Como al crítico cinematográfico Carlos Boyero cuando la
vio, a mí tampoco me desaparece la sonrisa durante la muy cabal hora y media que
dura Día de lluvia en Nueva York, la
película de 2019 del Gran Woody Allen, uno de
los pocos cineastas vivos prolíficos a quien siempre se puede admirar sin que
él haga con sus creaciones el más mínimo esfuerzo por que tú sientas que él
pretende maravillarte.
Porque “la vida corriente está bien para los que no pueden llegar a más”,
porque “el tiempo vuela, por desgracia, en clase turista”. Por cosas así, por
frases así, A Rainy Day in New York, tan brillantemente fotografiada por
otro gigante cineasta, Vittorio Storaro, está muy
bien interpretada por Timothée Chalamet, Elle Fanning y
Selena Gomez. También por unos divertidos Jude Law, Diego Luna y Liev
Schreiber y por una brillante Cherry Jones.
Hay una magia especial en la sencillez de las complejas vidas de personas
ricas que viven rodeadas de la incertidumbre ajena a la escasez, una incertidumbre
repleta de todo, de la nebulosa música de jazz, de la literatura excelsa y del
cine enrevesado de los cineastas con pretensiones de eternidad. Una magia que
no necesita más que unos simples pero artísticos noventa minutos para ser
contada por un contador de historias majestuoso, un ser humano a la altura de
quienes amamos el cine sin necesidad de adorarlo. Existe la magia de los ricos
y la magia de los pobres. Y la magia de la gente normal. El buen cine se hace a
base de alguna de esas magias, esta peli de Woody Allen es una
espléndida historia pequeña contada por un mago enorme.
Llueve en Nueva York, el amor no sabe nada, sólo se escabulle a lo largo
de hora y media mientras las gotas empapan la ciudad de Woody Allen.
Y ahora una persona a la que le gustó y se puso a explicarse y a
explicarnos por qué le entusiasmó tanto esta gozosa obra de arte, y otras dos a
las que no les gustó la película y se pusieron a explicarse y a explicarnos por
qué les trastornó tanto lo que para ellos es una birria…
"Allen
sigue a lo suyo, imperturbable, obstinado, inmortal (…) Dibuja un autorretrato:
un sujeto que permanece suspendido en el pasado y que atiende más a imaginarios
pretéritos que a vivencias presentes (…) Aunque es el 'alter ego' de un
cineasta que parece embalsamado, atrapado por unos modos fílmicos que han
dejado de ser personales para convertirse en burocráticos".
Miguel
Ángel Palomo: FilmAffinity
"Allen
recicla varios clichés propios para tejer un relato que ni explora su potencial
melancólico lo suficiente para funcionar como drama ni contiene una cantidad
mínima de chistes buenos para hacerlo como comedia”.
Nando Salvá: El Periódico
"Otra
película olvidable de Woody Allen (...) refríe una plétora de clichés
allenianos. (...) lastrada por todos los esbozos de chistes metidos con
calzador en un relato que por lo demás rezuma melancolía y oscuridad”.
Alejandro Alegré: El Confidencial


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