¿Y cuándo podemos decir que −claro que no exactamente, pero sí para fijar en el calendario algo a lo que agarrarnos− comenzó la Edad Moderna en aquellas tierras que hoy son ya sin duda tú, España? La modernidad de tu historia comenzó, sin duda alguna con o durante el reinado de los Reyes Católicos (que es el nombre por el que son conocidos los reyes Isabel I de Castilla y su esposo Fernando II de Aragón, y que responde al título que les otorgó el papa Alejandro VI pocos años antes de que acabara el siglo XV), esto es, entre el acceso en 1474 al trono castellano de ella y el fallecimiento de él en 1516 siendo rey de Aragón y regente de Castilla.
La patrimonialización de las dos coronas en un solo soberano, a partir de ese último año, con el nieto de los Reyes Católicos, Carlos I (futuro emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V), está en el nacimiento de lo que ya sin duda se llamará a menudo España, y en la del Estado que será España siglos después. España, estamos en el siglo XV, en su tercer tercio, y ya eres moderna. Pero no te confundas, moderna quiere decir superadora de los tiempos medievales, que tampoco fueron un abismo, no; de hecho justo cuando desembocas en la era de la expansión europea y del nacimiento de los estados como los conocemos, eras España el lugar donde se completaba la gran persecución de la minoría judía europea, y volvemos a aquel emblemático año 1492, cuando la intolerancia religiosa y racial¸ si se quiere, era lo que dominaba las sociedades del Viejo Mundo. En aquel año 92, el de la publicación de la primera gramática de la lengua castellana escrita por Nebrija, y de ese encuentro de dos mundos que contactó brutalmente el europeo con el americano, los Reyes Católicos expulsaban a los judíos de las tierras gobernadas por ellos. Enseguida se haría lo propio con los 400.000 musulmanes, es decir, obligarles a convertirse al cristianismo o emigrar, en 1502 en la Corona de Aragón y en 1525 en la de Castilla, y optaron por la conversión, sin renunciar a su lengua y costumbres (ni a su religión, sic). Si el problema judío se convirtió en el problema de los judeoconversos, el de los musulmanes, denominados habitualmente moriscos una vez conquistada Granada, agrietó la escasa disposición de la población hispana a convivir con quienes no profesaban las costumbres cristianas más generalizadas. Por no hablar de la Iglesia católica española, reacia a confiar en la sinceridad de ambas conversiones y amparada desde 1480 por el nacimiento en los reinos peninsulares de la famosa Inquisición, avaladora a la fuerza de la limpieza de la sangre requerida para ser alguien en el mundo moderno de los súbditos de los reyes peninsulares.
Regresemos a la patrimonialización de las dos coronas en un solo soberano. Vinculación patrimonial: ahí está la clave. No hay unidad ni nada de eso, España. Lo que hay es la vinculación de dos coronas, la de Castilla y la de Aragón. Estoy hablando del matrimonio en 1469 de la futura reina Isabel de Castilla y el heredero de la Corona de Aragón, que supondrá, cuando el hijo del rey aragonés Juan II suceda a éste diez años más tarde, la vinculación de los más poderosos reinos de lo que acabarás por ser, si no eres ya, España. Del lado de Fernando, los reinos peninsulares de Aragón, Valencia y Mallorca, el principado de Cataluña y los reinos mediterráneos de Sicilia y Cerdeña; del lado de Isabel, casi toda la Península, salvo las tierras aragonesas, catalanas y valencianas, así como el reino de Navarra, el de Portugal y el reino musulmán de Granada. Una salvedad, las provincias vascas dependían de quien fuera el soberano de la Corona de Castilla pero tenían sus propias leyes, y de resultas de ellas sus privilegios; algo parecido a lo que en su caso ocurría con los reinos que formaban parte de la Corona de Aragón, que conservaban leyes, monedas y aduanas interiores, así como sus instituciones.
Hablemos de
territorios peninsulares, de expansión de las coronas vinculadas por el
matrimonio entre Isabel y Fernando: el reino de Granada será conquistado por
ambos en un año que es todo un hito extraordinario, 1492, incorporación (a la
Corona de Castilla, por cierto) con la que se da por finalizada −mejor dicho, damos los historiadores, sólo a efectos
de compendio temporal, narrativo si
se quiere, lo que ya no volveremos a mencionar aquí− la Reconquista –un asunto difícilmente defendible cuando se trata de reconquistar a alguien algo donde ese
alguien lleva ocho siglos viviendo−; y, veinte años más tarde, el reino de
Navarra (para ser más exacto, sus territorios peninsulares, no los del norte de
los Pirineos, que conste), ya fallecida la reina Isabel, fue incorporado en
1515 a la Corona de Castilla por su viudo, Fernando, tras haber conquistado
aquellas tierras tres años antes al intervenir contra los intereses franceses
en la Guerra Civil navarra de principios del siglo XVI. Cuando Carlos de
Habsburgo, el nieto de los Reyes Católicos, desembarque en las costas
asturianas un año después de heredar en 1516 las coronas aragonesa y
castellana, y cuanto ambas comportaban, sólo hay un territorio en la península
Ibérica sobre el que no ejerce soberanía alguna, el reino de Portugal.
Ahora, hablemos
de territorios extrapeninsulares. Castilla, que había conquistado las islas
Canarias en los comienzos del siglo XV, consolidaría su empeño colonizador de
las mismas a principios del XVI, cuando asimismo conquistó el reino de Nápoles,
concretamente en el año 1504, venciendo a la hegemonía francesa en aquellas
tierras italianas, y se hizo con varias plazas norteafricanas como las hoy
argelinas Orán y Bugía y la libia Trípoli,
aunque lo más relevante fue, a raíz del descubrimiento
(sí, otra palabra de dudosa catadura pero muy eficaz) de lo que se llamará
América por parte de Cristóbal Colón, el proceso de colonización luego y al
tiempo del de conquista del Nuevo Mundo allende el Atlántico.
Te convertirás
España en una potencia europea, mundial, gracias a la efectiva política
matrimonial de los Reyes Católicos, cuyo nieto Carlos −hijo de Juana I de
Castilla (la Loca la dijeron) y del esposo de ésta, el archiduque de Austria y
por tanto heredero del Sacro Imperio Romano Germánico, Felipe el Hermoso
(Felipe IV de Borgoña, a la sazón)− recibirá en 1516 una descomunal herencia
castellana y aragonesa de su madre y un no menos vasto legado patrimonial de su
padre fallecido diez años antes, el cual añadía a los Países Bajos, Luxemburgo,
el Franco Condado y nada más y nada menos que cuanto poseía la Casa de
Habsburgo (de Austria, la llamarán
mis antepasados, y de ahí decirles Austrias
a aquellos reyes), incluido el título imperial, de tal manera que con el rey
Carlos I (a la vez, como sabemos, Carlos V del Sacro Imperio) nacerá la
conocida por los historiadores modernistas como Monarquía Hispánica (pero también como Monarquía de los Austrias,
Monarquía Católica y… Monarquía de España. Sí: de España) gobernada patrimonialmente por los reyes hispanos de la
Casa de Austria, su enorme conglomerado territorial que tenía unas dimensiones
verdaderamente imperiales no funcionó como una unidad indistinta, sino más bien
permitió que cada uno de sus núcleos políticos (reinos, ducados, virreinatos…)
mantuviera no sólo sus leyes, sino sus propias instituciones e incluso monedas,
proviniendo como provenían de distintos pasados y contando como contaban con
sus respectivos potenciales económicos y demográficos. ¿Pero cómo se organizaba
políticamente todo ese gran y complejo entramado de territorios cada uno de su padre y de su madre?
Contradictoriamente, aquel ente político era un poder territorial centralizado
y al tiempo autónomo. Me explico: si la Monarquía Hispánica no era sino la
expresión gubernamental del ejercicio del poder político del heredero dinástico
de los Austrias (ojo, no de los Habsburgo, aunque los Austrias eran Habsburgo)
como aglutinante de todos los reinos, ducados, presidios, virreinatos y demás
que la integraban, desplegada por medio de las instituciones consiliares
ligadas a la Corte; también era una acumulación, como acabamos de decir, de
órganos territoriales específicos, y anteriores a la existencia de dicha
Monarquía, dotados de una gran autonomía, en los que el poder del rey variaba
ostensiblemente de uno a otro.
Un vasto imperio
sin emperador (Carlos lo fue, pero sólo de las tierras de sus ancestros
paternos) que con el primero de los Austrias españoles añadió en la década de 1520 el ducado de Milán y avanzó
notablemente en lo que daría en ser la América
española como verás de inmediato y que con su hijo, Felipe II (1556-1598),
quien no heredó ni los dominios no
hispanos de la Casa de Austria ni el título imperial, se acrecentó con los
presidios de Toscana en 1557, las islas Filipinas (llamadas así en su honor, no
en balde, y que desde 1565 pasaron a depender del americano virreinato de Nueva
España), y el reino de Portugal, el cual llevaba aparejado no sólo el
territorio peninsular no hispano sino las muchas posesiones de ese país ibérico
en los continentes africano, asiático y americano, a cuyo trono accedió el
monarca español en 1581 en virtud de ser hijo de la princesa portuguesa Isabel
de Portugal y nieto por tanto del rey portugués Manuel I el Grande.
Aquella América tuya (y de tu vecina Portugal) que durará centurias, y que en puridad fue un asunto de la Corona de Castilla, vio su momento decisivo en cuanto a fijación de posesiones verdaderas en las postrimerías del siglo XV y las primeras décadas del siguiente; y por encima de todas las conquistas, pues de conquista se habla en este caso, están sin duda dos gestas (dos genocidios, si nos vamos al otro extremo) que darían como resultado la primigenia y esencial ordenación territorial del Nuevo Mundo, la que llevó a Hernán Cortés especialmente entre 1519 y 1521 a poner las vastas tierras del Imperio azteca (mexica mejor dicho) en parte de Norteamérica y Centroamérica bajo la soberanía de los reyes de Castilla (que eran también, recuerda España, los del resto de lo que eras ya entonces) para que en ellas se cree pronto el virreinato de la Nueva España, y la que desplegó Francisco Pizarro para hacer lo propio con el Tahuantinsuyu incaico en el arranque de la década de 1530 obteniendo como resultado la inminente erección del otro gran virreinato americano, este en el sur del continente, el del Perú.
Y esa Corona de
Castilla que parece tirar de lo que ya estás a punto de ser o ya eres, España,
es no sólo una potencia internacional de primer orden (a la cabeza de lo que
quiera que sea entonces Europa) que mira al otro lado del Atlántico no sabemos
muy bien qué, pues a su alto nivel demográfico (sus más de 6 millones 600 mil
habitantes suponen un porcentaje elevadísimo del conjunto peninsular y de sus
islas mediterráneas y atlánticas europeas, que apenas superaban los 8 millones)
se le suma una economía expansiva urbana de notable prosperidad con dos núcleos
geográficos de un enorme dinamismo, ambos interiores, el uno en la Meseta, en
el valle del río Duero, y el otro en el área del Guadalquivir, en Andalucía: si
la capital tuya en aquel entonces era
la ciudad de Valladolid, donde más a menudo reposaba la Corte regia, la de
Burgos era un punto cardinal en el comercio exterior hispano, la de Segovia se
asociaba a su importantísima industria textil lanera, en tanto que la ya
mentada Medina del Campo proseguía su destacado recorrido de gran feria europea
o Salamanca se enseñoreaba culturalmente por tener en su caserío una muy
prestigiosa universidad, eso por no descender al sur peninsular para hablar de
la inmensa Sevilla, beneficiada por ejercer el monopolio comercial americano
que hizo de ella la más distinguida ciudad tuya de aquel siglo XVI, cuando la
Corte empezará a sentir una clara preferencia por una pequeña urbe muy central
que acabará por ser tu capital definitiva: pongamos que hablo de Madrid.
Semejante situación en realidad ocultaba un detalle significativo que cercenaba
el crecimiento a largo plazo, pues aquella Castilla expansiva no ponía sus
materias primas a trabajar en el ámbito artesanal propio (la lana de la Mesta y
el mineral de hierro del País Vasco eran exportados en su mayor porcentaje),
pero sin embargo sí que compraba las manufacturas europeas en medio de un
retraso tecnológico interno temible que hizo del sector secundario de la
economía castellana, y por tanto española
una zona catastrófica. Ya desde el
reinado de Isabel y Fernando, semejante prosperidad, y el hecho de estar ligada
directamente con la plata que iba llegando desde la América conquistada y
colonial, hicieron de la Corona de Castilla, donde había tenido lugar el máximo
desarrollo del poder de los reyes en toda la Península, el corazón y el cerebro
de la Monarquía Hispánica, y de sus tierras salieron los principales
contingentes humanos y los mayores recursos materiales para sufragar en cuerpo y alma los deseos de
la potencia mundial que estabas siendo, España. Las personas y las cosas que
protagonizaron los acontecimientos imperiales
de la Monarquía Hispánica eran castellanas, de todo aquello que era
entonces Castilla, casi toda la España que ahora eres, o buena parte de ella.
Lo eran los que desempeñaban los cargos gubernamentales y funcionariales, los
nobles más relevantes y los principales religiosos pero también los letrados, y
asimismo lo eran quienes sufragaban aquellas
magnificencias internacionales como pecheros
(pagadores de impuestos) o como soldados de mayor o menor fortuna. El fantasmal
gasto de las actividades internacionales provenientes de la política de los
Austrias supuso una descomunal esquilmación fiscal y demográfica de los
súbditos de la Corona de Castilla. Una Castilla cuyo núcleo primigenio vio cómo
en 1521 el imperialismo moderno cristiano de Carlos I la dejaba reducida a eso,
a ser la envidia marchita de los
demás territorios de los Austrias. Una Castilla que sufrió una crisis epidémica
entre las postrimerías del siglo XVI y las décadas centrales del XVII, cuando
el interior peninsular fue víctima de un descenso demográfico y económico que
supuso la despedida del crecimiento que había tenido lugar en el nacimiento de
la modernidad. De tal manera que, en las últimas décadas del siglo XVII, lo más
avanzado y dinámico de tu economía se había quedado fuera de la Meseta, en los
límites peninsulares marítimos. El Antiguo Régimen se había hecho presente con
toda su realidad española de pobreza
popular, búsqueda de los privilegios, y por tanto del ennoblecimiento regio o
institucional y del rentismo suicida,
así como apertura de un abismo cada vez más grande entre ricos y pobres, entre
poderosos y populacho.
En la política internacional del siglo XVI, el mundo hispano encabezado por el dueño de tantos reinos y ducados y virreinatos y presididos y…, aquel Carlos de Habsburgo, de Austria, que era primero y era quinto, no logró contener el brote cristiano anticatólico que dio en ser llamado protestantismo, expandido desde los principados alemanes de su Sacro Imperio, baldón que podría hacernos creer que el ejercicio de su poder fue un fracaso. Pero no lo fue, ya que el gran peligro de la cristiandad, el del islam imperial gobernado por los turcos otomanos, sí quedo detenido, y sobre todo con la actuación de su hijo Felipe II, que habría de afrontar, despojado ya de la carga del cargo de emperador (que recayó en el hermano de su padre, Fernando I), el estallido de la larga rebelión de los Países Bajos en la década de 1560.
Estos textos pertenecen a mi libro de 2017 publicado por Sílex ediciones: ¿Qué eres, España?





Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.