Hank, Benjamín y Steve. Williams, Prado y Earle. No importa cuánto luche o me esfuerce. Jamás saldré vivo de este mundo.
Un libro español de relatos de 2003 que yo leo en 2022 pero que tengo desde
2012 o así.
Una canción estadounidense de 1952 que yo voy a escuchar mientras escribo
esto y quizás ya conociese.
Una novela estadounidense de 2011.
En el interior de todo ello, Hiram Williams, que cambió a los 14 años ese
nombre por el de Hank Williams, mucho más country, dónde va a
parar. Hank Williams en uno de los relatos del libro español de relatos, en el
que le da título al libro español de relatos. Hank Williams en la canción que
él mismo canta y compone (en compañía de otro, Fred Rose, muerto dos años
después de que la escuche por primera vez quien la escuchara por primera vez a
mediados del siglo XX). Hank Williams en la novela de 2012.
No matter how I struggle and strive. I’ll never get out of this world alive.
Jamás saldré vivo de este mundo, del
narrador y poeta Benjamín Prado, es el libro español de relatos
publicado en 2003, pero que yo no leo hasta 19 años después, aunque lo tenía
desde el año 2012, o quizás antes.
I’ll never get out of this world alive es la canción estadounidense de 1952, cantada y compuesta por Hank Williams (compuesta junto a ese tal Rose, creador de muchas canciones country con o sin Hank, cantadas a menudo por Hank y otras luminarias), que yo voy a escuchar. Un momento: YA ESTÁ. No recuerdo haberla escuchado antes, no. Suena como cuando todo estaba haciéndose. Todo, la música pop. La música de mi generación. Grabada en el verano de 1952 —con otro gigante de aquellos tiempos, y aún de épocas posteriores, Chet Atkins, a la guitarra principal—, fue la cara A del último sencillo que Williams publicó en vida. No salió vivo de este mundo. Pero sí debió esforzarse mucho, porque es una de las estrellas principales del siglo XX en cuanto a música popular se refiere, de una influencia sideral.
I’ll never get out of this world alive es también el título de la novela estadounidense de 2011 en la que sale Hank Williams (ya muerto), escrita por el también músico Steve Earle, quien tiene un elepé, el decimocuarto suyo de estudio, titulado igual, publicado ese mismo año, que incluye una sola canción que no fue compuesta por él, ¿cuál? En efecto, su versión de I’ll never get out of this world alive (eso sí, sólo accesible por descarga digital). El caso es que en la novela de Earle (hay edición en español desde 2012, publicada por la editorial Aleph con la traducción de Javier Calvo), el protagonista es un médico inhabilitado por adicto a la morfina que se gana la vida realizando abortos ilegales y es perseguido por el fantasma de Hank Williams, con quien viajaba cuando el genio de Alabama murió de una sobredosis (de morfina). Era el primer día del año 1953. Steve Earle noveló la auténtica muerte de Hiram Williams, que no llegó a cumplir los 30 años.
¿Que quién es Hank Williams? Llamo a Fernando Navarro, ahora vuelvo…
Dice Fernando que Hank Williams “fue el cronista de la pena en la Norteamérica rural de la posguerra”,
cuyas canciones “eran heridas sin cicatrizar”, cuyo “country sonaba tan real
como el viento del camino, que acompaña el solitario caminar”.
En 1995, otro pionero, Jerry Lewis, grabó I’ll never get out of this world alive para incluirla en su álbum Young blood.
El asunto es que yo sé de esta canción a raíz del volumen de relatos del
excelente Benjamín Prado. Sí, Jamás saldré vivo de este mundo, el libro
publicado en 2003, pero que yo no leo hasta 19 años después, aunque lo tenía
desde el año 2012, o quizás antes. Ese.
Prado escribe las dos últimas páginas bajo el marbete de ‘Agradecimientos y
explicaciones’, páginas que comienzan así:
“A su modo, este es un libro raro,
el primero que alguien escribe por lo que yo sé con autores invitados a la
manera de los discos de las estrellas de rock and roll en los que colaboran
otros músicos tocando su guitarra o cantando a dúo”
Esos autores son Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Almudena
Grandes y, especialmente, Juan Marsé, todos ya fallecidos salvo el
segundo. Cuatro escritores, “cuatro colegas admirados y buenos amigos” a los
que el autor de No sólo el fuego agradece haber aceptado “escribir
dentro de mi libro o pensar por mí soluciones que a mí no se me habrían
ocurrido” en cuatro de los nueve espléndidos relatos de Jamás saldré vivo de
este mundo.
En ‘Todo lo que vio Alberto’ (Alberto es Alberto García Alix, sic),
la protagonista, la escritora protagonista es Almudena Grandes:
“En este mundo no hay más que dos
clases de personas: las que temen lo que desean y las que desean lo que temen”.
En el relato que da título al libro (leyendo el cual nos relampaguea una pregunta: ¿hay algo más sigiloso y eficaz que la muerte?) podemos leer maravillas como las que siguen: “esa clase de hombres que cuando más rápido corren es cuando corren hacia su destrucción”; “la mayoría de las personas están hechas justo de todo aquello que creen haber dejado atrás”; “la vida, esa mezcla de química y estupor, como dice un filósofo”. Benjamín Prado en estado puro.
¡Cómo se puede uno sorprender al leer un cuento porque sólo al final se da
cuenta de que su protagonista/narrador es una mujer y uno lo ha leído como si
ella fuera un hombre! ¿Le ocurrirá lo mismo a una mujer al leerlo? No digo que
cuento es, no lo digo.
En el último de los relatos del libro, ‘Las banderas son para los idiotas’,
un personaje dice de los músicos (gente como Hank Williams o Steve Earle, como Bola
de Nieve o el Trío Matamoros) que “te meten como electricidad en la
sangre, igual que si te encendieran una bombilla por dentro”. Ese cuento, esa
sátira genial que cierra Jamás saldré vivo de este mundo, donde se
aprende que lo que todos buscamos es estar bien y que nos quieran, así de
simple, o donde uno puede leer ese verso de Salvador Espríu que decía: “destruir
el nombre con el silencio”.
I’ll never get out of this world alive:
Una vez tuve buena suerte, pero ahora se ha vuelto mala. Por mucho que luche, por mucho que me esfuerce…





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