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Confinamientos

Daban por las tardes El Conde de Montecristo en televisión. Después del cole. Salíamos de clase, llegábamos a casa. No recuerdo hacer tareas. Poníamos la tele y… Novela, que era una serie de esas de ahora, pero cuyos capítulos estaban rodados casi íntegramente en estudio, como Estudio 1, que era de obras de teatro. Aquellos días, aquellas tardes, ponían El Conde de Montecristo.

Recuerdo el mar y un castillo y rocas y un saco que cae al agua en el que va un hombre. Un hombre a quien acabo de ver o recordar muy barbudo, desaliñado, asqueroso. No necesito más.

Cada mechón de mi barba tiene el nombre de una mujer muerta, me ha quedado todo el tiempo del mundo para saborear sus recuerdos, los de las tardes vencidas de otoño, los que me ensartan en un futuro al que ya llegué mil veces, la memoria inhóspita de cuanto he sido capaz de olvidar. Me siento como si fuera un ser imaginario. Así me concibo hoy, perdido en las líneas leídas y escritas de un libro repleto de las mentiras que algunos necesitan para fingir que la realidad no es del todo cierta. Sólo echo de menos haber acariciado alguna vez a un perro que únicamente necesitara respirar, alimentarse… y mis caricias.

Desde el lóbrego islote de If, Edmundo Dantès podría declamar un párrafo de un cuento. Sin ir más lejos, un pequeño párrafo de este titulado ‘Confinamientos’. Podría…


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