No pronunciarse, no comprometerse, no tomar partido por las víctimas, es un gesto de deplorable cobardía. Especialmente, cuando eres una figura pública. Muchos escritores y artistas parecen más preocupados por el éxito de sus creaciones que por el sufrimiento de los niños en Gaza, la Cañada Real o Sudán.
Feroze
Sidhwa,
un cirujano estadounidense que ha trabajado en Gaza en dos ocasiones como
voluntario tras el 7 de octubre, relató a los miembros del Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas que tuvo que realizar intervenciones sin esterilidad,
electricidad ni anestesia:
“Los niños murieron, no porque sus heridas
fueran insuperables, sino porque carecíamos de sangre, antibióticos y los
suministros más básicos de los que se dispone fácilmente en cualquier gran
hospital del mundo. Durante las cinco semanas que pasé en Gaza no vi ni traté a
ningún combatiente. Mis pacientes eran niños de seis años con metralla en el
corazón y balas en el cerebro, mujeres embarazadas con la pelvis destrozada y
el feto partido en dos en el útero”.
“Maldigo la poesía de quien no toma partido
hasta mancharse”.
Benditos sean los que se manchan y que la indignad caiga sobre los que callan.


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