He quedado verdaderamente impresionado tras la lectura del libro Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), escrito por la historiadora española Carmen Guillén y publicado en 2026. Impresionado por su calidad historiográfica, por tanto, por su magnífica literatura (sin una correcta expresividad literaria la Historia no sirve para gran cosa), y por su valor, su indudable valía, social, civil. Estamos ante una obra perdurable, imprescindible para apuntalar cuanto sabemos sobre el franquismo y cuanto sabemos sobre el desprecio y maltrato con que se ha tratado en líneas generales a las mujeres que no cumplían los requisitos inmarcesibles marcados por el poder y las convenciones sociales dominadas por él.
El franquismo no inventó el control sobre las mujeres, pero sí “lo sistematizó y lo convirtió en política de Estado”.
Que hasta hace relativamente poco el
Patronato de Protección a la Mujer estuviera fuera del foco de cuantos
estudiábamos el franquismo es muy llamativo.
“Había algo en
aquella falta de información que parecía deliberado, una especie de borrado
institucional que había conseguido dejar fuera de la narrativa oficial a miles
de mujeres”.
Guillén nos muestra a lo largo de su
libro que el Patronato “encarna con claridad esa producción de ignorancia
estructural: una institución que funcionó durante más de cuarenta años y, sin
embargo, desapareció casi por completo del relato histórico y de la memoria
colectiva”. Y que esa no fue “una ausencia inocente, sino una consecuencia
directa de la forma en que se construyó el discurso sobre franquismo y de la
Transición”.
Conviene dejar claro desde el
principio que aquella institución fue “un entramado de represión,
adoctrinamiento, encierro, trabajos forzados y robo de bebés, vigente hasta
1985”.
Surgió en “una sociedad forjada por
el miedo, la culpa y la vigilancia mutua”, la del primer franquismo;
“una sociedad donde la represión estaba incrustada en la vida cotidiana, […] donde
ser mujer significaba caminar sobre un suelo minado de normas invisibles”.
“Esto
con Franco sí pasaba: violencia, fusilamientos, penas de
cárcel, incautaciones, exilio forzado, depuración de funcionarios y niños
arrancados de sus madres. Estas fueron solo algunas de las muchas formas que
adoptó la represión franquista para perpetuarse en el poder y eliminar
cualquier disidencia. Y fue en ese caldo de cultivo, de miedo y
obediencia, donde germinó una institución como el Patronato de Protección a la
Mujer”.
[…]
¿Qué era ser mujer en la
España franquista? Guillén nos lo explica. Era ser educada
en la culpa, en la moral sexual definida por la Iglesia católica, en la
represión del deseo “avalada por la ciencia” y sufrir “la maternidad como
mandato y la desigualdad consagrada por ley”.
El interesante recorrido histórico
que la autora hace por aquella institución nacida en 1941 (aunque ya existía
con ese nombre desde 1931, con la Segunda República ya establecida) vertebra
buena parte del libro y es esencial, por supuesto, pero siendo lo esencial no
es verdaderamente lo más importante de este obra pues lo que destaca en ella
poderosamente es esa muestra de cómo el sometimiento de la mujer fue un eje
vertebrador del franquismo en tanto que voluntarioso heredero del dominio
ejercido por quienes se amparaban en el poder, en la violencia, en definitiva,
para someter a toda una población amordazada, anestesiada.
“Cualquier mujer
podía enfrentarse al encierro, a la reeducación forzosa y a la anulación de su
identidad como castigo por desafiar las normas establecidas. Lo que comenzó
como un sistema de vigilancia sobre un grupo concreto terminó por convertirse
en una compleja red de instituciones en la que la población femenina estuvo
sometida a un sistema completamente arbitrario de encierro”.
Pecado y crimen. Se fusionaron a
manos con la moral como estandarte. La moral de lo que había aupado a
Franco a su dictadura, que “hizo posible un entramado de persecuciones sin
necesidad de pruebas, detenciones sin delitos y reclusiones sin juicio”. Sin
acusaciones concretas, todo justificado por esa característica amplitud del
concepto inmoralidad que permite que cualquier actitud sea interpretada
como peligrosa.
“¿Era un delito
asistir a un baile? ¿O maquillarse demasiado? ¿Caminar sola de noche? ¿Suspirar
mucho por los hombres? No en los términos legales tradicionales, pero sí en el
código moral que el franquismo impuso: lo que no podía juzgarse en un tribunal,
podía condenarse en nombre del orden público”.
La inmoralidad “fue el elemento que
dio sentido al Patronato de Protección a la Mujer, la pieza que desencadenaba
la denuncia de una joven, el factor que determinaba su ingreso en el centro y
la clave para decidir el tiempo y las condiciones de su internamiento”. Semejante
proceso, a la par que “transformaba la moralidad en delito”, le facilitaba al
régimen “una herramienta poderosa para intervenir en la esfera íntima de la
población femenina”. Semejante arbitrariedad “permitió que el criterio de unos
pocos definiera el destino de miles de mujeres: bastaba con un gesto
malinterpretado o un rumor infundado para alterar el curso de una vida”.
Hay un párrafo en el que Carmen
Guillén sintetiza perfectamente el contenido de su libro en tanto que historia
del Patronato (presidido de forma honorífica por Carmen Polo de Franco, la
esposa del dictador, y de manera efectiva por el ministro de Justicia de
turno). Es éste:
“El Patronato de
Protección a la Mujer fue una de las instituciones represivas más longevas y,
al mismo tiempo, menos conocidas del franquismo. Bajo la apariencia de una
organización de caridad, el régimen articuló un complejo sistema de control
dirigido específicamente a las mujeres. La idea de «protección» encubría en
realidad un sistema carcelario que combinaba trabajo forzado y oración como
medios para redimir, y disciplina y castigo como herramientas para adoctrinar.
Miles de mujeres –prostitutas, madres solteras, huérfanas o simplemente jóvenes
consideradas rebeldes– fueron detenidas y recluidas en un sistema que, lejos de
protegerlas, las condenaba a una vida marcada por la humillación y el
sometimiento”.
Atención, es muy importante esta
matización respecto de sobre qué o quiénes recaía el éxito del Patronato, pues
éste no se debía únicamente a su estructura institucional o al poder que le
daba el régimen franquista: “el verdadero motor de su eficacia fue la
complicidad social, que permitió que el control sobre la vida de las
mujeres se ejerciera de manera continua y omnipresente”.
Ese poder que le otorgaba la
dictadura de Franco “quedaba reflejado en su capacidad para retener a las
internas incluso en contra de su voluntad o de la de sus tutores legales”.
Resulta espeluznante que un régimen de por sí ajeno a las normas de cualquier
Estado de Derecho además se permitiera estos secuestros
extrajudiciales que solamente cesaban cuando el propio Patronato (su junta,
a instancia o no de las religiosas custodias) lo considerara oportuno. Las
garantías procesales brillaban por su ausencia.
En realidad, esa práctica de “apartar
a las mujeres del vicio y reconducirlas al camino de la virtud” era algo que ya
desde el siglo XVII venían haciendo distintas comunidades católicas. En el XIX
fueron creadas “las dos grandes congregaciones que, décadas después, marcarían
la línea de actuación del Patronato: las Adoratrices del Santísimo
Sacramento y de la Caridad y las Oblatas del Santísimo Redentor”.
“A medida que el
patronato fue creciendo en medios y competencias, las congregaciones
religiosas se consolidaron como el verdadero motor de su estructura
asistencial. No se limitaron a ofrecer apoyo logístico o espiritual y asumieron
también el control directo de la mayoría de los centros –especialmente,
reformatorios y maternidades–, marcando profundamente el modelo de
intervención. En esta alianza entre Estado e Iglesia, se articuló una profunda
distorsión del concepto de protección, que fue desplazándose hacia una lógica
de encierro y disciplina”.
Las congregaciones religiosas fueron
la pieza central “que sostenía y daba
sentido a toda la arquitectura institucional” del Patronato.
¿Cuándo desapareció el
Patronato de Protección a la Mujer? Malas noticias, no cesó
con la muerte de Franco… Las monjas siguieron siendo durante años, sí, según la
costumbre, “las guardianas de la moral femenina”.
“La misma
arquitectura de control que había gobernado los cuerpos y las conductas de las
mujeres españolas desde 1941 continuó ajena al paso del tiempo. En aquel
momento, la institución gestionaba cerca de 140 centros repartidos por todo el
país y solo en Madrid mantenía a 424 mujeres internadas en régimen de privación
de libertad”.
De hecho, por el Patronato habían
pasado como si nada aquellos “vientos de cambio que, a partir de los años
sesenta, habían comenzado a soplar en el país” y seguía “anclado en sus
esquemas morales, ajeno a la modernización que poco a poco empezaba a transformar”
España.
Ya finalizada la mismísima
Transición, la paulatina acumulación de “presiones sociales, políticas y
mediáticas acabó precipitando su caída”. Entre los años 1983 y 1986 las recién
creadas comunidades autónomas fueron progresivamente recibiendo entre las transferencias
administrativas las del Patronato. Y…
“El golpe
definitivo llegó con la Ley de Presupuestos Generales del Estado de 1984. En su
Título VII, dedicado a la reordenación del sector público, se incluía la
supresión de varios organismos autónomos; entre ellos, en el artículo 85.2, se
mencionaba expresamente al Patronato de Protección a la Mujer. La desaparición
formal se haría efectiva poco después, mediante el Real Decreto firmado el 1
de agosto de 1985, que cumplía con lo dispuesto en la ley presupuestaria
del año anterior”.
[…]
Tenemos que saber, y no deberíamos
olvidar, que el Patronato del Protección a la Mujer “destruyó la vida de
muchas internas al mantenerlas aisladas del mundo exterior durante años,
impidiéndoles desarrollarse personal, social y profesionalmente. El régimen de
reclusión no solo limitaba sus libertades, sino que también las desconectaba
por completo de la sociedad, privándolas de la posibilidad de formarse
académica y laboralmente”. Por eso resulta llamativo que a día de hoy esas
mujeres maltratadas estén excluidas de las políticas públicas de memoria. No,
no aparecen en la Ley de Memoria Democrática, en vigor desde 2022. No se ha
cerrado por tanto la deuda que la democracia tiene con su pasado, como dice de
sí misma la propia ley cm objeto de su promulgación. Ojalá el libro de Carmen
Guillén ayude a poner fin a semejante injusticia.
“La historia no
es solo el registro del pasado a través de fechas y nombres, es el marco que
permite interpretar lo que somos. Nos ayuda a identificar las estructuras
que nos conforman y a reconocer los procesos que nos han traído hasta donde
estamos”.
Este texto pertenece a mi artículo ‘Cómo protegió el franquismo a la mujer’, publicado el 19 de junio de 2026 en Historia 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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