Lo primero y tal vez lo más necesario que se debe hacer con
el Valle de los Caídos es explicar con claridad lo que es y lo que representa.
Veamos. Por ser la ostentosa tumba del Caudillo y la de José
Antonio Primo de Rivera; por sus dimensiones arquitectónicas y significación
política, el Valle de los Caídos es, sin duda, el monumento público más
representativo de la memoria franquista.
El dictador escogió el emplazamiento de la madrileña peña de
Cuelgamuros en la sierra de Guadarrama, pero es dudoso que alumbrase la idea de
utilizar los presos rojos, que
llenaban cárceles y campos de concentración, como mano de obra gratuita para su
fúnebre empresa. La decisión brotó de manera natural de la doctrina del padre jesuita Pérez del Pulgar, miembro
del Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo y cerebro del insólito
sistema penitenciario que de él emanó: “el mejor exponente del espíritu en que
se inspiró la Cruzada”.
Su objetivo era tratar de “arrancar de los presos y de sus
familiares el veneno de las ideas de odio y antipatria” para devolverles a la
sociedad sin poner en peligro “la victoria alcanzada a costa de tanto
sacrificio”. Los hombres y mujeres que se acogieron al sistema de redención de
penas por el trabajo se dejaron la piel en minas, túneles, pantanos, edificios
públicos… para reducir sus condenas carcelarias. En su inmensa mayoría eran
republicanos de diversas tendencias, es decir, “enemigos” del régimen franquista
(recordemos que la guerra terminó oficialmente en 1939) que necesitaban, en
opinión de sus verdugos, ser humillados a diario.
Este texto pertenece al artículo ‘¿Qué hacer con el Valle de
los Caídos?’, escrito por el historiador José Antonio Vidal Castaño, publicado
el 30 de junio de 2014 en Anatomía de la
Historia y que puedes leer completo en este ENLACE.

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