[Tu sonrisa sin temblar es el cuarto libro de Víctor Colden, publicado en 2022, y está lleno de canciones. Sigo con esas canciones.]
“Aquel otoño aprendí que todo termina
y que muchas veces sucede por sorpresa. Se separaban los Jam; no podía
ser, ¿pero cómo se iban a separar si apenas hacía un año que habíamos empezado
a escucharlos, prácticamente acababan de sacar The gift y no
dejábamos de cantar sus canciones. Dos semanas atrás, en la fiesta de
cumpleaños de López Tera, Mario y yo habíamos bailado Town called malice dando nuestros
famoso salto mod en cada estribillo. Fueron días de amargura y conmoción. Se
separan los Jam, me repetía a todas horas en voz baja, de casa al colegio y del
colegio a casa. Por primera vez comprendí una cosa de la que hasta entonces
solo me había llegado un pálido reflejo a través de algunos libros, que todo lo
que empezaba se acababa, que eso podía ocurrir en cualquier momento y que, a
veces, los finales no se producían tras una larga decadencia sino que podían
ser abruptos e inesperados. Esa tarde, busqué la cinta que me había grabado
Antonio hace unos días y la metí en el radiocasete. Las notas de la primera
canción sonaron melancólicas, miré en la cajita del título de la canción que
ahora escuchaba por segunda o tercera vez, The bitterest pill (i ever had
to swallow), y fui buscando las palabras en el pequeño diccionario
escolar de inglés: otra canción que hablaba de mí, de cómo me sentía; la
melodía fluía sin prisas mientras la voz del cantante modulaba las palabras
como conteniendo la emoción y, de repente, todo se precipitaba en dos o tres
segundos. Según Mario, había sido Paul Weller quien había decidido
ponerle fin al grupo. Releí su mensaje de despedida en la revista y subrayé en
ella una frase con el rotulador rojo: “lo que nosotros hemos construido tiene
un significado y para mí supone honestidad, pasión. energía y juventud; quiero
que permanezca así”. Yo no sabía si eso era posible pero intuí que las
canciones de los Jam, incluida esa de la píldora más amarga, aunque fuera muy
reciente, de hacía solo unos meses, pertenecían ya al pasado. Y darme cuenta de
que iba a pensarlo siempre, que volvería a ellas, siempre que sonaran con la
misma fuerza en el presente inacabable de cada nueva escucha, me hizo sentir de
nuevo una punzante melancolía”.
“Y así es como una noche fui por fin al Rock- Ola. Porque, al sitio que de verdad yo quería ir, y al que me imponía mucho ir, era al Rock-Ola. El Rock-Ola, que era donde estaba empezando a pasar todo según contaban las revistas que leíamos Mario y yo y los programas de radio que escuchábamos, quedaba a una distancia inverosímil de nuestro barrio, en un punto que yo no había conseguido localizar bien la imprecisa geografía de la ciudad, ni siquiera estaba seguro de que fueran a dejarme; entrar antes de salir de casa pinché una chapa de los Jam y otra de Los Secretos en la gabardina vieja que me había dado mi padre y me encaminé a la boca de metro para reunirme con Baquetti. Me vi, al fin, en el Rock-Ola, en una sala pequeña y muy oscura en la que sonaba el primer disco de los Cure mientras todo el mundo bebía cerveza y hablaba a gritos. No era posible que yo saliera de ahí sano y salvo, en cualquier momento alguno de los punkis o de los skins más altos y ceñudos repararía en mí, en mi cara de niño asustado y en mis chapitas de Los Secretos y los Jam. Los escupitajos empezaron con el tercer grupo que actuó, pero yo al principio no entendí lo que veía en la oscuridad no podía estar seguro. De algún punto del público que se agolpaba pegado al pequeño escenario vi volar un lapo, luego otro y un tercero. Lanzados con fuerza describieron una amplia parábola en el aire intentando atinar a su objetivo, el guitarrista y cantante que parecía no inmutarse… Me deslicé en la oscuridad hasta la puerta y me fui para siempre del Rock-Ola”.
“Al cerrar los ojos por la noche yo pensaba en ella. Reproducía mentalmente la dulzura de su rostro, la mirada castaña triste o enigmática, la melena otoñal. Y su sonrisa. Muchas noches, ya acostado, escuchaba una última canción, elegía a alguna de las cintas de Psychedelic Furs que me había grabado Fredo Mesina, la metía en el radiocasete que había dejado en el suelo, apagaba la luz… La voz grave y profunda de Butler, con un punto de aspereza, y el ritmo de la canción decía, lo mismo que yo quería hacer: pensar en Virginia, soñar con Virginia. De repente, la batería dejaba de sonar, se hacía el silencio y sobre un fondo de tres rápidas notas de piano el cantante anunciaba cuatro veces la inminencia del sueño, como hundiéndose en él, y de paso hundiéndome a mí. ¿Qué se oía al volver la batería?, ¿era un violonchelo? Sonaba parecido el instrumento de las suites de Bach, aunque era distinto. No estaba muy seguro, siempre que escuchaba Sleep comes down, además de pensar en la chica que me gustaba, se me iban llenando los ojos por dentro del color verde oscuro que era mi preferido. Pero llegaba un momento en que la canción se metía en un túnel o en un pozo en el que algo caía dando vueltas, era como una espiral que iba cavando en la noche el violonchelo, o lo que fuera ese instrumento que recordaba al violonchelo, y que ahora intentaba convertir el sueño en pesadilla. Yo tanteaba con la mano y llegaba la stop para no ir al final de la canción y quedarme con la sensación de la música dulce y oscura y con la imagen de Virginia sonriéndome desde lo más hondo del bosque”.
Continúa
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