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Eduardo Halfon es un impostor


Canción
es la novena novela del escritor guatemalteco Eduardo Halfon. Publicada en 2021, su esencia argumental, su hilo argumental constantemente difuminado pero siempre explícito está ya en la cita de unas palabras del escritor francés del siglo XIX Charles Baudelaire que sirven de prolegómeno a la obra: “quizás resultaría agradable ser alternadamente víctima y verdugo”. Lo que pareciera contarnos Halfon (en esta nuevamente brevísima novela) es una visita suya a Japón para participar en un congreso de escritores libaneses, algo que él no es, o sí, bueno, qué más da (“mi abuelo libanés no era libanés”), porque lo que el novelista quiere narrarnos es otra cosa. Lo que Halfon quiere contarnos es que…

 

Le decían Canción porque había sido carnicero. No por músico. No por cantante (ni siquiera sabía cantar). Sino porque al salir de la cárcel de Puerto Barrios, adonde lo habían enviado tras robar una gasolinera, trabajó un tiempo en la carnicería Doña Susana, en un sector periférico de la capital. Era un buen carnicero, decían. Muy amable con las señoras de la zona que compraban ahí cortes de carne y embutidos. Y su apodo, entonces, no era más que una aliteración o un juego de palabras entre carnicero y canción. O eso decían algunos de sus compañeros. Otros, sin embargo, sostenían que el apodo se debía a su forma tan peculiar y melódica de hablar. Y aún otros, acaso los más intrépidos, lo atribuían a su capricho de siempre confesar demasiado, de cantar más de la cuenta. Sus compañeros íntimos, sus camaradas, lo llamaban Ricardo. Pero su nombre era Percy. Percy Amílcar Jacobs Fernández. Fue él, Percy, o Ricardo, o Canción, quien unos años después de ser carnicero secuestró a mi abuelo”.

 

Sí, lo que se nos quiere contar en Canción es, si no la historia de la guerrilla guatemalteca (“creada al inicio de los años sesenta, en la montaña, por un fantasma y un caimán”) y “el conflicto armado interno entre militares y guerrilleros”, sí al menos lo que todo aquello hizo sobre lo que es su memoria y quizás sobre lo que es hoy el propio Eduardo Halfon. Todo ello ejemplificado en el tal Canción, cuyo temperamento “tenía la frialdad y el temple de un asesino profesional o de un soldado (que viene a ser lo mismo). No cedía”. Bueno, eso, y la vida del abuelo del autor, llamado igual que él, llegado desde Beirut a Guatemala, donde acabó por enriquecerse (y donde sería secuestrado), tras vivir en Nueva York, en Perú, en México y en París. Su abuelo, secuestrado por la guerrilla debido a varias razones: “la primera, la oficial, era que como dueño de una tienda de telas (El Paje, en el Portal del Comercio), una fábrica de textiles (Lacetex, en la avenida Bolívar) y anteriormente una finca de café (en El Tumbador, Huehuetenango), trataba mal a sus empleados”.[…] Su nieto no cree que ésa haya sido la verdadera razón de su secuestro, más bien le “parece mucho más aceptable o factible la segunda explicación: dinero. Los guerrilleros querían, necesitaban, financiarse.” La tercera razón que explicaba aquel secuestro fue “una que nadie en la familia supo jamás”: el nombre de su abuelo le fue entregado a la guerrilla por uno de sus amigos de la sinagoga, “alguien que lo conocía muy bien, y que sabía el valor del nombre que estaba entregando, y que probablemente recibió algo a cambio”. 

El abuelo de Halfon que, como admite en la propia novela, ya había salido en cuatro libros suyos, al menos, antes. Porque no olvidemos que la literatura de Eduardo Halfon va sobre su propia vida, la de su familia… Eso que llamamos ahora autoficción. Tampoco que “todo escritor de ficción es un impostor”.

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