El tercer libro de relatos del extraordinario escritor estadounidense Richard Ford se tituló A multitude of sins, apareció en 2002 y fue espléndidamente traducido a mi idioma al año siguiente como Pecados sin cuento por Damián Alou.
Pecados sin cuento es
un libro magnífico compuesto por diez cuentos impecables. Como suena.
“La
luz rosa del letrero del hotel descoloría el negro intenso de la noche que
había encima. El lago era como un precipicio sin luz”.
Sobre matrimonios, felices o infelices, pero sobre matrimonios (y sus “reservas de cariño, amabilidad y consideración”) va Pecados sin cuento, todos sus relatos, con una matización, sobre matrimonios en los que el engaño de uno de los cónyuges… O, mejor dicho, lo que Ford nos cuenta en esta obra suya son precisamente esos engaños. También algo sobre el amor (esa “serie prolongada de preguntas insignificantes sin cuyas respuestas no podías vivir”). Como siempre, una mera excusa para entrar de lleno en el corazón, el alma y las desazones y aciertos de una galería de personajes ideados y presentados con el arte magistral de los genios. Porque el escritor estadounidense no crea personajes, los envuelve en la grandeza literaria de la realidad sublimada: “el envés de la gente siempre es más turbio que lo que vemos. Yo acepto los dos lados”. Como esa Faith del relato ‘Centro de acogida’, cuyo lema podría ser “resiste y mejora”. ¡Y qué diálogos! Porque Richard Ford, no lo olvidemos, hace dialogar a sus seres literarios como dialogamos los humanos, pero con una diferencia, ellos hablan como lo que son, una pura invención (y eso que “la vida está llena de conversaciones serias, pero sin sentido”).
“—¿Has
decidido que no me amas?”
Cada seducción, la voluntad haciendo
lo que puede con los hechos, con lo importante, el matrimonio como “un círculo
de afecto”, los impulsos, el olvido, abandonar… Arriesgar, derrochar, ignorar.
La vida, a veces, como “un lío patético” entre “lo predecible y lo obligado”,
con algún momento “sin dimensiones, sin repercusiones”. Y el pasado,
irreparable pero superable. Tener una aventura. El adulterio.
“Sintió el
impulso, un fuerte impulso, de decirle que la amaba, allí, en medio de la
calle. Pero se detuvo a media frase, y, de nuevo, no le manifestó sus
sentimientos. Jena preferiría dejar así las cosas. Una declaración de amor
resultaba poco apropiada, aun cuando la hiciera de corazón”.
No sé si decir que el mejor cuento de
todos es el extraordinario ‘Resignación’, porque hacerlo sería
menospreciar la descomunal categoría de todos los demás.
“Al
mundo le gusta guiarse por la belleza. Sólo utiliza el cerebro cuando falla la
belleza. […]
En
realidad, en el mundo hay muy pocas cosas misteriosas. Casi todo acaba teniendo
una explicación decepcionante, por extraño que parezca al principio. […]
Se
podría considerar que la vida no es, prácticamente, otra cosa que el deseo de
lograr una compensación. Siendo, como soy, hijo y nieto de abogados, lo sé. Y
también sé que no debo esperarla”.
Porque el caso es que cuando recuerdo
lo extraordinariamente bueno que es ‘Canadiense’ dudo cuál es el mejor
relato.
“Y
cada vez que volvían a encontrarse experimentaban sorpresa, euforia,
satisfacción, consuelo, felicidad, gratitud. […] había habido algo entre
ellos, algo que, siempre según Madeleine, sin duda, era mejor que el amor, algo
que poseía su propio tejido intenso e intemporal, unas interioridades
densamente tumultuosas y unas alturas extáticas. Su naturaleza exacta
resultaba confusa. Pero no había sido algo trivial”.
Los matrimonios, estar sola/solo “con
alguien a quien conoces y amas”.
¿Qué decir de un escritor que le hace
escribir a uno de sus protagonistas/narradores eso de… “Lo que ocurrió
entre Beth Bolger y yo apenas merece las palabras que se precisarían para
contarlo”? De alguien capaz de acabar un cuento, ‘Bajo el radar’, así:
“Un olor dulce impregnó el aire. Las ranas dejaron de croar. Y entonces todo acabó”.

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