Preguntaba yo en Facebook acabando el año 2025 si sabía decirme alguien por qué cuando leo listas de lo mejor de la novela negra en español nunca veo incluido a Francisco Bescós y su magnífica literatura en ellas y sí en cambio encuentro a autores mediocres de los que (casi) se cargan la categoría inmensa que tiene ese género. Lo hacía porque entonces estaba leyendo su primera novela, la tercera suya que me estremece, y me sentía absolutamente sobrecogido por su categoría. Acabada de leer, solamente puedo decir que, como la otras dos suyas que conozco (El porqué del color rojo y La Ronda), El baile de los penitentes, publicada en 2014, es sensacional, de una categoría literaria que supera con creces su mera adscripción al marchamo de novela negra, thriller o novela policiaca para aposentarse en lo que la literatura de Bescós es, novelanovelanovela. Novela con seres humanos dentro. Novela escrita con un ritmo apabullante y tranquilo a la vez. Novela de ámbitos y emociones. Novela para ser leída con el ánimo entusiasta de quien busca que el arte le haga mejor persona.
Anterior a El porqué del color
rojo, El baile de los penitentes es la novela en la que Bescós nos
da a conocer a la teniente de la Guardia Civil al mando de la Casa Cuartel de
Calahorra, Lucía Utrera, conocida como La Grande. Recién llegada
a la localidad riojana, a “la anhelada tranquilidad”, Utrera tiene entendido
que Calahorra es “una ciudad donde nunca pasa nada, un lugar tranquilo, con
gente afable que únicamente se preocupa de sus cosas: así se lo habían
descrito”. Y no, no siempre. No ahora.
Como le gusta a Bescós, ya desde esta
su primera novela, el libro se divide en cada uno de los días en que transcurre
lo narrado (miércoles, jueves y viernes santos, estamos en la Semana Santa
calagurritana) y cada día, a su vez, en tramos horarios bien definidos, puro in
crescendo admirable.
Que, como toda buena novela negra, El
baile de los penitentes es sobre todo novela social y lo que se retrata en
ella con arte invisible pero notorio es lo que pasa mientras la vida pasa queda
expuesto en lo que sigue:
“Logroño. De allí
han llegado periodistas con grabadoras digitales y bolígrafos sobre la oreja.
De allí y de Madrid y Barcelona, y de todas partes de España. Redactores,
locutores, productores, cámaras. Gente que cuenta el día a día del pueblo en
castellano, catalán, euskera o cualquier idioma que le apetezca, ante objetivos
electrónicos y micrófonos cubiertos de coloridas alcachofas o teléfonos móviles
con la batería cargada hasta arriba. Periodistas de medios serios o delegados
del entretenimiento antropófago. Materia prima para telediarios, documentales
de profunda veracidad, abyectos magacines televisivos con presentadoras de
pechos operados, minutos de silencio en estadios de fútbol, tertulias
radiofónicas chillonas y corrillos callejeros de barrenderos y gentes sin
mejores cosas que hacer. Periodistas”.
Hay más realidad en las buenas
novelas que en la propia realidad. Ese es su truco, esa es su victoria. Como
cuando estamos ante “el día perfecto para ser un día perfecto”.
“Los periodistas
duermen en sus hoteles y custodian firmes la casa cuartel para efectuar
conexiones en directo. Sujetan el micro a pocos centímetros de la boca,
teatralmente tensa, en impostada pose profesional para hablar de la muerte de
una niña de catorce años. En cuanto devuelven la conexión, se ríen de la burla
que les estaba haciendo el cámara, se van a tomar un vino, a reservar mesa para
comer cordero, a hacer hambre con unas patatas bravas”.
Los malos de la novela son
seres humanos, sumidos en el vértigo de la tragedia que ignoran, unos creados a
sí mismos por los vaivenes de su tiempo y alguno llegado hasta aquí desde su
desgracia autista que desconoce lo que es la pena, eso que los psiquiatras llaman
empatía y los curas culpa. El mal está ahí, a nuestro alcance,
sólo hay que dejar tentarse por él. O llevarlo desgraciadamente instalado en
nuestra defectuosa maquinaria. El bien sigue su curso animado por quienes no
saben hacer otra cosa. Ni quizás quieran. Pero como esto es literatura,
auténtica literatura, el Bien y el Mal (“te lo dije papá, las buenas personas
no son felices”) no están milimetrados sobre personajes de ficción, son ese
aire transversal del mundo que fluye mezclado ante nuestras horas. Literatura
en cuyo interior alguien puede leer una novela de Joyce Carol Oates.
“¿Así termina todo?”

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