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Estos días azules, y este sol de la infancia; por Ricardo Ibáñez Salas


Empujado al exilio, la derrota y la tristeza, el poeta cruzó los Pirineos con la madre en los brazos. En un bolsillo, unos versos: "Estos días azules, y este sol de la infancia". La última huella, el dígito final de su poesía. Nueve palabras donde caben toda la conciencia y la melancolía de una vida. Recuerdo —ahora que mi madre lleva un año muerta, en mi único exilio, que es el de la infancia olvidada y la juventud perdida—, el día que visité, hace dos años, la tumba de Collioure, un cementerio dulce y mínimo para el más cívico de los poetas españoles. Sé perfectamente que de nuevo no es momento propicio para su escritura, pero sé también, quizás mejor que nunca, que su poesía tiene razón y que es la mejor escuela de tolerancia y de bondad, sin rencor, sin queja, sin maldición. Cosas que no se llevaban entonces y que ahora tampoco. Mirando aquella tumba me vino una ráfaga de todo ello. También de mi padre, apenas fallecido dos años antes, y de mi madre, a la que le quedaba un año de vida. Por supuesto, de mis hijas, para las que querría un mundo que no se muera y un país que no duela. Las lágrimas me anegaron los ojos, en una mañana soleada y salada, pensando en cómo llegaron el poeta y su madre a Collioure, totalmente extenuados, después de la retirada. El poeta sobrevivió 26 días. Ella tres días más. Quiero recordarlo porque sí. Por todo lo que a veces olvidamos. Por aquello en que creemos.

Escrito por el autor en 2024

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