A los siete telediarios que le quedan al
planeta (Tierra, al planeta Tierra, no al premio) no les vendrían mal un poco
más de fino odio: ese que verter en Rosalía Thunberg o en Greta la Cantaora,
ese que debería recordarnos que cuanto no comprendemos no merece nuestro desprecio
sino una nueva devoción a esa poquedad nuestra que lejos de conmovernos nos
mantiene atados al mástil de la estulticia cargada de argumentos, de malos
argumentos, de viejos argumentos, de los argumentos de las malas películas que
jamás supimos comprender. Ni falta que nos hace.
Llevo días, pocos, esperando a que
alguien lance alguna brutalidad humanoide respecto del héroe inmigrante y
sin papeles que ha salvado la vida de una persona impedida. Impedido el uno,
impedido el otro. Repletémonos de odio, finjamos tener miedo, seamos
ancestrales causas de los primates parlantes a los que de entre los más idiotas
tienen ya millones de acólitos. Y sus amigos a los que no les extraña que
cuando todo va mal afloren los peores males y no las mejores bienhechuras. Tanto
les deja de extrañar que pareciera que se alegraran. Que buena falta les hace.
Todo por no hablar de los etarras que no
van a los ignominiosos lugares públicos donde les invocan, donde les convocan,
a arrepentirse. El arrepentimiento de los sangrientos sin el cual toda
su presencia sigue siendo un vómito sobre la auténtica dignidad de los humanos
para los que el odio es un negro esplendor odioso.


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