Qué les tengo que decir a mis padres no es una pregunta que me haga a menudo, de hecho, no me la planteé hasta que me senté a escribir un poema donde explicarme a mí mismo lo que soy cuando soy el hijo que vengo siendo, nada, todo, lo mío, lo que soy, lo que fui, lo que he de ser.
Quiero decirles siempre gracias, gracias cuando los dos me dan
las gracias, y ahora se lo voy a decir con estas palabras…
Tuve alguna vez ganas de ser feliz
cuando os olvidé casi por completo,
cuando me fui de casa del todo,
pero no para siempre,
y luego estuve a vuestro lado
cuando os ibais haciendo unos niños pequeños
llenos del pasado de los viejos
pero con las defensas misteriosas infantiles,
inverosímiles, mágicas,
y ahora sólo os veo ahí, quietos,
enmascarados por la torpe e impecable incapacidad
de decidir ya nada que no sea abrir y cerrar los ojos,
levantaros y ver en la tele lo que la tele quiere que veáis,
y ahora yo soy mucho más que un hijo para vosotros,
un hijo que ya es padre
también de vosotros dos,
que me trajisteis hasta muy cerca de aquí,
al lado del porvenir.
En aquella foto mis padres parecían gigantes.
Todos nuestros padres lo eran cuando niños. A nosotros nos parecían seres de
otro mundo, unos humanos únicos venidos a darnos leche.
Era una foto que ahora busco y no
encuentro, como tantas cosas que a lo mejor no existieron y nada más visitaron
mi imaginación, se fueron: esas cosas que nos hacen estar siempre atentos.
Una foto en blanco y negro donde todo
era gris, de un color que yo llamo gris porque era gris sí, aquellas muescas en las rocas de los años
sesenta, un recuerdo delgado presto para desaparecer, derrotado en su evidencia
del pasado de las fotos.
Saludo en esta mañana fría de luz al
porvenir sandunguero que me saluda.
Saludo ahora mismo a las muchachas que
no saben ser muchachas en las calles.
Saludo a mis padres, que hicieron de
sus días los míos sin importarles los suyos…
Furioso estrépito que me vence,
el de las guitarras que suenan como
diosas,
el de la voz de ella antes de
enamorarme;
cuánto de mi futuro atesoras en tu
espanto,
cuánto terremoto en tu lascivia de
antifaz.
Frenesí fronterizo y cimarrón
que cabalgas sobre mi espíritu de
hombre,
eres una sensible fractura de
rocanrol,
un avanzar a ciegas entre cenizas;
eres un grand slam y un tourmalet.
Eres todo lo que me emociona
y me hace olvidar la desdicha,
eres un zahorí de la felicidad,
mi sofá y mi siesta y mi delirio,
mis gotas de lluvia sobre un cristal,
mi empeine y mi balón de reglamento,
eres mi primer beso y el último,
eres su falda y sus piernas,
eres un helado sin derretirse,
eres yo corriendo en la noche,
mis arrugas y mis gafas,
eres mi silbido sin sueño,
mis ojos cerrados pensándola,
mi hija María y su pelo,
Arturo y una de sus canastas,
eres mis padres ancianos,
eres mi infancia y mi risa,
eres un gol y un tebeo nuevo,
mi tierna manera de amar.
Eres la ballesta y la flecha,
el vértice y el centro,
eres el impulso y la conmoción,
mi fecha de nacimiento
y la de mi muerte.
Ordesa fluye como si contuviera ríos dentro de mí estos días
de hipnosis, de frenética lectura, en los que mis padres viven más en mi
realidad que en mis recuerdos, a diferencia de los muertos del autor de Ordesa,
una novela fúnebre llena de luminoso amor traumático por la vida que se muere
cada instante.
Ordesa son mis hijos y su escritor les ha puesto en la fábula
a los suyos los nombres de Vivaldi y Brahms para, así, sanarse de su mal de
altura, ese que sólo cura escribir Ordesa.
Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.