La película El Reino
y el libro La
corrupción política en la España contemporánea. Un enfoque interdisciplinar (dirigido por
Borja de Riquer, Joan Lluís Pérez Francesch, Gemma Rubí, Lluís Ferran Toledano
y Oriol Luján y publicado por Marcial Pons) son
dos de las grandes aportaciones culturales de 2018, una cinematográfica y otra
del campo de la Historia, a la necesidad que la sociedad civil española tiene
de saber qué es exactamente eso a lo que llamamos corrupción política. Cada una en su ámbito.
Parece haber demasiadas evidencias de que la sociedad civil
española es
corrupta en líneas generales, debido a que no es una sociedad integrada, ni
cohesiva ni socialmente equilibrada. O no lo es lo suficiente.
En mi reseña de La corrupción política en la España contemporánea… pude escribir que “la corrupción política
se ha ido adaptando a los nuevos tiempos españoles, a la nueva legalidad, ya
con la democracia definitivamente asentada. Su alto grado se debe a dos
factores, según De Riquer, Rubí y Toledano: por un lado, “a una administración
a veces propicia a los trapicheos” (sic) y, por otro, a determinadas “herencias
sociales del pasado, como la existencia de sectores del empresariado demasiado
acostumbrado a comprar favores” que se beneficia de la existencia del elevado
gasto público propio de la financiación del Estado del bienestar. El llamado umbral
de tolerancia social, en cualquier caso, parece estar aún muy alto en
España, pese a que su censura moral es la principal causa de la creciente
desafección hacia el sistema democrático y la credibilidad de los partidos
políticos. Es lo que se viene llamando la
captura del Estado por parte de los más poderosos grupos económicos: “los
grandes contribuyentes, los suministradores y empleados del Estado (sic) y los
tenedores de deuda pública” (según el catedrático Francisco Comín).
En cuanto al notable film magníficamente dirigido por Rodrigo
Sorogoyen (que obutvo como mejor director uno de los siete Premios Goya que obtuvo la película), una de las mejores películas españolas según dicen del año pasado, es
una muestra apabullante de cine político, de thriller sin armas ni psicópatas
(memorable la escena en la que el protagonista consigue llevarse de una casa lo
que anda buscando pese a la no muy aguerrida resistencia de sus esporádicos
inquilinos), una elaborada obra de arte con una puesta en escena perfecta en la
que destaca no sólo la manera de filmar de su notable principal responsable
sino las excelentes interpretaciones de todo su elenco de actores, encabezados
desde una cima tan alta como acostumbra por el afortunadamente prolífico
Antonio de la Torre (Goya al Mejor Actor, como Luis Zahera se alzó con el de Mejor Actor de Reparto por su singular actuación).
Una película sobre el poder que consigue plenamente su
objetivo, siempre y cuando, claro está, su objetivo no sea pretender acabar con
la lacra mayor de la democracia occidental. De la democracia española, al
menos.
Gracias a películas como El
Reino, escrita por el propio Sorogoyen e Isabel Peña (también premiados con el Goya por ello), ya no se puede decir
que a los cineastas españoles sólo les importan las películas cómicas sin
gracia o sobre la Guerra Civil, una estupidez como otra
cualquiera que de tan repetida sólo habla de la estulticia de algunos
pretendidos analistas del cine que se viene haciendo desde hace tantas décadas
en España.
El Reino es
sí un poco casi una película de terror. No sé si me explico. En la que no sólo
algún partido político demasiado significativo y significado sale muy mal
parado sino también, y precisamente por ser parte de esa situación que denuncia
con la boca pequeña, algún medio de comunicación asimismo muy significativo y
significado.


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