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Discurso de graduación (por David Pablo Montesinos Martínez)

(Me dicen algunos buenos amigos que les gustó el discurso que hice en la graduación de 2º de Bachillerato en mi centro de trabajo, el IES Músic Martin i Soler, de Mislata. Lo reproduzco aquí. En realidad es un discurso de jubilación).


 

Una noche, hace como unos quince años, experimenté una sensación que ahora sé que ha resultado decisiva en mi vida. Salí al balcón y cometí esa estupidez tan común de buscar en un cigarrillo refugio a las adversidades e incertidumbres de la vida. Miré a las estrellas y, de pronto, un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo. Consternado, descubrí la evidencia de que somos efímeros, de que en cualquier momento, ahora, mañana, dentro de unos años, habremos de extinguirnos... Ya me lo habían dicho, creía saberlo, pero fue entonces y solo entonces cuando experimenté con toda crudeza el sentimiento de la caducidad. Entré de nuevo en casa y le dije a mi mujer que quizá deberíamos tener un hijo.

Y lo tuvimos.

Arrastro todos los prejuicios de la progresía frente a la institución familiar… De joven pensaba que la familia era fundamentalmente un rollo muy anticuado y un corsé intolerable para el alma de un ser humano. Hoy pienso que la familia, o mejor, las familias, en toda su diversidad, son el último o uno de los últimos rincones de calor en un mundo gélido.

Entre los instantes de felicidad por mi hija, y los de ansiedad, ese temor y esa culpa que te entra porque has traído a un inocente a un planeta inhóspito, descubrí algunas cosas que me hicieron entender mejor la profesión que, acaso sin saber muy bien por qué, había elegido unos años atrás. Y descubrí que si hay una profesión más difícil que la de profesor es la de padre… Y mucho más, me temo, la de madre.

Descubrí que esas vidas que tienes delante, sentadas en un pupitre son valiosas. Cuesta mucho amueblar desde que nace la existencia de un niño. Son demasiados desvelos, demasiadas discusiones con tu pareja, algunas noches en urgencias del hospital, demasiados ejercicios de paciencia como para no entender que en un aula tratas a diario con material sensible, que lo que en definitiva tienes entre el pupitre y la pizarra es a un ser humano en toda la extensión de la palabra.

Hoy es mi último día, y este discurso es el último servicio que rindo a este instituto porque he decidido jubilarme… Solo quería compartir esto con vosotros, padres, pues sois vosotros quienes mejor entendéis algo que dijo la periodista canadiense Naomi Klein en relación al futuro incierto del planeta: “Solo el amor salvará este lugar”.

Y hablando de amor, debo dirigirme también a mis compañeros. Algunos, como José María, Eva, Esther o Jordi han sido amigos de principio a fin y más allá de estos muros. A muchos otros no me queda sino pediros indulgencia porque sospecho que no he sido el amigo que merecíais. Seguramente no sé cuidar la amistad, pero sí creo haber sido siempre un buen compañero, al menos lo he intentado.

De todas maneras esta tarde me dirijo a todos, al conjunto del claustro.

Estoy impresionado, lo reconozco. Yo no creía posible una movilización como la que hemos llevado a cabo. Algunos habéis sacrificado mucho, habéis perdido mucho dinero, habéis hecho enormes esfuerzos y habéis cerrado este ciclo admirable de protestas con la sensación de no haber obtenido gran cosa.

…Pues ya veis, yo creo que sí habéis ganado. Habéis creado una conciencia colectiva que no se apagará con el final de este curso. De alguna forma hemos marcado un antes y un después. Se ha creado un sujeto colectivo que le ha plantado cara a una gran lógica cuyo destino es convertir los servicios públicos, en este caso la escuela, en una especie de beneficencia para clases menesterosas. Yo me resisto a aceptar que vengo aquí a cuidar niños y a preparar mano de obra barata. Es esa nuestra lucha, es ese el famoso relato. La escuela como ascensor social, señores, eso que tuvimos tan claro en los años ochenta y que ahora parece haber quedado en nada ante esa cosa tan odiosa que llaman el neoliberalismo y cuyo mayor objetivo es que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres, y estos últimos, también, más ignorantes.

Llegué al Músic Martin i Soler hace veintidós años. Recordaré siempre lo que me dijo la entonces directora: “Espero que no vengas a crear problemas”. Me encantó aquella advertencia. Y debo deciros que he creado todos los que he podido.

He visto de todo en estas dos décadas largas. Lo bueno y lo malo, la poesía y la prosa, la tragedia y la comedia… Me voy muy tranquilo porque el Músic queda al cargo de personas que se han ganado mi afecto y, sobre todo, mi respeto.

A vosotros, queridos alumnos, verdaderos protagonistas de todo este lío, os digo aquello de una serie mítica de policías: “Tengan cuidado ahí fuera”. Y recordad, esta será siempre vuestra casa.

“Solo el amor salvará este lugar”. Ha sido un honor, señores.

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