Waiting for the Barbarians, la tercera novela del escritor sudafricano J. M. Coetzee, apareció en 1980 y, con el título de Esperando a los bárbaros, fue espléndidamente traducida nueve años después a mi idioma por Concha Manella y Luis Martínez Victorio. Su nombradía es de talla universal, pues no en vano la prestigiosísima editorial británica Penguin Books la incluyó entre los veinte ‘Grandes libros del siglo XX’, una colección propia de indiscutible reconocimiento literario que incluía novelas de Conrad, Proust, Kafka, Joyce, Steinbeck, Greene, Pynchon (sí, Pynchon), DeLillo, Rushdie, García Márquez y Toni Morrison. Para más resonancia y exaltación, en 2003, cuando la Academia Sueca le otorgó a Coetzee el Premio Nobel de Literatura, mencionó explícitamente Esperando a los bárbaros (la décima novela que leo del autor de la extraordinaria Desgracia) como paradigma artístico del idealismo enfrentado al horror.
La sobriedad es su principal característica: es una novela sin arrebatos, únicamente avituallada por el espíritu soberanamente humano de su protagonista (“¡nosotros somos el mayor milagro de la creación!”) y cuanto quiere hacernos saber de esa frontera entre el poder y el deseo.
“No quería verme enredado en esto. Sólo soy un
magistrado local, un funcionario responsable al servicio del Imperio, que
desempeña su cargo en este tranquilo lugar de la frontera y ya sólo espera
retirarse. Cobro los impuestos, administro las tierras comunales, me encargo de
que la guarnición tenga todo lo que necesita, superviso a los oficiales
jóvenes, los únicos oficiales que hay aquí, controlo el comercio y presido el
tribunal de justicia dos veces por semana. Por lo demás, contemplo los
amaneceres y las puestas de sol, como y duermo, y me siento satisfecho. Cuando
muera, espero merecer tres líneas en letra pequeña de la gaceta imperial. No he
pedido más que una vida tranquila en una época tranquila. Pero el año pasado
comenzaron a llegar de la capital rumores de agitación entre los bárbaros.”
Un tiempo que no existe, que nunca existió, bueno sí, nada más y nada menos que en la mera ficción literaria del ámbito y los seres humanos ideados por la mente de Coetzee. No tenemos geografías ni pasado conocidos a los que aferrarnos y parece darnos igual durante la lectura de Esperando a los bárbaros.
“Lo mejor sería que este oscuro capítulo de la
historia del mundo acabara de una vez, que borraran a estos feos seres de la
faz de la tierra y nosotros juráramos empezar todo desde el principio, gobernar
un imperio en el que no hubiera más injusticia, más dolor”.
En esta parábola sobre la
razón diluida en el interior de un poder imperial desalmado, John Maxwell
Coetzee crea un personaje herido por el paso del tiempo, abrumado por su propia
condición de humano en los confines de la civilización incivil (“¡en verdad que
el mundo debería pertenecer a los cantantes y a los bailarines!”), un ser
humano “arreglando las relaciones entre los hombres del futuro y los hombres
del pasado”. Un hombre que únicamente, ¡ahí es nada¡, cuenta con su “repertorio
de recuerdos” y sus “dudosos deseos”.
“«¿Qué tengo que hacer para conmoverte?»: estas son
las palabras que oigo en mi mente en el susurro subterráneo que ha comenzado a
sustituir al diálogo. «¿Acaso nadie te conmueve?»”
Quizás no podamos vivir en el
tiempo, como hace el pez que vive en el agua, “en el tiempo circular,
recurrente y uniforme de las estaciones”, y los humanos sólo hayamos sido
capaces de vivir en otro tiempo, en “el tiempo desigual de la grandeza y la
decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe”. Frente a los bárbaros,
los imperios siempre lo dan todo por evitar su sucumbir, por prolongar su
existencia. Somos imperio, y no podemos salvar a los bárbaros.
No sabría decir, eso sí, si lo que he hecho ha sido disfrutar leyendo la tercera novela escrita por Coetzee.



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