[Justo Serna, autor de Qué es la historia, de la misma colección, escribe sobre el libro de Inmaculada de la Fuente Qué es el periodismo.]
Entre las novedades que nos
llegan hay muchas clases de libros. Por ejemplo, podemos encontrar volúmenes
concebidos para provocar
o para interferir. Pero
podemos hallar otros en los que sus autores, sin levantar la voz ni hacer
aspavientos, procuran entablar una discusión juiciosa con el lector.
Qué es el periodismo (2026), de
Inmaculada de la Fuente, pertenece a esta segunda categoría.
De entrada se
presenta con modestia. Es un volumen breve, de concepción introductoria para
lectores curiosos: lo propio de la colección «Qué es», dirigida por José Luis
Ibáñez Salas. Pero cada libro tiene su particularidad. Y en este destaca
pronto.
Conforme avanzamos en sus
páginas, descubrimos algo complejo. Que el libro de Inmaculada de la Fuente es
más, mucho más, que una síntesis del tema: es la defensa moral del
periodismo. Está escrito desde la experiencia y el saber de la autora,
desde la memoria y con un puntico de tristeza, la de quien ha visto desaparecer
cierta herencia cultural. Eso sí, sin abandonarse a la melancolía o al cinismo.
[…]
Desde las primeras páginas
aparece la idea central del ensayo: el
periodismo es un oficio antes que una plataforma del yo; es una
disciplina antes que una identidad narcisista.
[…]
El libro termina funcionando como
una discreta galería moral del periodismo
contemporáneo. Desfilan
corresponsales de guerra, cronistas parlamentarios,
fotógrafos, articulistas y editores. Algunas
de esas personas alcanzaron la celebridad. Otras han sido prácticamente
enterradas por el tiempo.
Pero todas
aparecen situadas dentro de una historia concreta: guerras, revoluciones,
dictaduras, crisis democráticas y transformaciones tecnológicas. El periodismo
no surge aquí como una profesión abstracta, sino como una forma de estar en el
mundo, de observarlo, de contarlo, asignándole sus diversos, sus innumerables significados.
[…]
Hoy la abundancia informativa no
garantiza mejor conocimiento. A menudo sucede lo contrario: cuanto más
contenido circula y cuantos más datos tenemos a nuestra disposición, más difícil resulta discernir lo importante
de lo banal, la información contrastada de la desinformación.
El libro
acierta plenamente al describir la paradoja contemporánea: nunca hubo tantos
datos disponibles y nunca fue tan frágil la confianza pública en los hechos.
Inmaculada de la Fuente describe un mundo donde proliferan bulos, medias
verdades y opiniones instantáneas amplificadas por algoritmos.
Sin especial drama, sin apocalipsis, pero con evidente
preocupación, explica cómo la
fragmentación digital ha erosionado la idea misma de verdad compartida.
En este punto,
el ensayo adquiere una dimensión política más profunda de lo que aparenta. Defender el periodismo
equivale también a defender ciertas condiciones
mínimas de la democracia liberal, de la deliberación. No cita a Jürgen
Habermas, pero su texto lo ha asimilado.
Sin
información fiable, el espacio público se degrada en un mercado de emociones
enfrentadas. El ciudadano deja de deliberar, precisamente, para solo
reaccionar. La conversación democrática se convierte entonces en una guerra de
identidades ofendidas o en victimismos rentables.
[…]
Especialmente
lúcida es la reflexión sobre la objetividad. La autora no incurre en
ingenuidades positivistas. Reconoce que la objetividad absoluta quizá resulte
imposible. Todo periodista selecciona, interpreta y jerarquiza.
Pero de ahí no
se infiere que todas las versiones valgan lo mismo. Existe una diferencia fundamental entre el
esfuerzo honesto por aproximarse a los hechos, de los que algo documentado
puede decirse, y la manipulación deliberada. En tiempos dominados por el
relativismo, esta afirmación posee una saludable firmeza intelectual.
Otro aspecto
sobresaliente del libro es su reivindicación de la lectura. El
periodista aparece como un lector
profesional del mundo.
Lo mismo diría
Umberto Eco. No basta con
perseguir titulares virales o consumir fragmentos de actualidad acelerada. Hay
que leer historia, literatura, economía, filosofía, ensayo... Hay que leer. De
lo contrario, según nos recordaba Eduardo Mendoza, uno termina por volverse tonto.
El periodista
ignorante puede sobrevivir unos meses, pero difícilmente sostendrá una mirada
duradera. La autora defiende una concepción humanista del oficio: escribir bien exige pensar
bien, y pensar bien requiere convivir con libros.
Además, este
ensayo posee en su brevedad una importante dimensión histórica. La autora
reconstruye la evolución del periodismo desde las gacetas y hojas
informativas hasta el ecosistema digital contemporáneo. Pero no lo hace con
un tono pesadamente didáctico o enciclopédico. La historia aparece dramatizada
mediante conflictos concretos.
[…]
La autora
recuerda que la relación entre prensa y poder siempre fue ambigua. La prensa
fiscaliza, cierto, pero también manipula. Denuncia abusos, aunque puede
convertirse ella misma en instrumento de presión. Esa tensión constituye una
constante histórica.
[…]
El libro acierta asimismo al
situar la prensa dentro de una cultura material hoy casi desaparecida. Las
viejas redacciones llenas de humo, alcohol, ruido y teléfonos compartidos
contrastan con las oficinas silenciosas dominadas por pantallas y notificaciones
digitales.
La autora sabe perfectamente que
aquellas redacciones también podían ser caóticas y miserables. Pero percibe una
pérdida: la calle queda más lejos. El periodista corre el riesgo de convertirse
en un administrador sedentario de flujos informativos.
Ahí aparece una de las
intuiciones más importantes del ensayo: el buen periodismo necesita tiempo
para investigar, contrastar, contextualizar y escribir. La aceleración
digital premia la circulación inmediata antes que la comprensión y favorece
textos concebidos para el consumo y el olvido.
Inmaculada de la Fuente no ofrece
soluciones milagrosas. Y eso constituye otra cualidad del libro. Hay demasiados
ensayos contemporáneos que prometen reinventar el periodismo mediante
fórmulas de marketing tecnológico.
La autora desconfía de las
utopías empresariales. Sabe que la crisis del periodismo es también una
crisis cultural. No basta con cambiar plataformas o modelos de negocio: hay
que recuperar una ética profesional y una relación más exigente con el lenguaje
y la verdad.
Hay además un aspecto subterráneo
del ensayo sobre el que merece detenerse: su reflexión acerca del lenguaje.
Inmaculada de la Fuente sabe que el periodismo no consiste únicamente en
obtener información, sino en encontrar la forma adecuada de decirla, de
nombrarla, de transmitirla.
El problema contemporáneo no es solo la proliferación de noticias falsas.
Es también la degradación expresiva. Hay momentos en que tenemos la
impresión de que hoy se habla peor, se escribe peor y se matiza menos. La
simplificación emocional invade el discurso público.
Los titulares
ya no buscan únicamente captar la atención: buscan producir indignación inmediata. El lector no debe comprender, sino reaccionar. Pero no nos dejemos llevar por una falsa nostalgia. Estos males no son un invento reciente:
el amarillismo tiene larga historia.
Por eso
resulta tan significativa la insistencia de Inmaculada de la Fuente en el
estilo. No como aderezo literario, sino como forma de precisión sintáctica
y moral.
Un adjetivo
inexacto puede deformar un hecho. Una metáfora excesiva puede convertir una
tragedia en espectáculo. Un titular ambiguo puede insinuar lo que nunca se
demuestra. El libro recuerda constantemente que escribir bien implica
también una responsabilidad ética.
En este sentido, la autora
pertenece claramente a una tradición de periodismo literario que considera
inseparables fondo y forma. Quienes la integran entendieron que el periodismo
podía aspirar a una intensidad narrativa sin abandonar el rigor factual. Hoy
esa combinación resulta difícil. La aceleración favorece textos utilitarios,
frases fragmentarias y piezas concebidas para desaparecer en minutos tras el
torrente informativo. El libro reivindica otra temporalidad de la escritura:
una sintaxis capaz de permanecer.
[…]
Muy sugestiva
resulta también la manera en que el ensayo aborda la relación entre periodismo y memoria. Los periodistas
aparecen aquí como testigos privilegiados de la historia inmediata. Sus
crónicas, reportajes y fotografías terminan convirtiéndose con el tiempo en
materiales para reconstruir épocas enteras. Periodismo e historiografía no son disciplinas idénticas, desde luego, pero
ambas comparten una misma lucha contra el olvido.
[…]
El periodismo quizá pierda influencia económica
o centralidad cultural,
pero seguirá siendo necesario mientras los seres humanos necesiten
comprender qué ocurre a su alrededor.
Y acaso ahí resida la verdadera
importancia de este ensayo. No intenta salvar empresas
mediáticas concretas ni defender nostalgias corporativas. Defiende algo más
elemental: la necesidad
humana de relatos
veraces sobre el mundo compartido. Una sociedad incapaz de distinguir información de propaganda termina
perdiendo también la capacidad de deliberar racionalmente
sobre sí misma.
Formalmente, el ensayo destaca
por su equilibrio. La prosa es clara, elegante
y funcional. Nunca cae en el barroquismo ni en el oscurantismo. Pero tampoco
renuncia a cierta musicalidad ensayística. Se percibe la influencia de la
mejor tradición periodística española: Pla, Chaves Nogales, Manuel Vicent o
Umbral, entre otros. Hay frases construidas con ritmo y precisión, siempre al
servicio de las ideas.
Quizá algunos
lectores echen de menos un análisis más profundo sobre inteligencia artificial,
algoritmos, plataformas digitales o monetización contemporánea de contenidos.
El libro menciona esos fenómenos, aunque no los desarrolla extensamente. Sin
embargo, esa relativa ausencia tiene sentido.
Qué es el periodismo no pretende ser un
tratado técnico sobre comunicación digital, sino una meditación ética e
histórica sobre el oficio. Y en ello reside precisamente su fuerza. El libro escribe
contra el presentismo, contra la idea de que todo
empezó ayer y desaparecerá mañana.
Inmaculada de la Fuente recuerda
que el periodismo forma parte de una tradición
larga, contradictoria y apasionante. Una tradición hecha de corresponsales
exhaustos, fotógrafos heridos,
cronistas brillantes, redactores anónimos y columnistas capaces de encontrar una frase
exacta en mitad del ruido.
Al terminarlo
queda una sensación ambivalente. Por un lado, cierta tristeza ante las
degradaciones contemporáneas del espacio público. Por otro, una renovada
admiración hacia quienes todavía intentan ejercer el periodismo con honestidad intelectual.
La autora sabe perfectamente que
el oficio nunca fue puro. En las mesas de redacción siempre convivieron
oportunismo y valentía, propaganda y verdad parcial, talento y vanidad. Pero,
precisamente por ello, el buen periodismo, la buena prensa, merece su defensa:
porque surge contra corriente.
Qué es el periodismo acaba convirtiéndose así en algo más que un
ensayo divulgativo. Es una reivindicación de la conversación democrática, de
la curiosidad crítica y del lenguaje preciso. También un homenaje a quienes
entendieron y aún entienden que informar no consiste únicamente en proporcionar
datos, sino en ayudar a comprender el mundo, a extrañarse y designarlo.
Este texto pertenece al artículo de Justo Serna ‘La buena prensa’, publicado el 17 de mayo de 2026 en Nueva Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.
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