Los años en los que escuchar a Nacha
Pop y salir a las fiestas y estudiar lo necesario y jugar a las cartas y tener
una novia y ser todo futuro, pero ser sobre todo presente luminoso y beber
cerveza y reír y saltar en los bailes y abrazar sin descanso y ser joven y no
pensar en la felicidad ni soñar ni sufrir ni esculpir el porvenir de tu
generación: los años en que crecer rodeado de luz y de latidos de goma...
Cuando eres joven piensas que pensar
es de cobardes
eres puro impulso
un sustrato del viento donde reside un
tesoro eléctrico
te sientes un álamo robusto
admiras en los días el frescor de las
mañanas sin saberlo
brotan de ti caballos salvajes
y lames con desidia el ámbar de las
noches incompletas
como si no murieran nunca
cuando eres joven te adiestras en un
baile que parece perpetuo
del que esperas suaves caricias
en el que te meces durante instantes
de reflejos azules
esparcidos a lo largo de tu espalda
unidos por una cálida sensación de
vértigo reconocible
por el sonido del porvenir acechante
poderoso desde su insegura situación
de rubia quimera
prendidos a tu soberana intuición.
Déjame vivir con alegría, todavía soy demasiado joven para
morir, aunque sea demasiado viejo para el rocanrol.
Éramos tan jóvenes, radiantes e
indispensables: puro fulgor, irregulares y veloces. Con alma de goma.
Éramos cachorros de cerebros líquidos:
oro brutal.
Éramos jungla, danza y sueño, agua
entre los dedos, espuma en la luna.
Éramos tan jóvenes, éramos nuestro hoy.
Durante la juventud le gritábamos al mar, bailábamos una
canción de Police y nos reíamos de nuestra prestancia de albaricoque, le pedíamos
al futuro que nos esperara, que estábamos a punto de llegar para sentarnos
sobre sus aceras de vino, que nos íbamos a dejar el alma en ser mejores que
nuestros antepasados, le silbábamos al planeta Tierra todos los poemas de amor para
apaciguarle y para tranquilizarnos.
Durante la juventud le decíamos al presente palabras de falso
sufrimiento, sólo para hacerle creer que las ruinas nos fascinaban, nos
aturdían, pero en el fondo lo que queríamos era simplemente pasar
desapercibidos como los cometas que creíamos ser, puro fulgor pulcro, de
diamantes, lo que siempre quisimos quienes crecíamos galopando encima de las
horas y las ciudades.
Enamorado de ti
y de la moda juvenil
y de los días en que todo podía
suceder
enamorado del olor a aire fresco y de las
aceras
sujeto a los cielos de los nuevos
tiempos
agarrado a las olas de aquella
transición
viviendo la Historia sin aliento
enamorado de los dioses y de los
demonios
preparado para quién sabía qué
enfermo de juventud y de futuro
enamorado de la radio y de las
canciones
ensimismado en los surcos de los
discos
hipnotizado por las faldas de las
chicas
atento a los días y a su escurrirse
entre mis dedos
enamorado de ti sin saberlo
y de los bailes y el cielo de Madriz
y de la madre que me parió.
El espectáculo de rosas muertas
abriéndose para poder sentirnos aquella fruta prohibida de la juventud.
Elásticas tardes de sol majestuoso
allá por los años setenta del siglo
pasado,
tardes de agua y cloro y ojos
irritados,
tardes de piel tostada después de las
llamas,
risas en las piscinas de los barrios
de Madriz,
acuarelas de ámbar sobre los céspedes,
me empapa el recuerdo de sus horas de
fragata,
regresad una a una para ser brillante
pausa
en esta carrera de caballos hermosos
a la que el resuello visita de cuando
en cuando
para zambullirnos en aquella juventud
de cabellos rubios y barajas sobre la
hierba.
En los discos de tu juventud flotaba
el espíritu de la humanidad incontenible y vinílico, surgían con su magia de
dentro de obras de arte perfectamente cuadradas y rabiosas por estallarte.
En los discos de tu juventud cantaban
a la furia con la furia seres de otro planeta llegados a tu habitación desde
los mundos incandescentes del más puro presente para encender tu porvenir.
En los discos de tu juventud permanecían
como tesoros los latidos de tu tiempo, reverberaban tus ilusiones y todo cuanto
no sabías que querías disfrutar, en ellos temblaban tus incipientes certezas.
Una juventud violenta intenta robar el tiempo,
algunos escriben odas a navajas eléctricas,
canciones de cuna épicas de una crueldad vegetal,
orgullosas poesías como mujeres gitanas tuertas:
cazadores de arquitecturas inmorales,
bizarramente expuestos al final de los días,
a esa larga duración de la música antiguamente moderna.
El tiempo, mientras, siempre, permanece en su exacto lugar,
ajeno a las secuencias atropelladas de los años juveniles,
ensimismado en su propio devenir de acero, resina y gas.

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