la considerable fatiga que acumulaban. Si mi madre se sentaba
algún rato era para coser”.
Eran otros tiempos. Tiempos que, afortunadamente, cada vez se parecen, en
aspectos como ese del abuso del esfuerzo femenino, menos a estos de hoy
en día.
Pronto, en este brevísimo volumen, Trueba entra en materia. Y esa materia
es ¿cómo fue que le diera por escribir tan pronto? ¿Y por qué siguió
haciéndolo?
Contestemos la primera pregunta. Mejor que lo haga él:
“Yo descubrí que poner por escrito
las cosas que me habían contado en el mercado o las que oía narrar a las
visitas tan expansivas del domingo o las que vería más tarde en el cine o la
televisión era una forma de preservarlas y compartirlas. Fue en esa sutil
evolución cuando me convertí en escritor”.
Déjame hacer otra pregunta: ¿cuándo se aficionó a la lectura el autor de la
extraordinaria Saber perder? Al perder
la fe religiosa. Nos cuenta que “sucedió durante los cursos de catequesis para
hacer la primera comunión”. Fue “la presencia rotunda de lo carnal” lo que hizo
que “todo el edificio místico” se viniera abajo. De manera que, “perdida la
imaginería evocadora de la religión”, únicamente le “quedaba apostar por la
fabricación robusta de la ficción”.
La fabricación robusta de la ficción. Así, sin zarandajas. Algo fabricado
robustamente. La ficción.
“La lectura se convirtió en una
búsqueda intensa de sentido y cordura en un mundo que, ya entonces, me parecía
disparatado y agónico”.
Leer para derrotar a los disparates del día a día. Leer para la cordura. Prosigue su explicación Trueba asegurando que “mentir se convirtió en una obligación para sobrevivir en el mundo de los adultos”. Eran aquellos días, días de escuela… La escuela, esa “institución represora en la que los chicos aprenden por sí mismos a ser libres”.
Leer… y escribir. No lo olvidemos. El autor de la
buena novela que es Queridos niños (que
siempre tuvo claro “que hacer las cosas era mejor que dejarlas sin hacer”)
quiso ser escritor desde que tiene memoria. Y lo quiso porque, al escribir, lo
que perseguía no era formarse, no era formar a nadie, eran “el placer y la
aventura. Sólo eso”.
La primera novela que yo leí de él fue la primera que publicó, allá por el
año 1995, una novela que me gustó sin entusiasmarme, que más que conseguir
cualquier otra cosa me divirtió: Abierto toda la noche. Lo que no es
poco. Cuenta su autor en el librito del que vengo hablándote que “de una manera
misteriosa, varias de las pequeñas historias que escribiría en aquellos años
iniciales se acabarían reubicando” en aquel debut literario.
“Sospecho que escribir se
convirtió para mí en una manera decente de ser invisible y enfrentarse a la
vida al mismo tiempo”.
El autor de la magnífica Tierra de campos vive del
cuento, no lo digo yo: lo dice él mismo. Y esa persistencia suya en vivir de
él, del cuento, “no es fruto de una valentía inusitada, puede que hasta sea
todo lo contrario, que todo responda al mayor de los acomodos, al más enorme de
los egoísmos, a la más persistente soledad”.
Escribir por el egoísmo de la soledad. Es una opción. ¿O más bien una
interpretación de por qué escriben algunos escritores, nuestro autor sin ir más
lejos?
“Yo tan solo renuevo el pacto irrompible con aquel niño absurdo que escribía para prolongar una intimidad, una conciencia, un refugio de vida”.


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