“Había un punto, el de la tarde, en que realmente me sentía vacía, sentía que algo me faltaba y entonces me puse a trabajar en el diccionario con todo entusiasmo”. Así narró María Moliner el inicio de su empresa filológica a Daniel Sueiro en 1972. El Diccionario de uso del español (DUE) ya estaba en la calle y María Moliner evocaba e interpretaba el instante en que la idea de hacer un diccionario surgió en su interior. Ese momento de gracia en el que el DUE empezó a cobrar vida. La idea era antigua. Moliner pensaba que hacía falta un diccionario que ayudara tanto a los extranjeros como a los propios hablantes a usar su lengua conociendo a fondo sus posibilidades.
Comenzaba la década de los cincuenta del siglo XX y la lexicógrafa tuvo en cuenta el Learner´s Dictionary, un manual de inglés para estudiantes extranjeros que ella misma había utilizado para refrescar ese idioma y consultar alguna palabra. Pero Moliner tenía en la cabeza otro modelo latente: el Diccionario de la Real Academia Española. Lo había manejado desde su juventud y sabía que necesitaba una puesta al día profunda, ya que muchos de sus términos se encontraban obsoletos o sencillamente sin definir. De ese modo asumió el riesgo de abordar una tarea que les incumbía a los propios académicos. Su diccionario acabaría midiéndose con el de la RAE, al redactar de nueva planta todas sus entradas. Pero en vez de ahondar en el carácter normativo, ella se adentraría en su vertiente útil, de uso. Pretendía que el estudiante y el escritor encontraran la acepción buscada o la idea a la que querían llegar. Como explicó después, su diccionario estaba pensado para escritores o para quienes trabajan con el idioma. Además de decir el significado de las palabras, “indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse”, precisó. A Moliner no le faltaba ambición ni capacidad de trabajo, así que el DUE acabó siendo la aventura de su vida.
Calculó que tardaría unos seis meses, o como mucho
unos dos años. Era metódica y se dedicaría a la tarea con empeño. Pero “la
materia fue creciendo y creciendo en mis manos y los dos años se estiraron
hasta quince; empecé joven, y con hijos, poco más que niños, y lo acabé cargada
de nietos”. Fue la obra central de la segunda parte de su vida, la que
justifico toda su existencia y la que ha convertido a María Moliner en una
figura clave del siglo XX. Pero, ¿de quién hablamos cuando escribimos María
Moliner, del Diccionario o de su autora? Son muchos los
estudiosos, escritores o traductores que denominan al DUE simplemente El
María Moliner. Mientras tanto, la figura de María Moliner se mantiene en
un segundo plano. En parte por decisión propia, pero también por no haber
tenido en vida el reconocimiento merecido. Su biografía suele sustanciarse en
unos cuantos rasgos: el prototipo de mujer abnegada que fundió su vida de
lexicógrafa y bibliotecaria con la de esposa y madre de cuatro hijos. Hasta
reducirla a un puñado de adjetivos: recoleta, tenaz, perfeccionista…
Ciertamente, sólo alguien capaz de trabajar e
investigar sin medida y con una fuerza de voluntad titánica podría haber
realizado “ella sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más
completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”, como
escribió Gabriel García Márquez semanas después de que María Moliner
falleciera, en 1981. Era rigurosa y organizada. Pero fue también una mujer
enérgica y segura de sí misma, además de discreta. Alguien que vivió 81 años
sin dar demasiadas pistas de sí misma.
Las dos vidas de
María Moliner
Habría que hablar de dos María Moliner. La primera
nació en 1900 en Paniza (Zaragoza), y fue una adelantada a su tiempo, una
agitadora de la cultura, una bibliotecaria comprometida con la educación. Esta
primera María Moliner (bautizada como María Juana) formó parte de la minoría de
españolas que estudió en la Universidad y que llegó a dar clases en esa misma
institución (fue profesora auxiliar en la Facultad de Filosofía y Letras de
Murcia). No fue fácil, porque ya a los doce años tuvo que enfrentarse a la
ausencia de su padre, médico de la Marina, lo que se tradujo en dificultades
económicas. Pero a la joven Moliner los retos no le arrugaban: al contrario,
eran su combustible. Sus padres se habían trasladado a Madrid, tras una breve
estancia en la localidad soriana de Almazán, en torno a 1902, en busca de
mejores perspectivas. Pero en la capital, donde nació una hija más, Matilde, a
quien nos referiremos más adelante, la economía familiar acabó perdiendo
fuelle. En el segundo viaje que el padre realizó como médico de barco a
Argentina, no regresó. Fundó allí una segunda familia. Su ausencia pasó a ser
un tabú, un secreto con el que cargaron parte de su vida su mujer y sus hijos.
Con el tiempo, el padre, Enrique Moliner Sanz, pasó a
ser un fantasma, y se hablaba de él como si hubiese muerto. María Moliner, en
una entrevista de 1972 con Carmen Castro de Zubiri para el periódico Ya,
refiere que su padre murió joven pero elude hablar de su huida. El secreto
familiar, tan hondamente guardado, sólo fue desvelado por los hijos de Moliner
cuando la lexicógrafa ya había muerto.
En el tiempo en que su padre se instaló en Argentina,
María Moliner inició el Bachillerato, examinándose por libre en el Instituto
Cardenal Cisneros de Madrid, como los chicos y chicas de la Institución Libre
de Enseñanza. Tanto su hermano mayor, Enrique, como María, empezaron a ir a la
ILE antes de que su padre se ausentara. En el colegio del paseo del Obelisco
(hoy calle del general Martínez Campos) al que acudían, no había programa de
Bachillerato, pero preparaban a los alumnos por cursos o por asignaturas para
afrontar los exámenes. Desde los doce o trece años, María comenzó a dar clases
particulares a chicos de su edad rezagados y a prepararse ella sola algunas
asignaturas, por lo que dejó de asistir al colegio de forma regular. Pero
visitaba a menudo el centro y Manuel Bartolomé Cossío y el profesor Pedro
Blanco la ayudaban en algunas materias y le permitían participar en
determinadas actividades. Hasta hace unos años se discutía si María Moliner se
había educado en la ILE, ya que, a pesar de su correspondencia con Manuel B. Cossío
y su afinidad con las ideas institucionistas, faltaba documentación sobre el
tema. Pero en mi libro El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner,
2011) queda claro que María Moliner sí fue alumna de la ILE durante algún
tiempo.
Tanto María como su hermano Enrique terminaros el
Bachillerato en Zaragoza, adonde regresó su madre para reducir gastos. Cada
hermano podría tener su propia novela. La de María Moliner transcurrió en
Zaragoza hasta terminar la carrera de Historia, cuajada de sobresalientes y
matrículas de honor. Mientras estudiaba en la Universidad trabajó en el Estudio
de Filología de Aragón (EFA) como secretaria-redactora. El EFA, dirigido por el
catedrático Juan Moneva, recopilaba voces aragonesas para elaborar un
diccionario propio. Moneva, además, era académico correspondiente de Aragón en
la RAE y se encargó de revisar el Diccionario de la Lengua Castellana de
la edición de 1914 para añadir los aragonesismos ya contrastados, tarea en la
que participó María Moliner. Ambos trabajos supusieron una especie de máster en
filología para la futura licenciada en Historia, la única carrera de letras que
podía cursar en Zaragoza. Un periodo bien aprovechado en el que la futura
filóloga estudió también alemán.
Moliner ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo
de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en 1922. Después de estar destinada
en Simancas y Murcia, en 1930 llegó a Valencia. Se había casado con el
catedrático de Física Fernando Ramón y Ferrando y era ya madre de dos niños. Al
mayor le llamó también Enrique, como su hermano y su padre, lo que hace pensar
que recordaba con afecto a su progenitor, pese a todo. En Valencia nacerían sus
dos hijos menores. Y en esa década, los años treinta, alcanzaría su plenitud
personal y profesional como bibliotecaria, republicana y defensora de la
lectura pública.
Combatir el analfabetismo y alentar la lectura fue su
primera gran batalla. A través de las Misiones Pedagógicas (creadas por el
Ministerio de Instrucción Pública de la República en 1931 para acercar la
cultura a los núcleos rurales) llevó lotes de libros ala Valencia profunda y a
los grupos escolares dela capital. Aunque trabajaba de funcionaria en el
Archivo de la Delegación de Hacienda de Valencia, Moliner era capaz de mucho
más. La llegada de la Segunda República supuso para ella la posibilidad de
llevar a cabo actividades de más calado. Era la hora de las mujeres, al menos
de las mujeres de perfil universitario que reclamaban libertad para sí mismas y
la sociedad. Moliner se embarcó en la creación de una red rural de 105
bibliotecas de Misiones que intentó conectar con las bibliotecas públicas ya
existentes. Sus informes sobre los pueblos que visitó y los maestros y ediles
con los que trató en el curso de sus viajes constituyen un conjunto de
observaciones agudas y llenas de ironía. Aunque su objetivo era transmitir a
sus superiores la necesidad de apoyar esas bibliotecas rurales, no podía evitar
que saliera a la luz su visión exigente y transformadora de la cultura.
Al inicio de los años treinta, además, Moliner se
adhirió desde Valencia a la Asociación de Bibliotecarios en marcha y participó
en el II Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía que se celebró en
Madrid en mayo de 1935. Este encuentro concentró a la elite de bibliotecarios
del mundo y Ortega y Gasset impartió la lección inaugural. Moliner expuso al
Congreso su experiencia en las bibliotecas valencianas de Misiones. Un año
antes, en la reunión preparatoria del Comité Internacional, ya había anunciado
su propósito de crear una biblioteca-Escuela que a la vez que formara a los
futuros maestros, coordinara y distribuyera fondos a sus sucursales rurales.
En los mismos años se involucró como madre y pedagoga
en la Escuela Cossío, creada en Valencia por un grupo de padres liberales
inspirándose en la ILE. Además de formar parte junto con su marido de la junta
directiva y de la asociación de padres, Moliner era profesora extraordinaria de
Lengua y literatura. Aunque no pertenecía al claustro de profesores en sentido
estricto, su presencia era bien recibida, recordaba en 2011 una de sus alumnas,
la veterana Vicenta Cortés, también bibliotecaria.
Los promotores de la Escuela Cossío eran matrimonios
con inquietudes que cada domingo iban de excursión con sus hijos a los pinares
de Burjasot. Además de tomar el aire y compartir una tortilla o un filete
empanado, hablaban de poesía y de sus ideales pedagógicos mientras sus hijos
correteaban entre los pinos. En el grupo se encontraba el doctor Puche, futuro
rector de la Universidad de Valencia tras el golpe militar de 1936. Esa amistad
y la competencia profesional de Moliner propició que Puche le pidiera que se
encargara de dirigirla Bibliotecaria Universitaria de Valencia, el sueño de
cualquier profesional. De hecho Moliner había trabajado hasta entonces como
archivera, cuando aspiraba a puestos de bibliotecaria. Lo paradójico es que
fuera en el brutal escenario de la Guerra Civil cuando confluyeran sus deseos y
su realidad profesional.
En la Biblioteca Universitaria Moliner trabajó como si
no hubiera guerra, con visión de futuro. Valencia permaneció leal a la Segunda
República, libre hasta el final del alcance de las tropas franquistas, aunque
no de sus bombardeos. Cuando el Gobierno se trasladó a la capital del Turia,
las autoridades encargaron a Moliner que dirigiera la Oficina de Adquisición de
Libros y Cambio Internacional. La bibliotecaria organizaba los fondos pensando
en el día después de la contienda: la gente necesitaría más libros que nunca,
incluso en el caso de que ganaran los rebeldes. De hecho, fue la creadora del
Plan para una Organización de las Bibliotecas del Estado, un proyecto que
englobaba a las bibliotecas públicas existentes y a las privadas que quisieran
adherirse. Nunca se había acometido un plan tan concienzudo. La victoria
franquista impidió que se llevara a cabo.
La guerra acabó, al fin, pero en el hogar de María
Moliner y de Fernando Ramón nunca pensaron que algo tan deseado les dejara un
poso de tristeza e incertidumbre tan grande. Ambos fueron depurados y sancionados.
El marido perdió su cátedra durante unos años; la bibliotecaria fue degradada
18 puestos en el escalafón, se le vetó para puestos de responsabilidad y volvió
a su Archivo de Hacienda. Empezaba su noche oscura, terminaba la etapa de su
vida marcada por la actividad profesional. Ya nada iba a ser tan vertiginoso,
pero María Moliner no miraba al pasado: “Los recuerdos se queman”, decía. Ni
los referidos a su padre, ni a su juventud, ni a su intensa etapa valenciana
tendrían en el futuro demasiado sitio en su memoria. Había echado el primer
cierre.
Una lexicógrafa
en la mesa del comedor
En el otoño de 1946 Moliner dejó Valencia y se instaló
en Madrid con sus hijos. Su marido había recuperado la cátedra en la
Universidad de Salamanca y esta ciudad estaba más próxima a la capital española
que su antigua residencia valenciana. El matrimonio, además, quería que sus
hijos estudiaran en la universidad madrileña. Ella, por su parte, había
obtenido un nuevo destino como responsable dela Biblioteca de la Escuela
Técnica Superior de Ingenieros Industriales.
1946 representa el punto de partida de la segunda vida
de María Moliner. Depurada, vigilada, alejada de su marido…Sin nuevos amigos
con los que compartir proyectos, más allá de algunas bibliotecarias depuradas con
las que había trabajado en Valencia, y antiguos conocidos de la ILE igualmente
proscritos. Tenía que hacer algo por las tardes, a la salida de la biblioteca.
Teníaque emplear esas tardes en algo que tuviera que ver con sus aficiones o
aptitudes, una actividad en la que ella fuera su propia jefa y se sintiera
libre. No era exactamente “una señora recoleta” sino alguien que necesitaba
superarse para seguir viviendo. En sus fichas, que redactaba en una máquina de
escribir, o a mano, encontró un segundo destino, un mundo de silencios y
matices en el que se sentía a sus anchas. Al principio trabajaba en la mesa del
comedor, ya que era la más amplia que tenía y no contaba con despacho. El que
había en su casa era de su marido, aunque estuviera de lunes a viernes en
Salamanca. Poco después su hijo arquitecto le haría una mesa alargada para
trabajar teniendo a mano las fichas y la máquina de escribir.
Entró en contacto con la editorial Gredos a través de Dámaso Santos y en 1955 acordó publicar en esta editorial el Diccionario que dejaría asombrados a los académicos. No lograría publicarlo harta 1966. Un diccionario que muchos consideran superior al de la RAE por sus definiciones llenas de matices. Y con innovaciones destacadas: creó los catálogos de palabras afines, combinó el orden alfabético con las llamadas familias de palabras del mismo origen etimológico (con una finalidad no solo semántica sino quizás nemotécnica), y decidió incluir la Ch en la C y la Ll en la L, anticipándose a lo que iba a ser la tónica de los diccionarios posteriores. Con razón, Rafael Lapesa y otros dos académicos propusieron en 1972 su candidatura para la RAE. No entró, al ser elegido Emilio Alarcos Llorach, y gran parte de la opinión pública sufrió una decepción. Para María Moliner, consciente de lo que valía su obra y a la vez ajena a cualquier vanidad, supuso una pequeña contrariedad que encajó con elegancia. De forma un tanto enigmática ya declaró al presentar su candidatura que su único mérito (¡y qué merito!) era el Diccionario. Sorprendió tal declaración a quienes conocían su anterior trayectoria. Pero Moliner vivía ya en el exilio interior y sus vivencias anteriores estaban clausuradas. Se debía al presente, y consideraba absurdo adornar con otras referencias una obra filológica de las dimensiones del Diccionario, razón más que suficiente para que un hombre entrara en la RAE. ¿Y una mujer? En aquella época predemocrática en la que la legislación se sustentaba en la supremacía del varón y los académicos no estaban convencidos de que era justo que ingresara una mujer en su corporación, la autora del Diccionario no quiso aportar más méritos que los que ya tenía: “Mi obra es limpiamente el Diccionario”. Y en una entrevista reconocía: “Desde luego es una cosa indicada que un filósofo entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ´¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!´”.
Camilo José Cela se mostró abierto en principio a que
entrara una mujer (en este caso María Moliner) en la RAE, pero a la hora de la
verdad justificó su negativa a votarla esgrimiendo que no compartía su “ñoño
criterio lexico gráfico”. Se refería a que Moliner no incluyó en su Diccionario palabras
malsonantes, un lenguaje que Cela había analizado en el Diccionario
secreto, además de utilizarlo en su narrativa y en su conversación.
Para Cela estas palabras tenían un sentido transgresor que no sólo no empañaban
su trayectoria de escritor sino que le daban un toque provocador, mientras que
para Moliner, educada en la Institución Libre de Enseñanza, apenas aportaban
nada a la excelencia y a la belleza del lenguaje. Aunque pionera en lo
profesional, Moliner pensaba aún que esas expresiones estaban vedadas a las
damas. Era mujer, había sido depurada y se había empeñado en hacer un
diccionario sin ser filóloga, ¿iba a escandalizar a los estudiosos del Diccionario con
palabras inconvenientes que dieran pie al comentario fácil o a la crítica? Optó
por eludirlas. Aunque al publicarlo sí percibió algunas críticas en sordina
dentro de su entorno y, como era rápida de reflejos, aceptó incluir algunos
tacos en la segunda edición. Después de todo, eran palabras de uso, aunque a
ella le repugnaran.
Cuando se supo que no había sido elegida académica,
las alumnas de un instituto gallego hicieron una sentada en el patio como
protesta. Y cuando murió, García Márquez, que no pudo conocerla por estar ella
ya enferma, reconoció que aquella mujer había estado trabajando durante años
para él. Su impagable labor investigadora ha dado y dará sus frutos en miles de
libros y autores; su personalidad de mujer leal, perfeccionista y risueña –se
reía a carcajadas con las ocurrencias de sus amigas, las bibliotecarias
Consuelo Vaca, María Brey (cuya vida se abordará más adelante) y María Muñoz cuando
la visitaban para que descansara de tanta filología– ilumina su obra.
Este texto pertenece al libro de la autora Las republicanas “burguesas”, que yo edité para Punto de Vista editores en 2014.


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