Erri De Luca es un escritor y periodista italiano autor de numerosos libros. Inès de la Fressange es una modelo y diseñadora francesa perteneciente a la aristocracia. Ambos son los autores del librito L’età sperimentale, publicado en 2024 y traducido dos años después a mi idioma por Carlos Gumpert como La edad experimental (De Luca mucho más autor de él que De la Fressange, quien apenas contribuye con unos párrafos insulsos y prescindibles, donde admite que los viejos hoy, ella misma, son “viejos jóvenes”).
“Aquí estoy por
fin en esa edad en la que nos preguntamos qué quedará después de nuestra
muerte, qué ha sido lo más importante en nuestras vidas, qué tememos para
los años venideros”.
Esa edad. Aquí es la aristócrata la que habla. El libro, al fin y al cabo va de eso, de esa edad.
A partir de ahora, solamente será
Erri De Luca quien, en lo que lees, tenga la palabra. Él dice:
“La edad
avanzada ha dejado de ser sabia, ha dejado de ser sosegada. Siente asombro
por proseguir a ultranza: como si. La lista de los como si sería larga. Escribo
uno solo: como si cada uno de los días fuera el último, para el que debemos
agotar todas las reservas de entusiasmo”.
De Luca nos explica que él entiende
esto de la vida como una andadura que “se corresponde con el ritmo de la edad:
era galope en la juventud, trote de adulto, y ahora avanza al paso”.
El título del libro tiene una
explicación, y nos la va a dar: esta suya, 74 años tiene cuando escribe todo
esto, es una edad experimental, nos dice, y tienen “la extraña sensación
de que nadie ha sido viejo antes que” él.
“La vejez
de quienes me han precedido no me sirve de modelo ni me prepara para nada”.
La vejez. Esa es la palabra.
“Veo, a lo lejos, destellos
del futuro; no el mío, el que será sin mí. Ahí está, tras desembarazarse de
quienes querían posponerlo, preservando modelos y estilos de desperdicio”.
En la lejanía empieza a verse, con la
edad de la vejez, no el futuro de uno… Empieza a vislumbrarse el futuro sin
uno.
Ojo, que el anciano escritor italiano
se pone magnífico:
“El cuerpo en el
que vivo no es mío. Habito un animal prehistórico, puesto a prueba y
seleccionado por diez mil generaciones. Ha sido verificado por cada
catástrofe, se ha adaptado a todos los climas, desde los desiertos hasta los
hielos […] Me adentro en su vejez como un explorador”.
[…]
Me gusta cuando diferencia el
autor memoria de recuerdos. Dice:
“Este tipo de
memoria no coincide en absoluto con los recuerdos. Esos no los recuerdo. Es
curioso decirlo, pero es cierto: solo tengo los recuerdos que afloran después
de haberlos olvidado. Entonces me sorprenden, y en un primer momento me parece
que no son míos, que me he conectado por equivocación con los recuerdos de
otro. Luego los reconozco, y esta sorpresa hace en mi interior el ruido del
aire comprimido de un paquete al vacío al abrirse. Cuando llegan, me detengo y
los dejo deambular por el cuerpo, por los nervios, hasta que desaparecen”.
En los viejos de hoy, leemos en esta
obrita, “se da por primera vez la experiencia colectiva de prolongar la vida
biológica”.
Y en esas estamos.
Este texto pertenece al artículo ‘Envejecer con los tiempos que corren’, publicado el 24 de junio de 2026 en Nueva Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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