El escritor británico Martin
Amis publicó su primera novela en 1973, a los veinticuatro años. Se
titulaba El libro de Rachel y yo la acabo de leer en este verano español
de 2019.
Charles Highway, su protagonista, un jovencísimo escritor en
ciernes que nos cuenta su llegada a los veinte años de edad, que nos relata el apesadumbrado
y festivo final de su teenagerismo, apunta pronto la
dirección, el enfoque, del libro: sí, otra novela sobre escribir y vivir, sobre
la vida y la escritura. ¿Otra? Y digo que apunta
pronto porque en la página 5 de la novela nos dice (sabiamente):
“Ay, qué pobres resultan las palabras”.
Sin exclamaciones. Solas. Las palabras.
El protagonista de El
libro de Rachel escribía lo que leemos en El libro de Rachel cuando “se les tenía más respeto a mis
tristezas”.
Es londinense la novela, una de mis especialidades recientes
según se ve (McEwan, Hornby, Amis, Coetzee…, a quienes acabo de leer novelas
suyas que transcurren en Londres). Y
de la capital inglesa, británica, nos dice Charles Highway:
“Londres
es la ciudad a la que va la gente a fin de regresar más triste y más sabia”.
La ficción y la realidad, nuevamente, se anudan en El libro de Rachel para crear esa lacustre verdad que son muchas
veces las novelas, de tal manera que le leemos al joven Highway, un escritor
sin obra publicada, decir que… “mi imaginación es una canoa sin piloto que
cabecea alocadamente por unos rápidos inexistentes”.
¿Qué es escribir? ¿Qué es la literatura? Las vivencias a
veces descacharrantes del protagonista del debut de Martin Amis cobran una
intensidad distinta, diferida, ¿literaria?, cuando el oficio narrativo se hace
presente, ese oficio que su protagonista ejerce de forma aficionada aún, pero
con visos de profesionalidad no disimulados:
“Era
como si fuese incapaz de utilizar palabras sin convertir los sentimientos en
estilo”.
La poesía, el arte en general de William Blake cobra una gran importancia a lo largo de buena parte
de El libro de Rachel y el narrador
(Amis y el protagonista) reproduce algunos de sus versos:
“Sólo
la propia satisfacción busca el amor,
Forzar al otro
para propio disfrute,
Gozar de la inquietud del otro,
Y construir un Infierno a pesar del Paraíso.
No es la propia satisfacción lo que busca el amor,
Ni en absoluto se preocupa de sí,
Sino que por el otro se inquieta
Y
construye un Paraíso en la desesperación del Infierno”.
El meollo narrativo de la novela es el cumplir veinte años
del protagonista, ese pasar suyo de ser
un teenager a no serlo, y en la
inmediata antesala de esa transformación,
su novia, sí, Rachel, le dice:
“El
comienzo del fin. El comienzo de la responsabilidad. De tener que tomarte a ti
mismo en serio”.
Nada mejor que leerle a él, a Charles Highway (“ay, mi
juventud”) para que sepamos qué tipo de
persona es (qué tipo de personaje):
“¿Yo?
Yo soy un tipo tortuoso, calculador, obsesionado por sí mismo. De hecho, casi
un demente […]
Así
que tengo 19 años y generalmente no sé lo que me hago […], no me gusto a mí
mismo y observo con burlona sonrisa este mundo más feo y menos inteligente que
yo”.
Las relaciones de pareja,
las primeras, vertebran la obra, unas relaciones que sentimos, sabemos,
aposentadas, cuando el protagonista le dice a ella, le puede decir a ella:
“¡Tú… también
cagas!”
Dejemos a Highway a punto de entrar en sus 20 años y en la
universidad, donde recibe en los prolegómenos este consejo literario:
“Deje
de leer libros de crítica y olvídese por Dios de todas esas paparruchas
estructuralistas. Limítese a leer los poemas y averigüe si le gustan o no, y
por qué".
Sí, Amis-Highway, lo mejor es buscar qué hay en nuestro
interior que nos hace disfrutar de unas lecturas, amarlas incluso, y huir de
otras, evitarlas. Leer, con ayuda, con la autoridad del sabio cerca, nunca
omnipresente: leer, siempre… pero sin consignas.



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