No había leído nunca antes a la escritora belga Amélie Nothomb. Es la última vez que escribo esa frase. Acabo de terminar de leer una de sus numerosísimas novelas, Psicopombo (originalmente publicada, en 2023, como Psychopompe), traducida excepcionalmente a mi idioma por mi admirado Sergi Pàmies, en 2026.
El título es feo ya de por sí, aunque
ella escribe como los ángeles. O mejor dicho… Como los pájaros. Pues de eso va Psicopombo,
del arte de escribir, del arte de comenzar a hacerlo, del arte de volar.
Sí, de volar.
Todo empieza cuando a la protagonista (que acabamos por saber más pronto que tarde que es la mismísima autora) alguien le cuenta cuando tenía solamente cuatro años un cuento tradicional japonés cuya crueldad la provocaba “un terror voluptuoso”. Con cuatro años. Seguimos.
Viajamos en el tiempo y en el espacio
con esa niña que va de un lado para otro con su familia debido al trabajo
diplomático de su padre. Pronto aparece el canto de los pájaros
(“carecía de defensa inmunológica ante tanta belleza”) y con él los pájaros,
todos ellos.
“Observar los
pájaros resultó ser algo metafísico para mí. Se nos brindaba la oportunidad de
codearnos a diario con un reino fascinante: no dedicarle toda mi atención me
resultaba inconcebible. ¿Qué sentido tiene soñar con ángeles y quimeras cuando
realmente existe una criatura más allá de nuestro entendimiento? El más
deslumbrante de los serafines es menos hermoso que el más humilde de los
acentores”.
Y, en fin, ¿qué diantres quiere decir
psicopompo, que es eso de nombre tal horroroso? Que lo diga
Nothomb:
“El psicopompo era
el que acompañaba a las almas muertas en su viaje. Aquel nombre fantástico
también podía convertirse en adjetivo: así, en la iconografía cristiana,
existía el pájaro psicopompo, que permitía ilustrar al Espíritu Santo (la
famosa paloma que dejaba a la Virgen embarazada de Jesús). «¿Y si fuera yo?»,
pensé”.
[…]
Amélie Nothomb tiene algo, que
conste, su escritura, digo, esa literatura suya que permite que uno dedique un
tiempito a leer un libro (breve, afortunadamente) que apenas le interesa y cada
vez menos a medida que lo va leyendo. Y eso tiene que ser dicho.
Lo más interesante del libro es cuando
nos cuenta su autora ese escribir suyo, cómo empezó, en qué consiste, cuánto
sufre llevándolo a cabo.
[…]
Para ella, el estilo es “el
conjunto de técnicas que cada autor desarrolla para evitar que su frase se
desmorone”. Ella, que no entiende como una metáfora aquello que decía Rilke de
que la escritura debe ser una cuestión de vida o muerte. (Madre mía.)
“Desconfiad de los
que afirman: «No aspiro a gran cosa: solo a escribir». O están mintiendo o algo
aún peor. Escribir es el deseo más elevado, igual que el deseo de volar. […] El
interés de escribir a diario está también ahí: en no olvidar jamás hasta qué
punto resulta difícil. […] Poder distinguir el detalle relevante del que
lastra, la palabra potente de la palabra voluminosa: un arte que requiere
años”.
[…]
Y cierra el libro con esta frase: “No
he dicho mi última palabra”. Quizás para mí sí. Y eso que me queda un resquemor
ante esa literatura suya que no me afecta ni me entusiasma. Pero, aunque no
está hecha para ello, me entretiene.
Este texto pertenece a mi artículo ‘Amélie Nothomb logra algo que no se propuso: entretenerme’, publicado el 24 de mayo de 2026 en Letras 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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