El oído de Pete Townshend, desde los comienzos de The Who maltrecho, quedó tocado para siempre en 1976. Ese año le afecta profundamente escuchar uno de los temas del elepé Ommadawn, de Mike Oldfield (“al reconectarme con la Inglaterra de antaño”), On horseback, tal era y es su relación esencial con la música que le toque “una fibra especial”.
Suena como si estuviera soldada en el aire la melodía
principal de Tubular bells en medio del sopor de la hora de la siesta,
ah la siesta, la siesta…
El
corazón de Inglaterra es la brillantísima novela final de una trilogía escrita por Jonathan
Coe, donde Oldfield juega un relevante papel. Sobre ese libro aparecido en 2019
yo escribí cosas como esta:
El mundo,
que no siempre es un lugar horripilante, que pocas veces es un lugar
inspirador; el mundo, con sus cruces de caminos y las elecciones que uno ha de
hacer y que tienen “el potencial de alterar tu vida”; el mundo, ese lugar donde
aún hoy algunos se emocionan cuando escuchan las notas del Tubullar bells
de Mike Oldfield; ese lugar en el que de vez en cuando las personas que se
preocupan por el mundo tan sólo son adictas “a sentirse ofendidas por las
actividades de los demás”, en el que se dan los “presuntos luchadores por la
justicia social” y las cruzadas morales, el de la tormentosa corrección
política que acabó por soliviantar a los conservadores fanatizados por una
manera peculiar de entender la libertad y enardeció su populismo nacionalista
prefascista; el mundo, donde hay quien es capaz, como uno de los personajes liberales
de El corazón de Inglaterra, de decir que “la gente ya ha aguantado
demasiado a los intelectuales”; donde otro personaje se siente pleno de rabia
por el “aire de superioridad moral” que proyectan quienes se dicen de
izquierdas, alguien cuyo “modelo para las relaciones se basa en el antagonismo
y la competición, en lugar de la cooperación”…
El mundo en
el que se sigue dando “la misma batalla: la batalla que nunca cambia”.
MOONLIGHT SHADOW
Un lunar lunar bajo los labios del mundo,
ahora mismo, aquí, mientras dormimos,
una luna lunar sobre mis sienes de fiebre,
una luna alunada, lunática, desalmada,
una luna velada, hecha de asfixia y derribo,
una sombra de plata, un azul sucio, enorme,
el azul de la muerte,
un azul de luna, una luz azul lunar, un rayo
astillado,
seguimos dormidos, soñamos un sueño de lana,
lanudo, lunar,
un sueño de luna, de centellas,
sobre una lúgubre lama de aves en vuelo,
un lunes lunar, un lunes enfático, desapasionado,
urgente luna azul envuelta en una plata
sin el brillo de la nuca de Cary Grant subiendo
unas escaleras con el vaso de leche
donde la luna se oculta de ti y de mí,
duda lunar, luna lunar, luna de lobo,
no puedo salir de tu embrujo, no hoy,
sigo esperando tu esplendor definitivo o tu caída de
ángel.
Mike Oldfield nació en 1953 cerca de Londres, comenzó su carrera musical a los 14 años y ha grabado más de 25 elepés, el primero de ellos en 1973, el ya clásico e inclasificable Tubular bells. Oldfield es un músico total. Podemos leer de él en la imprescindible web allmusic.com que “disfruta de un lugar especial en la historia del pop no solo por su composición más famosa, sino como un puente entre el rock progresivo, la new age, el pop convencional y la música cinematográfica”.
Tubular bells, Torneo y El exorcista.
Recuerdo aquel compañero mío del
instituto que vivía cerca de mi casa, y que ahora es periodista, me pone el Tubular
bells y el de la vaca de Pink Floyd en su aparato de sonido cuadrafónico y
flipo. Puede que fuera el Ommadawn, el de Mike Oldfield, digo. Eso da
igual. El poderoso sonido del trueno. El poderoso sonido de la música. El
poderoso sonido del sonido.
Otro escritor inglés, Nick Hornby, es bastante tajante con Oldfield (cuando escribe en su libro 31
canciones de 2003):
“Si me
hubieran impactado tanto como Rod Stewart en aquellos primeros años 70 Elton
John o Jethro Tull o Mike Oldfield, todos los cuales competían por lograr mi
atención por esa misma época, es posible que actualmente ya no escuchara
música. Porque a mí me parece que la gente que sigue con la música pop más
tiempo es la que se confía a muy tierna edad a alguien como Stewart, alguien
que era él mismo, claramente, un fan”.
I
Toda aquella belleza
abrazó el esfuerzo de miles de ojos vacíos,
susurró serena la música majestuosa del tiempo,
existió y, decepcionada, cesó en su ímpetu,
acabó desvanecida en las neuronas de unos pocos;
atrapada en una memoria malograda,
supo esperar desde su muerte
hasta que un desprevenido miembro de la estirpe
quiso acercarse al aroma del sol apaciguado
sobre el brillante temblor de un río
y comenzó a llorar.
Toda aquella belleza no fue inútil.
II
Serenata por una centuria redimida,
a la luz de una luna inglesa
brillante, pálidamente triunfal,
la que le susurra a nuestra alcoba
una melodía de adolescente delicadeza.
Serenata por el final de una era,
en la laxitud de una saeta:
nunca regresamos cuando nos vamos,
huir, avanzar, ser, dejar de estar,
el camino nos habla de lo que somos.
Serenata para tiempos de paz,
por cada paso que damos,
por todos los estremecimientos,
serenata por lo que seremos,
por lo que fuimos, por lo que descansa en nosotros.

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