Eran otros tiempos cuando murió Manuel Vázquez Montalbán. La literatura estaba pujante y el género negro aún interesaba a las multitudes. Vázquez Montalbán era un autor hecho a sí mismo, un esforzado de la pluma: alguien que vivía de sus colaboraciones periodísticas: había publicado en Triunfo, en Hermano Lobo, en Por favor. Quizá la memoria me falle… En El País, también.
Tenía conocimientos de última hora y tenía saberes
ancestrales. Se divertía con lo severo y riguroso, y se servía de lo popular y
lo vulgar. Era capaz de bromear sobre lo serio y era hábil cuando había que
guasearse de lo tremendo. Fue el rey del pop, de la literatura pop,
aquella que mezclaba lo ínclito y lo ordinario. Encontró un género en el que
destacó: la novela negra.
En España, la novela negra tuvo su época dorada, su
tiempo de esplendor. Fue hacía finales del tardofranquismo. ¿Qué
ocurría entonces para que tal cosa fuera posible? Para empezar, el libro de bolsillo,
que se vendía bien y con prestigio. Hoy estamos acostumbrados al kindle o
a la obra electrónica. Por aquellas fechas, un volumen pequeño que cabía en
bolsillo de la americana era un alivio: un alivio de los largos trayectos en
tren o en metro
A finales de los sesenta, y gracias a Javier Pradera,
entre otros, los volúmenes canónicos de la serie negra se publicaron en Alianza Editorial.
Aparecían junto a ensayos de Sigmund Freud, etcétera. Eran clásicos
norteamericanos, Dashiell Hammett o Raymond
Chandler, que habíamos visto en
el cine con guiones de William
Faulkner, etcétera. ¿Por qué
identificar aquellos volúmenes como serie negra? En Italia se les llamó Giallo,
es decir, amarillo. Dependía de las tapas, de la cubierta popular.
Fue ése justamente el momento en que en España aparecieron las primeras novelas de Manuel Vázquez Montalbán dedicadas al género, Yo maté a Kennedy y Tatuaje, por ejemplo. Pepe Carvalho, su personaje nacido en 1972, era la adaptación hispánica del modelo de detective privado americano; es decir, como sus referentes, nuestro huelebraguetas local era también un héroe cascado, cansado, maleado por la vida, escéptico después de haber creído en grandes promesas, y después de haberse implicado, después de haber sido un hombre de acción y de ideas, de principios y de supuestos, agente de la CIA y militante comunista. No cabe mayor contradicción.
La novedad que Vázquez Montalbán introdujo en el
personaje del investigador privado fue la ironía sobre el propio género, hacer
guasa sobre su cansancio o sobre su repetición. Y, en conexión con lo anterior,
fueron también sobresalientes el cultismo, su revestimiento culto, la mezcla, el collage,
la parodia de géneros. Lo mestizo, vaya.
Decía José Francisco
Yvars que el collage es una
técnica que se basa “en el ensamblaje de ocasión o intencional”. O, en otros
términos, es la suma de recortes fortuitos, una operación pop que recrea un
lenguaje universal, un esperanto para todos. Just what is it that
makes today’s homes so Different, so appealing?
Al igual que sus colegas americanos de la serie negra,
el novelista Vázquez Montabán fue también sociologista, se
demoró en la descripción de ambientes y en la influencia que éstos ejercían
sobre los personajes; y fue asimismo un relator de los estados interiores de su
protagonista, aquejado de dudas, de zozobras, de incertidumbres y desamores.
¿Cuál habría de ser la voz que lo contara? La convención finalmente adoptada por
Vázquez Montalbán no sería la de la primera persona, es decir, no sería
un Sam Spade o un Philip
Marlowe relatando sus
casos, sus hallazgos y sus relaciones, hablando de sí mismos; sería, por el
contrario, una voz no identificada que lo seguiría y que nos describiría sus
descubrimientos y sus derrotas, sus resentimientos y sus gestas.
El Carvalho de Vázquez Moltalbán es tan aparentemente
cultivado, tan refinado en algunos de sus gustos, que en sus páginas hay
libros, muchos libros, citas, muchas citas, y gastronomía,
esa forma de cultura culinaria que en la España de los años setenta sólo tenían
unos pocos.
Pero, atención, esa exhibición de refinamiento no pretendía ser pedantería en ejercicio ni un
patrimonio heredado del que hacer ostentación. La cultura escrita en Carvalho
es adquirida y es parcialmente inútil, un abalorio poco operativo para la vida ordinaria, un atavío antiguo del que se sirvió y del
que ahora se desprendería por ser poco práctico para desenvolverse en el mundo
real.
La cultura de Carvalho es la de alguien que
procediendo de las clases bajas logró enriquecerse con referentes que después
se permite el lujo de dilapidar, como
esos libros con los que enciende la chimenea y que revelan la pluralidad de sus lecturas, la
variedad de sus conocimientos y la vastedad inagotable de su biblioteca
personal. O eso, al menos, creen sus seguidores.
El saber de Carvalho es de consciente mixtura, de
aluvión, una mezcla de lo alto y de lo bajo, una aleación de la cultura popular, de masas, con el refinamiento desencantado de la
elite. A esas vecindades deliberadamente incoherentes y provocadoras de efectos
irónicos las podríamos denominar hoy posmodernas o,
en los términos que fueron comunes en la juventud del autor, pop. De hecho, una
parte fundamental de la producción de Vázquez Montalbán se hace con estas
mezclas.
Pero, al decir de él mismo, no por pose posmoderna, no
por pedantería formalista, sino por ser éstas las fuentes constitutivas de su
formación, una formación –en este caso la de Carvalho– algo superficial,
enciclopédica, variada pero también precipitada, la de una sola generación.
Los hijos de la clase obrera que accedieron a la
Universidad, que tuvieron estudios, crecieron en un ambiente y en una posguerra
en la que lo popular, doña Concha
Piquer por ejemplo, estaba
en vecindad con los libros, con la cultura académica. Por eso, cuando Carvalho
quema su biblioteca se venga retrospectivamente de las injurias que la vida y
los pijos les han infligido a los menesterosos y a los derrotados, a los que
maduraron, estudiaron y leyeron en la miseria y en la represión.
Pero esa ostentación, ese incendio ritual de la
cultura escrita y del intelectualismo, es un exceso poco congruente con las
necesidades del relato policial, un gesto, un guiño del novelista, una pose
literaria e iconoclasta, una pantomima o broma del escritor que no exigen el
caso o enigma, pero sobre todo se trata de una venganza enfática contra la pedantería y contra el dominio de los poderosos. Es decir,
vemos a un Carvalho que, por sus relaciones y amistades, aún conserva sus
orígenes, aún es deudor del arroyo del que procede y que no perdona a quienes
lo tienen o lo tuvieron todo desde el principio, desde la cuna, a quienes todo
lo heredaron o a quienes, ya ricos, olvidan el ganapán que fue su padre.
Ahora bien, ese resentimiento de clase no se traduce en izquierdismo o en nostalgias revolucionarias, algo perfectamente posible en un individuo que fue comunista; ese odio matizado se traduce en una mezcla de escepticismo y ternura. Hay ternura hacia los menesterosos y hay escepticismo sobre las posibilidades reales de cambio y de solución. Así era y así ha seguido siendo Carvalho.
Sin embargo, tan escéptico es, tan descreído es, que
los relatos que se suceden nos lo presentan cada vez más cínico, agotado, sentencioso, lapidario, y sus interlocutores menos creíbles. No sabemos si
es como consecuencia de una realidad tozuda que desmiente cualquier iniciativa
o esperanza o si es, por el contrario, por la creciente identificación de
Carvalho con su creador, con un
Vázquez Moltalbán apocalíptico,
hondamente escéptico y también lapidario después del hundimiento del comunismo
y el triunfo,
según él, del pensamiento único.
Carvalho padece un escepticismo avejentado y se
confiesa ignorante de todo, extraño a todo, al menos a todo aquello que
sobrepasa sus lealtades más cercanas, Charo, por
ejemplo, la novia de siempre. Con esa actitud literaria y con unas ideas
políticas expresadas sin sordina en las propias ficciones, Vázquez Montalbán
mataba a su héroe, nos los distanciaba, nos lo hacía cada vez más antipático,
menos matizado, y la intriga, llena de paralelismos forzados y simbólicos, se
volvía inverosímil.
Leyéndolo ahora, tantos años después, uno tiene la
impresión de que no hay nadie más desencantado, asqueado; de que no hay razón alguna para la esperanza, justamente en un mundo lleno de falsedades, de
sordideces y de traiciones.
Pero… ¿y si no fuera el propio autor el responsable de
esa operación? ¿Y si fuéramos nosotros, sus antiguos lectores, quienes nos
hubiéramos apartado de un personaje que sigue siendo fiel a sí mismo, quienes hubiéramos matado a un héroe en el que ya habríamos dejado de confiar?
Salud.
[Este
artículo fue publicado en Anatomía de la Historia, la revista digital
que yo dirigí, el 18 de octubre de 2013]



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