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Natalia Luciérnaga Litvinova: el oro no está en la tristeza

Natalia Litvinova, nacida en la Bielorrusia soviética y afincada en Argentina desde los diez años de edad, editora y escritora, autora de diversos poemarios, publicó en 2024 su primera novela, un libro extraordinario titulado Luciérnaga. Prosa lírica sin versos, literatura en definitiva, literatura de una humanidad tan humana como su propio arte de maneras infantiles, delicadamente brutales.


Litvinova le dedica a su madre (“la luciérnaga más brillante”) el libro, que comienza así.

 

“No quería nacer en otoño en un país radiactivo. Pero el médico me sacó a través de un corte realizado con bisturí, y con los pies toqué la tragedia, mientras que con las manos intentaba aferrarme a las entrañas de mi madre.

 

Autobiográfica, esta novela (de auto-ficción, diríamos ahora) dedica sus páginas inaugurales a los primeros años de vida de la autora, que “coincidieron con la recesión económica y el fin de la Unión Soviética”, cuando la vida de sus habitantes “se convirtió en una extensa fila de espera”.

Litvinova nació en el año 1896 en Bielorrusia, entonces una de las repúblicas que constituían la Unión Soviética, cuando esta superpotencia estaba “a punto de desintegrarse, y ya era una bestia herida que se arrastraba hacia su final y la desesperación se veía en los rostros de la gente. Cada uno intentaba salvarse como podía”. Como escribe ella misma: “el momento en el que el país se rompe y yo nazco”. También cuando el accidente nuclear en la relativamente cercana Chernóbil ucrania.

 

“Los niños en el colegio se burlaban de mí y de sí mismos, decían que éramos radiactivos y que un día brillaríamos en la oscuridad”.

 

 

Aquellos niños la abrieron los ojos y la explicaron por qué los padres no les dejaban estar al sol...

 

“y por qué a veces el cielo se ponía rojo y caía una lluvia que no debía tocarnos”.

 

Como el ejercicio literario amparado en la memoria (y en el arte de la escritura, claro) que es Luciérnaga, la reflexión que Litvinova hace sobre aquélla, sobre la memoria, merece ser tenida en cuenta:

 

“La memoria acumula los recuerdos, pero los tergiversa y empaña. Ella tiene sus propias reglas, y yo tengo la escritura. Me obsesionan los comienzos porque están perdidos”.

 

En efecto, quienes escribimos sobre nosotros mismos nos valemos de la escritura para defendernos de las reglas que rigen nuestros recuerdos reposados en ese lugar donde vamos a buscarlos. A veces sin mucho éxito, sin hallarlos tal y como los habríamos querido.

Resulta delicioso escuchar las conversaciones de la autora con su madre, con su abuela, con su padre. Esa, por ejemplo, en la que recuerda cómo su padre “ponía su casete preferido que hacía de telón de fondo para sus conversaciones” y ella le preguntó en una ocasión qué era aquello que sonaba y él, su padre, la contestó:

 

«Víktor Tsoi, mi héroe. Pronto te voy a mostrar una foto de él. Era un muchacho alto y de pelo oscuro que usaba chaquetas de cuero negro con cadenas y no sonreía durante las entrevistas. En sus canciones está todo lo que no nos animamos a decir. Con la Perestroika cayeron los héroes del comunismo pero, por suerte, apareció Tsoi con sus canciones».

https://www.youtube.com/watch?v=Mo9KIpPOeqg

 

De él, de su padre, nos dice: “papá era bueno, como una hoja en blanco donde todos podían trazar lo que quisieran”.

Para que no se me olvide dejar constancia de la templanza literaria de Litvinova, ahí dejo esto:

 

“En invierno la luz se despedía temprano y el cielo tomaba la misma apariencia congelada que la tierra”.

 

Continúo...

 

“No hay soledad más grande que la de una mujer que tiene que mostrarse fuerte todo el tiempo”.

 

El triste recorrido vital de la abuela de la narradora/protagonista/autora es pura Unión Soviética: maltratada por el nazismo, maltratada por el comunismo realmente existente que la condenó a trabajar duramente “en el agua fría del pantano”. Y es que Luciérnaga se lee también como un documento histórico de primer nivel: puro siglo XX.

La misma autora, esa narradora que es ella en el libro, le dice a uno de los personajes del mismo que escribe esta novela “porque alguien tiene que dejar un testimonio de lo que estamos viviendo”. Alguien: Natalia Litvinova.

Y lo de Chernóbil…

 

“Cuando era niña creía que por las noches la radiación salía de mí e iluminaba el cuarto como una pequeña lámpara”.

 

Lo explica, lo cuenta muy bien la autora:

 

“A las personas que fueron evacuadas debido a la explosión en la central nuclear de Chernóbil las llamaban luciérnagas. No mucho tiempo después comenzaron a utilizar esa palabra para referirse también a quienes vivían en los lugares cercanos, afectados por la radiación esparcida por los vientos y las lluvias.

 

Luciérnagas. De ahí el título de este libro impresionante; ella, la autora, la narradora, la protagonista: luciérnaga.

En la línea de otros libros de este calado memorialístico, más o menos recientes, como Los descendientes. Un siglo de historia y memoria familiar, de Gutmaro Gómez Bravo, y Los amnésicos: historia de una familia europea, de Géraldine Schwarz (ninguno de los dos una novela, por cierto), el de Litvinova se fundamenta en esta frase que podemos leer en su magnífico interior de ensueño carnal:

 

“Lo que nadie quiere contar es el humo que mancha nuestros álbumes familiares”.

 

La familia de la autora se trasladó a Buenos Aires, ya se ha dicho, cuando ella era una niña, llegada que la hizo sentir “como un bebé que ve el mundo por primera vez”. Allí, en Argentina, sentirá “tristeza todos los días”, y, aunque le parece al principio que no podrá vivir sin ella ya nunca más, llegando a convertirse “en una adicta”, finalmente…

 

          “La tristeza no es una mina de oro, me digo”.

 

¿Ves?, esto es de lo que hablo cuando hablo de la majestuosidad de esa literatura de Litvinova que cuenta con esas palabras suyas precisas y preciosas, argentinas, aquello que ella quiere que sepamos y nosotros queremos conocer.

 

          “El oro no está en la tristeza”.

 

¿Cómo escribe Natalia Litvinova? Lo explica aquí (parece sencillo, pero no lo es, hay que ser tan buena escritora como ella, si lo haces en casa, pon cuidado, y algo de cariño, lo de escribir, digo):

 

“Al escribir, hago el intento de conciliar lo importante y lo que no lo es, lo concreto y lo universal, la tragedia y la dicha, el pasado y el presente, el dolor y la ternura. […] ¿Qué es lo importante?, ¿qué no lo es? ¿Y si lo importante naufraga en el mar tumultuoso de la memoria? Escribir es como bucear. El peso de mi historia me hunde. Conocer el fondo y no olvidarse de él es volar después”.

 

¿Por qué escribe Natalia Litvinova?

 

“Escribo porque no puedo tejer piernas más fuertes para mi madre. Escribo porque yo sí puedo caminar hacia atrás por ella. Narrar es alargar la lengua, elongar el presente para que se toque con la leyenda. Narrar es también tirar del hilo y deshacer un tejido”.

 

Lo importante y lo que no. Poner en contacto el presente y lo legendario. Deshacer para construir.

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