Juan de Timoneda (Joan de Timoneda para los valencianoparlantes) vivió en el reino de Valencia (lo de escribir España ya me cuesta con tanto polemista, pero digamos que sí, en España) durante el siglo XVI. Escritor, incluso de piezas teatrales, y editor, llegó a alguno de mis libros de texto de la década de 1970 por lo que es más reconocible, su labor compilatoria de poesía popular y por sus relatos agrupados en El patrañuelo, de 1567.
Recientemente he
recordado una fábula que quiero considerar como el epítome de la historia, un
texto donde se condensa todo lo que el ser humano acaba por ser, o al menos lo
más importante que la humanidad es capaz de decir de sí misma. Hablo de la fábula
del burro, conocida también como la fábula del padre, el hijo y el burro, o
mejor aún El molinero, su hijo y el burro. Llamémosla así. Ese texto, ese
cuento, esa fábula que forma parte de las más conocidas narrativas folclóricas,
tenía yo para mí que lo había leído por vez primera en la versión de Timoneda.
No diré que siempre lo había creído porque ya sabemos que eso de siempre
creí lo que esconde en realidad es nuestra confianza en considerar que
cuanto pensamos es fruto de una larga estancia en nuestra convincente memoria.
Resumo la muy difundida El
molinero, su hijo y el burro (mejor dicho, la reproduzco, arreglando
algunas erratillas, de Biblioteca Virtual de Andalucia, de la Consejería de
Cultura de la Junta de Andalucía y llamo burro a su, a veces, asno,
porque en este maremágnum de maneras de contar lo mismo, el asno es burro de
vez en cuando):
“Un padre y su hijo salen por la mañana
acompañados de su inseparable burro a cumplir con las faenas de todos los días
en el campo. Al salir del pueblo, el hijo se monta en el burro y alguien los ve
y hace el siguiente comentario:
-¡Ay que ver! Qué poca consideración del niño,
tan joven, montado en el burro y el padre andando.
El padre lo oye y le dice al niño:
-Mira niño, bájate tú y me subiré yo.
Se baja el niño del burro y se sube el padre.
Un poco más adelante, otra persona los ve y comenta lo siguiente:
-Desde luego, qué poca consideración de ese
hombre, él montado en el burro y el pobre niño andando.
A esto el padre le dice al niño:
-¡Anda niño! Súbete tú también el burro.
Poco después, otra persona que estaba junto al camino comenta:
-Qué poco respeto le tienen al pobre animal.
Los dos subidos en él, que va el animalito que no puede tirar.
Igualmente, el padre oye el comentario y dice:
- Mira niño, vamos a apearnos los dos e iremos andando.
Seguidamente los ve alguien y su comentario fue el siguiente:
- ¡Serán tontos! Mira que ir los dos andando y el burro de vacío.
La moraleja de esta fábula es: ¿cómo
tendremos que hacer las cosas para que no haya quien nos critique?”
El clásico nunca llueve
a gusto de todos, vamos.
La más antigua versión (escrita)
del texto reconocida por los expertos pertenece a un escritor (también
compilador, historiador y geógrafo) árabe de origen andalusí que vivió durante
el siglo XIII: Ibn Said al-Maghribi. Ese cuento forma parte de Al-Mugrib fī ḥulā
al-Magrib, de hacia 1240, traducida habitualmente como 'Lo extraordinario
sobre las joyas de Occidente' y conocida como Mugrib, una peculiar obra
que sin ser una antología poética ni un compendio geográfico es ambas cosas a
la vez. Sin duda, lo que se cuenta en El molinero, su hijo y el burro es
de un origen más remoto y pertenece al elenco de narraciones que no sólo conciernen
al mundo occidental sino también al oriental, y ha sido incluido en colecciones
medievales e incluso en algunas posteriores atribuidas al fabulista por
excelencia de la Grecia clásica, Esopo, y, más recientemente, a las imbatibles fábulas
del siglo XVII del francés Jean de la Fontaine.
La primera vez que se pudo
leer en castellano fue en la primera mitad del siglo XIV, en uno de los cuentos
del Conde Lucanor escrito por Don Juan Manuel, el titulado Lo que le
sucedió a un buen hombre y su hijo, llevando una bestia al mercado.
Asno, bestia o burro,
molinero o simplemente padre, hijo (eso, seguro)… el caso es que la fábula que
traigo a cuento es la manera más simple de explicarnos a nosotros mismos: nada
es lo bueno, nada es lo mejor. La política debe ser considerada, siempre,
bajo esta premisa. Las almas perfectas no pueden ser quienes indiquen cuáles
son las decisiones que hay que adoptar. Aunque, claro, habrá que tenerlas en
consideración. También ellas forman parte de la peliaguda fábula real que es la
sociedad civil.
Y me parece que, una vez más, mi memoria me jugó una mala pasada: no sé si siempre creí que la fábula en cuestión se la había leído, adaptada, claro, a Juan de Timoneda, pero el asunto es que parece ser que él nunca la recopiló. ¿O tal vez sí?

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