Francisco Bescós es un extraordinario escritor de novela negra. Es un extraordinario escritor. Punto.
Su quita novela se titula Mantis
y fue publicada a comienzos de 2026. Para quien esto escribe, para mí, no es la
mejor suya, vaya por delante. De hecho es la que menos me ha gustado de cuantas
he leído de él (hasta ahora tres de ellas: La Ronda, El porqué del color rojo
y El baile de los penitentes,
excelentes las tres).
La protagonista de la novela, a quien algunos apodaron Mantis cuando era cría por su efigie cincelada por su espasticidad, y ahí radica su principal seña de identidad, me refiero a la del libro, es una persona con diversidad funcional, con movilidad reducida (para ser más exactos), una chica paralítica cerebral hemiparésica a quien le faltó el aire al nacer y sufrió una hipoxia con secuelas irreversibles (“la mitad de mi cuerpo responde mal y la otra mitad me duele”), todo ello algo que no es óbice para que el autor la convierta en una heroína de una a menudo disparatada película de acción trasladada a las páginas de una novela con más movimiento que trama, con más vértigo que vida, con más arrancadas, carreras, explosiones y demás zarandajas que literatura, algo anómalo en la siempre equilibrada mezcla de thriller y novela social de Bescós, que es un escritor de fuste.
“—Al
final eres como todos. No ves en mí a alguien que puede hacer cosas, solo ves
una coja con la mano atrofiada”.
Lo mejor de Mantis, lo mejor
del libro de Francisco Bescós, es todo lo que rodea a la discapacidad, a
tenerla, a ser o no ser un discapacitado. Ahí la novela se maneja a las mil
maravillas, y ese es su único gran logro. Concienciar a través de la
literatura. Tal vez no sea poca cosa.
Ella, la narradora/protagonista (“¡Nadie
me ha tenido cariño en mi puta vida! Lo que me tienen es pena. Estoy hasta el
coño de que me tengan pena”), nos cuenta cuanto leemos y lo hace hablándole
directamente a su amigo rumano Ari, aunque en verdad a quien se dirige, las
cosas de la literatura, es a ti o a mí, a quienes quiera que leamos el libro.
“—Las cosas pueden
tardar en cambiar, pero siempre cambian —me dijo Evaristo”.
Los malos
de la novela son “el verdadero poder”, algo que “no necesita las manos
invisibles de las que presume el capitalismo. Puede actuar a plena luz. Es
imposible luchar contra él. Estas personas tienen ejércitos. Tienen bancos.
Tienen países a su servicio. Hasta hacen competir a sus asesinos en las calles
de las ciudades por pura diversión. No te lo creerías”.
Con eso de Hasta hacen competir a
sus asesinos en las calles de las ciudades por pura diversión. No te lo
creerías, Bescós nos hace un guiño a sus lectores y nos recuerda el
argumento de su anterior novela, la, esa sí, extraordinaria La Ronda.
Pocas cosas hay más dolorosas en el
ámbito de la lectura que toparse con la decepción.

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