Intentar comprender. Ese es el objetivo primero de la disciplina a la que llamamos Historia. Pues bien, a “intentar comprender” mediante una aproximación “científica y fría” se dedica el libro de los politólogos Egoitz Gago y Jerónimo Ríos titulado La lucha hablada: conversaciones con víctimas de ETA (que concluye, a su vez con el epílogo de otro experto, Ignacio Sánchez-Cuenca), publicado en los primeros meses de 2024: así escribe el afamado periodista Iñaki Gabilondo en el prólogo de dicho volumen, quien añade que en el libro se nos acerca un arco victimario que va “desde el resentimiento insuperable hasta una generosidad casi irreal”.
Esta obra aparece tras el libro La lucha hablada: conversaciones con ETA (donde se asistía al relato monolítico y elemental y helador de quienes “representaban a un pueblo que nunca les pidió que lo representaran”, como explicita Gabilondo), asimismo publicado, tres años antes, por Altamarea Ediciones.
Antes de las entrevistas, que son el meollo esencial, se ofrece “una cierta
contextualización” que muestra “cuál ha sido el papel de la sociedad vasca en
la lucha contra el terrorismo” y una explicación de la condición frente al
terrorismo de las propias víctimas que supone 50 de las 224 páginas del libro,
a las que se añaden una detallada y breve bibliografía sobre tan necesario
asunto, en la que echo profundamente de menos alguna referencia a la voluminosa
e imprescindible obra dirigida por el historiador José Antonio Pérez Pérez
titulada Historia y memoria del terrorismo en el País Vasco: 1968-1981
(publicada entre 2021 y 2023), de la que tampoco se habla cuando se trata el
estado de la cuestión del que parte el propio libro.
Sobre la violencia (política) y sus víctimas, escriben los autores…
“El objetivo de la violencia es
infligir el mayor impacto psicológico posible sobre un sector de la población.
Busca crear un estado de ansiedad que haga más manipulable a un grupo concreto
de personas. El éxito reside por tanto en que el daño simbólico supere al
estrictamente material, de tal manera que al hablar de víctimas del terrorismo
no solo se debe atender a los daños físicos que han sufrido, sino que se tienen
que considerar las consecuencias psicológicas y el trauma que arrastran. Y sin
embargo las víctimas se enfrentan a más consecuencias. Por ejemplo, en el caso
del País Vasco, sobre todo a partir de la década de los 90, cae sobre las
víctimas un estigma social del que dan cuenta muchos de los entrevistados”.
Aseguran Gago y Ríos que “los réditos políticos que ha obtenido el grupo
terrorista son nulos”, también que “el rechazo social y su debilidad
organizativa desacreditarán aún más el significado y sentido de la violencia
política”. Por otra parte, “un hecho que demuestra hoy que los tiempos han
cambiado es que las dos organizaciones pacifistas más influyentes, Gesto por la
Paz y Lokarri, se hayan disuelto por considerar que han cumplido su misión”, lo
que no quita para que las organizaciones de víctimas sigan presentes y sean muy
importantes para conservar la memoria de quienes sufrieron. Por cierto, existen
“organizaciones de víctimas y ciertos sectores políticos y sociales que
entienden que la participación democrática de EH Bildu cumple con lo que se
exigía a la izquierda abertzale en los años 80: defender sus ideas y
reclamaciones en las urnas y sin las armas”; mientras que, por otro lado, hay
quien arguye que la existencia del nacionalismo radical que abandera EH Bildu
en las instituciones es “la victoria plausible del terrorismo”.
[…]
El epílogo de Sánchez-Cuenca se lee, yo lo leo, a modo de conclusiones no
tanto del libro como de lo que los historiadores han sido capaces de
explicarnos del pasado protagonizado por los terroristas nacionalistas vascos y
sufrido por tantos, especialmente sus víctimas.
Ideas fundamentales que subraya Sánchez-Cuenca son las siguientes:
justicia, memoria y solidaridad es cuanto las víctimas pueden exigirle a la
sociedad civil, pero caen en el victimismo cuando reclaman protagonismo
en el ámbito político e incluso en la esfera pública; a pesar de su apoyo
social significativo, el debilitamiento progresivo de ETA se debió
fundamentalmente a varios factores, el principal de ellos, la actuación de las
Fuerzas de Seguridad del Estado, pero también la reacción de la sociedad vasca
y las estrategias negociadoras del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero
para deslegitimar la respuesta terrorista, de tal manera que, finalmente,
“frente al uso de la violencia terrorista, se opuso la dignidad de las
víctimas”; ni la presencia de Bildu en las instituciones ni sus buenos
resultados electorales “deberían interpretarse como una derrota a una concesión
vergonzante de la democracia”, nada de lo que ocurre es una traición política
que normalice o blanquee al terrorismo etarra.
“Conviene recordar que el Estado no
ha concedido beneficios penitenciarios, ni indultos, ni amnistías, ni ha habido
reformas políticas como contraprestación por el fin de la violencia todo lo más
algo que algunas víctimas les parece excesivo la integración de la izquierda abertzale
en el orden institucional algunos habrían preferido que no fuera así y lo viven
como una humillación e incluso una revictimización”.
Hay que convenir, y así se cierra el libro, con las palabras de
Sánchez-Cuenca, que “el común denominador que une a todas las víctimas de
violencia política, al margen de la identidad del perpetrador, consiste en encarnar
y representar el daño injustificado que se realiza en la dignidad de las
personas cuando, por las motivaciones que sean, se comete violencia contra
ellas. Eso es todo, que es mucho”.
Este texto pertenece al artículo ‘Conversaciones con víctimas de ETA: otro libro necesario’, publicado el 4 de marzo de 2024 en Nueva Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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