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Sencillamente, simplemente

Se mira el cordón de la zapatilla, forrada del barrillo del lugar. Está bien atada. Firme en su presencia ausente. Ahora le cae una gota. Su sudor. No puede calcular cuánto tiempo lleva ahí, como era incapaz de saber las horas transcurridas en la plaza de su barrio donde esquivaba árboles, columpios y amigos y hasta bordillos de acera en pos de la portería sin postes, hecha de abrigos distanciados.

Se pasa la mano por la frente húmeda y caliente, fregada por el flequillo encharcado, y sonríe, una de esas sonrisas estúpidas sin las que no sería capaz de seguir en pie. Sin las que nadie podría seguir en pie.

Se ata el cordón del pie derecho, el de la zapatilla que antes no veía porque se había concentrado en la otra, la que parece más blanca pese al marrón que la salpica y la esconde. Y se lo ata con una lazada simple, firme pero sencilla, sin dobleces, como es él. Sencillamente Nadal.

Nos mira aunque es imposible que nos vea, pero sabe que estamos aquí, asombrados de que siga corriendo, siga luchando y siga luciendo sus maneras de gladiador justo y preciso, de gladiador convencido de ser el mejor gladiador que se puede ser, combativo y enérgico, leal y espléndido.

Vuelve a detenerse, sigue en pie, y nosotros sí sabemos que lleva cuatro horas, y doce minutos, sobre la arena, deslizando su musculatura de héroe sin un mal gesto, recio y reacio a los desaires de algunos de sus movimientos, a veces más lentos de lo que debieran.

Está rodeado de personas que como los que estamos aquí, al otro lado, le observan con admiración, nunca con pánico, muchas veces con un cansancio que quieren más que compartir con él arrebatárselo, darle así el viento que necesita su espalda y requieren sus brazos demoledores para asistir a cada reto.

Se estremece levemente al pensar que la fatiga debe de estar a punto de llegar a su sangre, porque él lo sabe. Lo presiente más bien. Y se acuerda levemente de la primera vez que se vio a sí mismo llorar en un parque infantil, cuando la sombra de un niño que debía de ser el doble de grande que él aun le asustaba ahí clavada en el suelo lleno de colillas.

Se detiene un segundo antes de pisar algo que no sabe muy bien qué es. Cómo ha llegado hasta aquí esto, se pregunta al mismo tiempo que se dispone a atender al gigantón que tiene en frente y que le mira desde unos ojos coléricos y como de autómata bestial. No sabremos nunca qué es lo que ha estado a punto de pisar. El proyectil viene a una velocidad que hace ruido y casi no dispone de los reflejos suficientes para…

Se ríe, no sabe por qué ni cómo, pero se ríe. Más con una mueca divertida que con los labios habituales de las risas. Una mueca de animal adorable y temible. La mueca de un oso hambriento. Simplemente Rafa.

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