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Un viaje a través de la Historia (capítulo quinto... y último)


En el siglo XX se producirá una reacción en toda regla frente al positivismo y una crítica progresiva a dos conceptos que parecían haberse asentado en la disciplina histórica para siempre: el concepto de progreso y el concepto de objetividad. No obstante, primeramente, tendrá lugar en aquel siglo el desarrollo de la sociología, y lo hará, en palabras de los historiadores Jaume Aurell y Peter Burke, “como el campo privilegiado de la integración de las ciencias sociales”, de tal manera que con ella se abría una nueva era que representó el aparente final del dominio de la historia narrativa. Escriben el español Aurell y el británico Burke:

“[En el siglo XX tiene lugar] la implantación de una Historia donde se priorizan los fenómenos sociales por encima de los políticos y biográficos, que es capaz de articular eficazmente el discurso teórico junto al empírico.”

Los principales representantes de esa sociología dominante fueron el francés Émile Durkheim y el alemán Max Weber. Aquellas ideas y sus afanes sintetizadores cuajarían en la llamada escuela de Annales y en el desarrollo del materialismo histórico.
Herederos de la renovación historiográfica llevada a cabo por el pensador e historiador francés Henri Berr y el historiador belga Henri Pirenne, los historiadores franceses Lucien Febvre y Marc Bloch, que decía de la Historia que es “la ciencia de los hombres en el tiempo”, fundaron en el año 1929 la revista Annales d’Histoire Économique et Sociale (publicación que modificará su nombre en dos ocasiones, en 1945 y en 1991, pero conservando siempre, identificativa, la palabra por la que el movimiento historiográfico que albergó en sus inicios es conocido), con la intención rematada con éxito de ser una alternativa a la Historia dominante por aquel entonces, superando el mero enfoque político, militar y diplomático por medio del uso decidido de la sociología, la economía, la geografía y la lingüística o la arqueología, y ampliando el uso de las fuentes desde el documento historicista, esto es, las fuentes escritas, hasta aquello que Febvre definió magistralmente como “todo lo que siendo del hombre depende del hombre, sirve al hombre, expresa al hombre.”


[...]

Por su parte, el éxito del materialismo histórico de raíz marxista debe mucho a los historiadores marxistas británicos que desde la segunda mitad de la década de los años 40 del siglo XX desarrollaron su extraordinario potencial historiográfico. Conviene decir ahora unas pocas palabras sobre la influencia del marxismo. Empiezo por esto: fue mínima su influencia sobre la profesión histórica hasta que con la Gran Guerra se dio la primera quiebra de la ideología del progreso y la razón y, sobre todo, hasta que tuvo lugar el triunfo de la revolución bolchevique en la Rusia zarista. Ellos, los historiadores marxistas británicos, tuvieron su propia Annales, fundada en 1952 y de nombre Past and Present. Ellos son Maurice Herbert Dobb, economista y experto por tanto en la Historia económica; el arqueólogo Vere Gordon Childe; el medievalista Rodney Hilton; Christopher Hill, modernista; y el más famoso de todos a la larga, el especialista en la Edad Contemporánea Eric J. Hobsbawm. Frente al escolasticismo marxista habitual de los historiadores marxistas franceses o frente a la misma escuela de Annales, los británicos no rechazaron escribir una Historia social (heredera del positivismo del siglo XIX y del materialismo histórico) atenta por igual a lo que Hobsbawm llamó microcosmos y macrocosmos, es decir, a los enfoques estructurales o a los estudios de los acontecimientos. Otro de los historiadores marxistas británicos de la segunda mitad del siglo XX destacados es Edward Palmer Thompson, autor de una joya historiográfica donde logró superar el inoperante estructuralismo de muchos historiadores adoradores del materialismo histórico a base de materialismo histórico labrado “en contextos sociales y culturales forjados en la propia experiencia histórica y práctica laboral y política de los respectivos grupos de la sociedad”, tal y como ha dicho de él Moradiellos: The making of the English working class (La formación de la clase obrera en Inglaterra), aparecida en 1963.

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La Historia social de la escuela de Annales y el materialismo histórico acabaron superados desde que a partir de la década de 1970 los posmodernistas vinieran a trastornarlo todo.
El posmodernismo es una confluencia de corrientes de pensamiento nacidas para enfrentarse a lo moderno, entendido como lo propio de la cultura de las sociedades industriales, aquello que admira con embeleso a la razón y que se sostiene con total convicción gracias a su creencia indiscutible en que el progreso es la línea que hila el pasado, el presente y el futuro de los seres humanos.

La posmodernidad, que puso en solfa el mismísimo sentido de un concepto capital de la disciplina histórica, el de verdad, pareció haber venido a demoler el edificio de la Historia que venía fraguándose desde la Antigüedad en Occidente y que era inherente a la propia modernidad del ser humano desde que a partir del Renacimiento éste se considerara a sí mismo el centro de todas las cosas. Pero había un problema. Los posmodernistas habían creado un mundo que muchos historiadores clásicos consideraron más propio del postureo que de las posturas ciertas del pensamiento humano. La defensa que los historiadores pata negra hicieron de su oficio es que el posmodernismo ha degenerado, en palabras de Aurell y Burke, “en un escepticismo paralizante o en un relativismo con un fin incierto”. A eso hay que añadir que el posmodernismo historiográfico prácticamente carece, a decir de sus denostadores (para quienes los posmodernistas expresan una mera actitud teórica), de referentes en la práctica, carece de auténticas obras de Historia no teórica, sino verdadera, en la que se estudie el pasado.

Pero eso, eso es ya otra Historia, porque, como escribiera a principios de este siglo XXI Juan José Carreras en una de sus magistrales lecciones sobre la Historia:

“La idea o ilusión que confortaba a todos los historiadores hasta hace poco era el principio de realidad, la confianza de que allí afuera, fuera de los textos o de las fuentes, había algo, y de lo que se trataba era de lograr el modo y manera de asegurar la veracidad de la narración que reflejaba o daba cuenta de aquello”.



Este texto pertenece al artículo ‘La historia de la Historia (toma cinco)’, publicado el 20 de octubre de 2019 en Periodistas en Español, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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