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Vacaciones


Una de las más hermosas palabras del español es la palabra vacaciones. Suena a espacio y tiempo detenidos en medio de una canción de los Beatles, justo antes de su primer beso. A libertad y a agua. Y a pradera y a bosque. Suena a deslumbrante atardecer y a noches de olor a vainilla.


Esos días cuando la palabra vacaciones comienza a tener ese sonido líquido con el que escuchamos el triunfo.


Necesitas unas vacaciones para volver al principio y sentirte como cuando no sabías sumar y no eras más que un habitante de las antípodas, porque eso es mucho más de lo que necesitamos ser: unos habitantes de las antípodas de los que dan bien en el papel, de los que pasarían por ser unos buenos hombres buenos.


Sólo he dejado una vez en mi vida de leer novelas. Quiero decir desde que leo novelas, desde que leí aquel Robinson Crusoe ilustrado del que ya te hablé, no sé si te acuerdas. Sólo una vez. Una no, cinco, los cinco cursos universitarios en que estudié Historia sin saber que lo que estaba aprendiendo era a desconfiar de quienes van al pasado a por sus cosas. Porque cada vez que comenzaba uno de aquellos cinco años universitarios (los cinco primeros, digo), yo tomaba la determinación de no leer durante el curso nada que no fueran libros escritos por historiadores. Prohibida la verdad de las mentiras, las fábulas, las historias. Sólo la Historia. Luego llegaban las vacaciones y las memorias de Adriano y el embrujo de Shangai se apoderaban de las tardes de verano y del comienzo lunático de las noches de verano para que yo pudiera descansar tranquilamente de la ausencia de cuentos.



"El problema de no hacer nada es que nunca sabes cuándo has terminado".

Groucho Marx

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