[Contra el poder. Conflictos y movimientos sociales en la Historia de España es una obra del historiador Juan Sisinio Pérez Garzón que nos recuerda que las libertades y derechos se los debemos a muchos miles de personas, y de la que tenemos el honor de publicar su introducción. Recuerda: esas conquistas no son irreversibles; avanzar en libertad, democracia y justicia para todos requiere crecientes compromisos de solidaridad. Sí. El camino de la historia, por tanto, sigue abierto.]
Este libro se ha escrito pensando ante todo en que pueda ser útil a los jóvenes que cursan diversos grados universitarios de humanidades y ciencias sociales y, por supuesto, que resulte de fácil comprensión para cuantas personas tienen interés por saber quiénes protagonizan la historia en cada momento. Bertolt Brecht lo explicó con claridad poética en los versos de Preguntas de un obrero ante un libro:
“En los libros figuran los nombres de los reyes/
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?…El joven Alejandro
conquistó la India/ ¿Él solo?… Felipe II lloró al hundirse/ su flota ¿No lloró
nadie más?… Un gran hombre cada diez años/ ¿Quién paga sus gastos?/ Una
pregunta para cada historia”.
En efecto, una pregunta para cada época y para cada
sociedad. Por eso en este libro no se encuentran ni los reyes ni las
personalidades y líderes que dominan en muchas obras de historia, y no hablemos
ya de las miles de novelas históricas que se han apoderado de la divulgación
del pasado entre el gran público. En este libro se han buscado
respuestas en los sujetos, anónimos o no, léase personas (mujeres y
hombres), que han desarrollado con sus intereses y afanes, sus ambiciones e
ideas, sus esperanzas y temores una continua lucha por cambiar y mejorar, con
frecuencia desde posiciones no poco utópicas. Bien es cierto que estas
motivaciones nunca han sido ni lineales ni homogéneas, porque los intereses
contrapuestos y las visiones encontradas del mundo han desencadenado
movimientos sociales, conflictos entre grupos y clases y protestas constantes
contra quienes han detentado el poder y, en su caso, han frenado los cambios.
Porque la historia es la ciencia social que estudia los cambios que nos han
traído a este presente y que nos condicionan para construir el futuro.
Ahora bien, llegados a este punto, quizás los expertos
reclamen que se les expongan los anclajes teóricos sobre los que se ha
encarrilado el libro. Existen, por supuesto, y los lectores más especializados
podrán advertirlos y captarlos en los sucesivos capítulos. Además podrán
refutarlos con diversos argumentos, también matizarlos o ratificarlos con
mejores elaboraciones en cada caso. Ahora bien, esbozar esos marcos teóricos
obligaría a una apretada síntesis del pensamiento político sobre los factores de
movilización social por lo menos desde Karl Marx hasta
Slavoj Zizek y Thomas Piketty, cabalgando sobre Émile
Durkheim y Max Weber, Charles Tilly y James C. Scott
o Simone de Beauvoir y Judith Butler. Se opta por
citar en la bibliografía del final del libro un abanico de obras suficiente
para adentrarse en las distintas teorías sobre el cambio social, la dinámica de
los movimientos sociales y las tipologías de la protesta.
En ese apartado de bibliografía también se relacionan
los libros que permitirán ampliar los contenidos y cuestiones que se tratan en
este libro. En especial es de justicia hacer referencia a la obra que Manuel
Pérez Ledesma hace 25 años publicó bajo el título de Estabilidad
y conflicto social. España, de los iberos al 14-D. También a la más
reciente Historia de España dirigida por los
profesores J. Fontana y R. Villares. En todo caso, no son
referencias bibliográficas exhaustivas, se incluyen los libros que puedan
permitir al joven estudiante o al lector no especialista profundizar en cada
etapa histórica; además esos libros, a su vez, hacen cadena con otras muchas
obras que aparecen citadas en sus páginas.
En todo caso, quizás convenga recordar en esta
explicación introductoria que el concepto de “movimiento social” se
fraguó como instrumento de análisis en los procesos revolucionarios de la
Europa de 1848 para precisar las exigencias de las clases trabajadoras,
exigencias en bastantes casos en contra del orden social implantado por los
correspondientes grupos dominantes desde el Estado liberal. Se trataba de
diferenciarlos de los “movimientos políticos” porque desarrollaban acciones
encaminadas a lograr objetivos que se catalogaron como “sociales”. Tales
análisis surgieron en el pensamiento radical democrático y socialista del
momento al que le preocupaban las nuevas desigualdades e injusticias producidas
por la revolución industrial y la expansión del capitalismo. Las calificaron
como la “cuestión social”. Apareció de este modo el
apelativo de “social” para calificar cuanto se relacionaba con las
desigualdades que afectaban a los grupos de personas que cargaban con la parte
del trabajo y nuevas condiciones de vida de la industrialización y de las
distintas formas de implantación del capitalismo.
Si a los liberales de las revoluciones inglesa,
norteamericana y francesa preocupaban lo político, esto es, la conquista del
Estado, y así hicieron los congéneres liberales del resto de Europa a lo largo
del siglo XIX, a partir de mediados de esta centuria, con el avance de la
industrialización y de nuevas relaciones de clase, adquirió prioridad, incluso
para los propios liberales, la organización de la sociedad. Unos para prevenir
el conflicto, otros para luchar contra las desigualdades. En ese contexto fue
donde surgió las obras de Marx y Engels, que albergaron
no sólo propuestas activas de lucha, como fue la organización de la primera
Internacional de Trabajadores, sino intuiciones y conceptos para las ciencias
sociales que han influido incluso en quienes explícitamente se han situado al
margen de su pensamiento. En este sentido, es incuestionable subrayar la
aportación que supuso el materialismo histórico, porque
planteó el reto de analizar la totalidad humana como totalidad social y porque
situó las clases sociales en el eje explicativo de los procesos históricos.
En los Grundrisse, Marx analizó cómo las
categorías económicas no eran comprensibles en sí mismas sino en función de
“sus relaciones en el seno de la sociedad”. En concreto, especificó que si en
la sociedad burguesa el orden social estaba construido en torno al capital y a
la propiedad, de ningún modo eso significaba que la sociedad fuera el simple
reflejo de tales realidades económicas sino que, según sus propias palabras,
“bajo el reinado del capital, la preponderancia pasa al elemento social creado
en el curso de la historia”. Un reconocimiento similar planteaba para la
disparidad de los ritmos cuando puntualizaba que “las condiciones de producción
se desarrollan de manera desigual respecto al sistema jurídico”.
De ningún modo era un planteamiento reduccionista ni
se establecía una relación mecanicista entre economía y sociedad. Al contrario,
semejante perspectiva totalizadora significaba que toda la historia estaba
protagonizada por la naturaleza de las relaciones sociales, siempre complejas,
como desentrañó el propio Marx en su estudio sobre El 18 Brumario de
Luis Bonaparte, donde puso el centro de atención en los conflictos y
movimientos sociales que se retroalimentaban dialécticamente con el grado de
desarrollo de las fuerzas productivas en Francia. Pues, en efecto, planteaba
como nudo de la distribución del poder social las relaciones de clase definidas
no por el encuadramiento de un grupo coherente en la jerarquía social, ni
siquiera únicamente por su posición objetiva sino sobre todo por la conciencia
de esa posición y de sus intereses específicos, por el grado de organización
política y por la interacción cultural e ideológica con otras clases.
Lógicamente la lección metodológica de Marx abrió
caminos que se han enriquecido posteriormente, para lo que concierne a este
libro, con las aportaciones de autores como E. Hobsbawm, E. P.
Thompson, G. Rudé y R. Samuel, que destacaron dentro del marxismo
británico que en la segunda mitad del siglo XX lanzaron, siguiendo la idea
inicial del francés G. Lefebvre, la necesidad de
reescribir “la historia desde abajo” (History from below). Es útil a
este respecto subrayar también lo que ha supuesto como aportación el concepto
gramsciano de “clases subalternas”, porque la historia de las clases
dirigentes, según Gramsci, acaba fundiéndose con la del
Estado, mientras que eso no ocurre con las clases subalternas, cuya historia
implica conocer sus exigencias, actitudes, actividades políticas y además los
mecanismos de recepción de las iniciativas y formas de poder de los distintos
grupos dominantes.
Además, cabe subrayar también la idea de Gramsci sobre
el conflicto social que de ningún modo lo reduce al antagonismo entre la clase
dominante y la dominada sino que plantea cómo en toda sociedad se producen
otros movimientos de protesta y oposición al orden social establecido, con una
pluralidad de expresiones que requiere desentrañar estrategias de poder, los
distintos puntos de focalización de dominio y los impulsos para cambiar un
presente que no gusta, en una dirección siempre abierta porque la contingencia
forma parte del resultado de la pugna. Aunque existen otras muchas aportaciones
de estudiosos y teóricos del conflicto, cabe enfatizar el giro que realizaron
autores como Charles Tilly, Tedda Skocpol y Sidney Tarrow en
la década de 1970 cuando pusieron sobre el escenario histórico el análisis de
los recursos y oportunidades de la acción colectiva. La propuesta tuvo un eco
inmediato por lo sencilla y rotunda. Se trataba de explicar en cada momento de
la historia por qué se ponían en marcha unos recursos materiales y
organizativos (los individuos no actúan si no están organizados) y se abrían
unas oportunidades en un sistema de concertación que permitía actuar a los
agentes. Han recogido herramientas de Marx, aunque sin insistir tanto en la
lucha de clases y en las determinaciones materiales, para abordar el conflicto
siempre como realidad política y analizar los procesos que desembocan en crisis
políticas revolucionarias a partir del concepto clave de movilización
colectiva.
Con la perspectiva de la movilización de recursos, la
investigación desplazó el centro de atención “de las causas de la
insatisfacción de los ciudadanos hacia las organizaciones del movimiento social
que dan sentido y dirección al movimiento”. Ha sido un enfoque con
extraordinaria influencia historiográfica porque permite conjugar tanto la
movilización de recursos como el estudio de las formas de sociabilidad, o las
creencias colectivas y los referentes que explican por qué se producen o no
cuajan, según, las movilizaciones colectivas. Semejante exigencia ha llevado a
otros autores a sumar la teoría de la identidad, del
reconocimiento como clave para desentrañar unos intereses que no son
exclusivamente racionales. Se ha subrayado el hecho de que no basta con ser
sujeto sino que además es imprescindible tener conciencia de pertenencia a una
identidad colectiva que es la que da coherencia a las movilizaciones en un
conflicto. Esas propuestas surgieron fruto de los nuevos contextos
desarrollados desde década de 1990, cuando dejaron al descubierto que, por
encima de los supuestos racionales de un individuo abstracto, existían los
individuos concretos que actuaban con motivaciones de índole cultural,
religiosa, nacional…que además los cohesionaba como parte de una colectividad
cuya existencia daba sentido a sus respectivas vidas.
Precedente importante fue la obra de A.
Hirschman, quien en 1970 ya propuso un sencillo modelo para analizar
la dinámica que sigue la participación individual en grupos y organizaciones,
con independencia de los objetivos de tales grupos. Es el mecanismo que el
propio autor usó para titular su obra como Salida, voz y lealtad.
De igual modo hay que enfatizar la aportación del antropólogo James Scott
quien, apoyándose en E. P. Thompson, ha reinterpretado los “discursos ocultos”
de los dominados como parte de las condiciones materiales de vida y del “arte
de la resistencia” contra el poder que se practica en un amplio
espacio de la vida cotidiana de los pueblos.
En resumen, los estudios del conflicto y de los
consiguientes movimientos sociales han investigado los mecanismos que provocan
la adhesión de los individuos, han buscado los componentes culturales y los
relatos imaginarios y han precisado sus conexiones con las quiebras del poder
político y con las condiciones materiales de vida. Ahora bien, tal y como se ha
escrito al inicio de estas páginas, no se trata de aturdir al lector en esta
introducción con un nuevo repaso académico sobre las teorías del conflicto y de
los movimientos sociales en la historia, porque entonces habría que comenzar
refutando, por ejemplo, las tesis nada menos que de Charles Tilly cuando deja
fuera del concepto de movimiento social cuantas protestas hubo antes de los
procesos de modernización al considerarlas efímeras e incapaces de articular
una alternativa de poder frente al Estado.
Baste quedarnos con el balance de que en el análisis
de los movimientos sociales y del conflicto se ha llegado a posiciones
pluralistas que han constatado que la ideología no cumple un cometido
unificador y totalizante de la acción colectiva pues existen aspectos de la
identidad social que son de carácter cultural y simbólico. Esto permite
comprender la acción humana como acción creativa tanto en las relaciones entre
individuo y grupo como también en el despliegue de tácticas de movilización,
resistencia o perturbación que cambian a lo largo de la historia. Los actores
plantean problemas, lo quieran o no, cuya solución no viene dada
inequívocamente y de antemano por la propia realidad, sino que exige
creatividad y trae al mundo algo objetivamente nuevo. Cabría de nuevo citar a
Marx quien defendió justamente que “la historia no hace nada, no posee ninguna
riqueza, no libra ninguna lucha. Es el hombre real y viviente quien hace todo;
no es la historia la que utiliza al hombre como medio para realizar sus fines…
[pues] la historia no es más que la actividad del hombre que persigue sus
fines”.
En conclusión, los objetivos de este libro son
limitados. No se plantea resolver ni siquiera sistematizar los debates teóricos
sobre los conflictos y cambios que marcan la historia. Sencillamente se ha
escrito para explicar otra perspectiva de lo que ha ocurrido entre los muy
distintos y diversos antepasados de esta sociedad que hoy llamamos España. Eso
sí, se ha tratado de explicar la historia de esa inmensa mayoría de antepasados
que habitualmente no aparecen en los grandes relatos sobre lo que consideramos
“nuestra historia”. Ni están Fernando III el Santo, ni el Gran
Capitán ni los tercios de Flandes, y si en algunos capítulos aparecen
los grandes hombres es porque desde sus enormes poderes han
condicionado o determinado, según las circunstancias, la vida de las
colectividades anónimas, de los hombres y mujeres de a pie.
Por eso también se pretende explicar en este libro que
las muy lentas y sucesivas conquistas de libertades y derechos que se han
realizado por la mayoría de la población son tan recientes como frágiles. Eso
significa que la historia no es irreversible pero también que la historia está
abierta, la hacemos entre todos cada día y se confirma que, cuanto más
mecanismos de cooperación se desarrollan, más plurales y tolerantes son las
sociedades y más formados están los ciudadanos en el pensamiento crítico, más sólidas
son las mejoras de libertad, democracia y justicia para todos.
El estímulo para escribir con este afán se lo debo a los estudiantes con los que cada curso aprendo nuevas exigencias para abordar el futuro, porque dar clases no es una “carga”, fea denominación con la que algunos profesores hablan del trabajo docente para contraponerlo al prestigioso trabajo de investigar. Al contrario, dar clases es un privilegio social, aunque no se mida con sexenios de brillo investigador. Este privilegio es compartido con excelentes colegas de la Universidad de Castilla-La Mancha, profesores de Historia, de Hispánicas, de Arte, de Ingenierías, de Química, de Derecho, de Educación… A todos les debo compartir inquietudes y aprender a enseñar; son demasiados nombres para relacionarlos todos así que me limitaré a expresar ese reconocimiento en cuatro personas cuyos consejos para limar este manuscrito me han sido muy provechosos. Son las profesoras Rosario García Huerta y Raquel Torres y los profesores Damián González y Fernando del Rey Reguillo.

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