Las tempestálidas es la tercera novela del escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov (y esa “eterna fatalidad que entraña ser búlgaro”), publicada en 2020 con su título original, Времеубежище, y traducida espléndidamente tres años después a mi idioma por María Vútova y César Sánchez.
“A mi madre y a mi padre, que siguen
limpiando de maleza los sempiternos campos de fresas de la infancia”.
Времеубежище
(transcrito a nuestro alfabeto como vreme-u-bezhishte) es un neologismo
del propio Georgi Gospodinov construido al unir dos palabras búlgaras: Време
(vreme), que significa tiempo’, y Убежище (ubezhishte),
que quiere decir ‘refugio’ o ‘asilo’, haciendo un juego de palabras directo con
бомбоубежище (bombo-ubezhishte), ‘búnker’, ‘refugio antibombas’.
Vútova y Sánchez inventaron una palabra poética en español que evocara el
paso implacable del tiempo y a la vez remitiera a una atmósfera de refugio
histórico ante la tormenta de la memoria: tempestálidas. Ahí queda.
“Nadie ha inventado todavía una máscara antigás
y un refugio antiaéreo contra el tiempo”.
El
tiempo (“el hombre es la única máquina del tiempo de la que
disponemos”). El pasado (que “no es solo aquello que te ha ocurrido; a
veces es aquello que solo has imaginado”) y la memoria. Sobre todo la
memoria. Ese es el asunto de Las tempestálidas. ¿Te parece poco?
Gospodínov (“todos los personajes reales de esta novela han sido inventados,
solo los inventados son reales”) construye algo parecido a una novela que si él
dice que es una novela, como lo dice, es que es una novela. ¿No lo va a saber él
que la ha escrito? Una novela donde vuelve a aparecer el tal Gaustín (“vamos
a llamarlo así, aunque él mismo usaba este nombre como gorro de
invisibilidad”), digamos por simplificar ese alter ego literario de Gospodínov,
ese sueño suyo de ser otro para habitar otro tiempo (“ya no recuerdo si fui yo
quien inventó a Gaustín o me inventó a mí”).
“Gaustín, a quien primero inventé y más tarde
conocí en carne y hueso. O fue al revés, ya no me acuerdo. El amigo
invisible, más visible y real que yo mismo. El Gaustín de mi juventud. El
Gaustín de mi sueño de ser otro, de estar en otro lugar, de habitar otro tiempo,
otras estancias”.
Es
mucho escritor Gueorgui Gospodínov. Y lo es que sus libros dan para mucho,
aunque, al menos en el caso de Las tempestálidas, le sobren muchas
páginas que aun así se leen sin pesar.
¿Tiene
fecha de caducidad el pasado?
Quienes
“ya viven únicamente en el presente de su pasado”, quienes han perdido la
memoria ya no pueden usar la puerta que nos lleva del pasado al presente,
para ellos “está cerrada a cal y canto y para siempre”, para ellos el que es un
país extraño no es el pasado, es el presente, “el pasado es su patria”.
El
pasado es un monstruo discreto de engañosa inocencia, afirma Gospodínov (que
dice convertir en relatos lo que nunca se atrevería a hacer en persona). Y con
ello escribe esta novela. “¿Cuánto pasado puede soportar un hombre?”. ¿A
dónde va todo su pasado cuando lo olvida?
“Si no existimos en la memoria de
nadie, ¿existimos en absoluto?”
No
paramos de producir pasado, “somos fábricas de pasado”. Lo que hacemos es comer
tiempo y generar pasado.
“A veces cuesta más olvidar que
recordar”.
Le
leo a Gospodínov en este ejercicio metaliterario contra el tiempo que
dice anotar “lo que de verdad le había ocurrido”. ¿Para qué? Para “distinguirlo
de lo que había leído en los libros y de lo que él mismo había fabulado”.
Porque los humanos “somos el alimento del tiempo”. Y “mientras recordamos, mantenemos el pasado a distancia”: cuanto menos memoria, más pasado.

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