ASÍ DEBERÍA DE HABER EMPEZADO, ASÍ EMPIEZA, ASÍ EMPEZÓ, LA NOVELA QUE mi amiga la escritora Marisa Bou y yo comenzamos a escribir hace unos pocos años.
Se iba a llamar, se llama, se llamó, ¿se llamará? Pedro y Vilma. Ahora es suya, de Marisa.
CAPÍTULO UNO
I
En la placa dorada que está clavada o pegada −no sé bien−
junto a mi puerta puede leerse, en letras grandes y convenientemente realzadas y
mayúsculas: MANUEL ENCINAS CUBERO; más abajo, en un tamaño algo menor, y ya casi
todo en minúsculas: Doctor en Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento. Si
llaman ustedes al timbre que está justo debajo, les abrirá la puerta una joven
rubia, despampanante, luciendo una encantadora sonrisa y un bonito, corto y
ajustado uniforme de enfermera. No lo es. Y contengan ustedes cualquier impulso
de piropearla, porque es mi mujer. No tenemos hijos y es muy celosa, de manera
que no quiere perderme de vista ni un momento. Cosa absolutamente innecesaria,
porque yo soy un profesional y un marido fiel, y −aunque mis clientes son, en
su mayoría del sexo femenino− sería del todo incapaz de comportarme con ellas
de un modo improcedente.
Por lo general disfruto con mi trabajo. Aunque a veces puede
resultar aburrido: algún paciente hipocondríaco que me cuenta problemas, que no
tiene, porque quiere que le diagnostique enfermedades raras de las que poder
presumir con sus amigos. Cuando me llega alguno de éstos suelo tumbarlo en el
sofá y poner mi silla algo retrasada, para que no me vea dar cabezadas. Habla y
habla y −de tanto en tanto− yo digo un ahá,
un hummm, o un claro, claro, y le dejo explayarse. Al fin y al cabo cobro por
horas. Bueno no, suelo tenerlos media hora, pero a éste, si lo despachara tan
pronto buscaría otro profesional con más aguante y, la verdad, con lo que le
cobro tengo cubiertos, al menos, los gastos de mantenimiento de la consulta.
Lo más habitual es que sean pacientes estresados por su
ritmo de vida o, por el contrario, deprimidos por falta de aliciente en las
suyas. A éstos, sólo tengo que extenderles una receta y volver a citarles para
cuando el medicamento se les haya acabado: si han mejorado, los mantengo un
poco más en tratamiento y suelen salir hechos unos pimpollos, recuperada su
normalidad hasta donde esto sea posible. Y a los que no mejoran con los
fármacos los envío a una clínica de reposo o les recomiendo deportes de algo
riesgo, según los casos. Todos ellos tienen buenas finanzas y pueden
permitírselo.
Lo chocante fue lo que me ocurrió hace un par de meses: se
presentó en mi consulta (previa cita, claro, mi agenda está hasta los topes)
una parejita que, ya de entrada, me produjo muy buena impresión. Él estaba muy
serio, no podía estar quieto en el asiento y echaba chispas mirándola a ella de
reojo, y ella… ella estaba adorable, con su carita enfurruñada y los brazos
cruzados enérgicamente sobre el pecho, o más bien por debajo de los pechos, con
lo que hacía que sobresalieran graciosamente por el borde de su escote. Se
atropellaban los dos al hablar, de tal modo que armaban un barullo que no me
permitía enterarme de nada de lo que decían, o pretendían decir. Puse freno a
sus impulsos y −tal vez por solidaridad masculina− le di la palabra a él,
rogándole a la encantadora dama que aguardara a que yo le diera su turno.
Él carraspeó, como limpiando de flemas su laringe, y comenzó
a hablar en un tono profesoral, con la voz impostada pero con calma, como maestro
dirigiéndose a sus alumnos: porque eso es lo que era, un profesor de Historia en
un instituto renombrado de la ciudad. La lección magistral que pretendía darme
empezó a definirse como la típica novela de un amor que, aunque muy intenso,
sufría de altibajos que los dejaba, día sí, día no, al borde de la separación.
Pretendo compartir con ustedes esta historia, porque no
puedo negar que me fascinó desde el primer momento. Espero que a ustedes les
parezca una pareja tan singular como me lo pareció a mí. De hecho, han cambiado
mi vida. Creo que ahora, si no mejor siquiatra, al menos soy mejor persona que
antes, por influencia de mis nuevos amigos, que es en lo que se han convertido.
Pero voy a dejar que sean ellos, con sus propias voces, los que cuenten esta historia.
No es que tenga nada de especial. Lo especial consiste, precisamente, en que
son una pareja normal, que lo único que pretenden es adaptar los diferentes
ritmos de sus vidas, para evitar los conflictos que les asaltan por cualquier
cosa. Les dejo con Pedro y Vilma.
No se rían, por favor. No son los Picapiedra. Son
casualidades, que se dan más veces de lo que ustedes puedan pensar. Tal vez la
madre de Vilma le puso ese nombre por ser fan de la famosa serie de dibujos
animados, pero que se casara con Pedro fue cosa del destino.
[ahora la puedes leer por entregas 'completa', aquí]
[ahora la puedes leer por entregas 'completa', aquí]
La acabé de escribir hace tiempo. Pero me pasa como a tí, que no tenemos ni editores molones ni agentes literarios (¿existe eso). Si quieres, la vamos publicando aquí por capítulos. Porque aunque en un momento dado me la regalaste, he conservado el tono de Pedro en toda la novela, como si la hubieras escrito tú. Así que, podemos compartir el mérito (o el demérito, a saber...)
ResponderEliminarVamos a hacer una cosa: lo proponemos en Facebook y, luego si eso, pues ya vamos viendo. Que es como decir... Vale.
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