Para el autor de España 1808-1975, la historia [el pasado, recuerda] “es algo gris, confuso, sin delimitaciones exactas, todo entremezclado y sin muchas líneas divisorias”. Lo que llevó a otro historiador británico, Richard Gott, a decir al hablar de aquella obra de Raymond Carr, que en ella la Historia [el oficio] era concebida “como una maldita cosa detrás de otra”.
Todo esto lo he aprendido en un magnífico libro, el que la historiadora española María Jesús González dedicó a la vida de Raymond Carr (que llevaba el significativo subtítulo de “La curiosidad del zorro. Una biografía”, porque entre el erizo que tiene una visión “única y globalizadora”, y el zorro y sus “percepciones múltiples confusas (y aun conflictivas”, Carr prefería al zorro, sobre cuya caza, por cierto escribiría él mismo una obra), y que acababa así:
“Todo el mundo dice que es muy afortunado”.
El libro había sido publicado en 2010. Carr falleció cinco años más tarde, pero parece que sí, que los historiadores hemos sido muy afortunados por haberle tenido como maestro, aunque sólo sea porque considerándose un zorro, en el fondo era capaz de admitir que “sin las generalizaciones del erizo (sobre la lucha de clases, sobre todo), los pobres zorros” como él estarían “condenados a una especie de puntillismo intelectual, sin dibujo general”.
Raymond Carr “seguía pensando —nos informa su biógrafa— que la novela daba vida y calor, carne a los huesos fríos de la estadística y la Historia”. Es decir, el insigne historiador no achacaba a los responsables de escribir una historia cultural los mismos males que a los posmodernistas en general, sino que más bien, creía, como el historiador español Jaume Vicens Vives, que…
“Poetas y novelistas pueden esclarecer en un instante repliegues íntimos donde jamás podrá llegar el microscopio mejor montado”.
Este texto pertenece a mi artículo titulado
'Carr, Raymond Carr' y publicado el
29 de enero de 2018 en Nueva Tribuna,
que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.


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