Woody Allen estrenó el año 2020 una película muy cinéfila rodada en San Sebastián a la que yo tenía por un bodrio considerable por culpa de la crítica que le leí en El País a Carlos Boyero ("no me ocurre nada malo viendo y escuchando El festival de Rifkin, pero la decepción es inevitable”). Y la decepción acabó por resultar, para mí, el ojo crítico de Boyero, esmirriado esta vez a la hora de ver un filM menor pero no ridículo del genial cineasta neoyorquino, exiliado artísticamente, esta vez de nuevo en España.
Rifkin's Festival, una coproducción estadounidense-hispano-italiana, vuelve
a ser una película casi total de Allen, que la escribe como siempre y la dirige
como siempre. Su hora y media está bien fotografiada por Vittorio Storaro y
mantiene un ritmo digno de una película del cineasta estadounidense, aunque
flojea en el elenco actoral, donde no destaca artísticamente su protagonista, Wallace
Shawn (uno de los pocos actores de los que se puede decir que es un habitual
en la filmografía de Allen), quien más bien casi aburre con su monotonía
teledirigida a través de la esencia del ser (sic), y donde se puede salvar muy
poco de Gina Gershon y Elena Anaya (de ella dice Oti Rodríguez Marchante en ABC
que está “estupenda, sensacional”, y del film que es "una obra
bienhumorada e inteligente en la que indaga una vez más en las cosas
importantes del ser humano”), casi nada o nada de Louis Garrel, pero en la que
descuellan con soltura y gracia (muy brevemente, eso sí) Christoph Waltz y
Sergi López.
Tiene mucha razón Luis Martínez, cuando escribe en El Mundo que el
film es "la versión más perezosa de Woody Allen, un paseo por su memoria
cinéfila tan encantador como destensado y autocomplaciente”.
Quizás exagere, pero no mucho, Quim Casas para El Periódico al decir de él que "es una delicia otoñal, una película en la que Allen habla del cine que le gusta y el que no le gusta, de las relaciones afectivas, de las contradicciones del amor, del cine y la vida”.
También para El Mundo, Enric Albero sentenció por su parte que se
trata de un "filme decididamente menor que no excede la categoría de
divertimento".
Es para mí este Rifkin's Festival una película olvidable de Allen
que por lo menos no cae en el descrédito absoluto de aquel bodrio que rodó en
Barcelona. No parece que se le den muy bien al ilusionista que tantas películas
geniales ha sabido crear sus paseos por la España cinematográfica. Aunque en
este de San Sebastián, al menos, no resbala sin gracia alguna.


Me ha encantado. Claro, que yo soy uno de los pocos hombres vivos sobre la Tierra a los que les encantó 'Vicky-Cristina-Barcelona'...
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