Año 2022. Una película de más de tres horas de duración, estadounidense, como tantísimas, vuelve a poner sobre el tapete cinéfilo la gran controversia entre quienes ven en algunas películas CINE con mayúsculas y quienes solamente vemos cine con pretensiones artísticas que supone un soberbio entretenimiento de primer nivel. Solamente. Mejor dicho: NADA MÁS Y NADA MENOS.
El cineasta francoestadounidense Damien Chazelle escribe y dirige su quinto largometraje, Babylon, un profundo homenaje al cine (hollywoodiense) protagonizado magníficamente por Margot Robbie y Brad Pitt, con un convincente Diego Calva haciéndoles algo de sombra, con la música original (la música, sin la que no se entiende el cine de Chazelle, sin la que ni siquiera existiría) de Justin Hurwitz y la espléndida fotografía de Linus Sandgren.
Cine dentro del cine. Una comedia dramática, un drama cómico. Un espectáculo. Para unos críticos casi sublime, “grandiosa, descomunal, extravagante, salvaje…, sin ninguna duda, un peliculón” (Oti Rodríguez Marchante, en ABC); para otros de " una megalomanía exacerbada (...) tres horas desiguales, descompensadas, donde hay tantos instantes de buen cine como de gratuita grandilocuencia” (Jordi Batlle Caminal, en La Vanguardia). Para unos "una película tan excesiva, escatológica, desmedida, nostálgica y procaz como feliz en su sicalíptica reivindicación de todos y cada uno de sus errores” (Luis Martínez, en El Mundo); para otros excesiva “en la descripción de situaciones y personajes”, cuyo “desenlace se alarga”, en la que “sobran algunas sorpresas y el afán del director por remover todo el rato al público" (Carlos Boyero, en El País)
Cuando Nando Salvá escribió eso en El Periódico sentí que lo había
escrito yo:
"Es una película emborrachada
de su propia ambición (...) y sus supuestos excesos de fluidos corporales y
cocaína y vulgaridad (...) es una obra demasiado calculada y, por tanto, sin
energía genuina”.
Pero luego pensé que no, que quizás exagerase.


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