(Me dicen algunos buenos amigos que les gustó el discurso que hice en la graduación de 2º de Bachillerato en mi centro de trabajo, el IES Músic Martin i Soler, de Mislata. Lo reproduzco aquí. En realidad es un discurso de jubilación).
Una noche, hace como unos quince
años, experimenté una sensación que ahora sé que ha resultado decisiva en mi
vida. Salí al balcón y cometí esa estupidez tan común de buscar en un
cigarrillo refugio a las adversidades e incertidumbres de la vida. Miré a las
estrellas y, de pronto, un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo.
Consternado, descubrí la evidencia de que somos efímeros, de que en cualquier
momento, ahora, mañana, dentro de unos años, habremos de extinguirnos... Ya me
lo habían dicho, creía saberlo, pero fue entonces y solo entonces cuando
experimenté con toda crudeza el sentimiento de la caducidad. Entré de nuevo en
casa y le dije a mi mujer que quizá deberíamos tener un hijo.
Y lo tuvimos.
Arrastro todos los prejuicios de la
progresía frente a la institución familiar… De joven pensaba que la familia era
fundamentalmente un rollo muy anticuado y un corsé intolerable para el alma de
un ser humano. Hoy pienso que la familia, o mejor, las familias, en toda su
diversidad, son el último o uno de los últimos rincones de calor en un mundo
gélido.
Entre los instantes de felicidad por mi
hija, y los de ansiedad, ese temor y esa culpa que te entra porque has
traído a un inocente a un planeta inhóspito, descubrí algunas cosas que me
hicieron entender mejor la profesión que, acaso sin saber muy bien por qué,
había elegido unos años atrás. Y descubrí que si hay una profesión más
difícil que la de profesor es la de padre… Y mucho más, me temo, la de madre.
Descubrí que esas vidas que tienes
delante, sentadas en un pupitre son valiosas. Cuesta mucho amueblar desde que
nace la existencia de un niño. Son demasiados desvelos, demasiadas discusiones
con tu pareja, algunas noches en urgencias del hospital, demasiados ejercicios
de paciencia como para no entender que en un aula tratas a diario con
material sensible, que lo que en definitiva tienes entre el pupitre y la
pizarra es a un ser humano en toda la extensión de la palabra.
Hoy es mi último día, y este discurso
es el último servicio que rindo a este instituto porque he decidido jubilarme…
Solo quería compartir esto con vosotros, padres, pues sois vosotros quienes
mejor entendéis algo que dijo la periodista canadiense Naomi Klein en
relación al futuro incierto del planeta: “Solo el amor salvará este lugar”.
Y hablando de amor, debo dirigirme
también a mis compañeros. Algunos, como José María, Eva, Esther o Jordi han
sido amigos de principio a fin y más allá de estos muros. A muchos otros no me
queda sino pediros indulgencia porque sospecho que no he sido el amigo que
merecíais. Seguramente no sé cuidar la amistad, pero sí creo haber sido siempre
un buen compañero, al menos lo he intentado.
De todas maneras esta tarde me dirijo
a todos, al conjunto del claustro.
Estoy impresionado, lo reconozco. Yo
no creía posible una movilización como la que hemos llevado a cabo. Algunos
habéis sacrificado mucho, habéis perdido mucho dinero, habéis hecho enormes
esfuerzos y habéis cerrado este ciclo admirable de protestas con la
sensación de no haber obtenido gran cosa.
…Pues ya veis, yo creo que sí habéis
ganado. Habéis creado una conciencia colectiva que no se apagará con el
final de este curso. De alguna forma hemos marcado un antes y un después.
Se ha creado un sujeto colectivo que le ha plantado cara a una gran lógica cuyo
destino es convertir los servicios públicos, en este caso la escuela, en una
especie de beneficencia para clases menesterosas. Yo me resisto a aceptar que
vengo aquí a cuidar niños y a preparar mano de obra barata. Es esa nuestra
lucha, es ese el famoso relato. La escuela como ascensor social,
señores, eso que tuvimos tan claro en los años ochenta y que ahora parece haber
quedado en nada ante esa cosa tan odiosa que llaman el neoliberalismo y cuyo
mayor objetivo es que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres, y estos
últimos, también, más ignorantes.
Llegué al Músic Martin i Soler hace
veintidós años. Recordaré siempre lo que me dijo la entonces directora: “Espero
que no vengas a crear problemas”. Me encantó aquella advertencia. Y debo
deciros que he creado todos los que he podido.
He visto de todo en estas dos décadas
largas. Lo bueno y lo malo, la poesía y la prosa, la tragedia y la comedia… Me
voy muy tranquilo porque el Músic queda al cargo de personas que se han ganado
mi afecto y, sobre todo, mi respeto.
A vosotros, queridos alumnos,
verdaderos protagonistas de todo este lío, os digo aquello de una serie
mítica de policías: “Tengan cuidado ahí fuera”. Y recordad, esta será
siempre vuestra casa.
“Solo el amor salvará este lugar”. Ha
sido un honor, señores.

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