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Los Monty Python: por qué seguimos necesitando su irreverencia (por Ross Goose)


Escribir sobre los Monty Python no nace solo de la admiración, aunque sería absurdo negar que hay admiración. Nace también de una incomodidad: la de comprobar cómo un fenómeno cultural tan complejo ha terminado muchas veces reducido a una colección de frases repetidas, escenas memorables y gestos absurdos que circulan ya casi separados de su contexto original. Los cocos de Los caballeros de la mesa cuadrada, las discusiones imposibles, los ministerios ridículos, los personajes que entran y salen de escena como si el relato hubiese perdido la paciencia consigo mismo… todo eso forma parte de su leyenda, claro, pero quedarse ahí sería mirar a los Python desde la postal y no desde la grieta.

Mi libro Los Monthy Python (publicado en mayo de 2026 por Sílex ediciones) parte precisamente de esa grieta. De la intuición —cada vez más evidente cuanto más se estudia su obra— de que Monty Python no fue solo un grupo de cómicos brillantes, sino una forma de inteligencia colectiva aplicada a la demolición cultural. Bajo la apariencia del disparate había una maquinaria crítica muy precisa, una manera de mirar las instituciones, el lenguaje, la religión, la política, la televisión y hasta la propia narrativa desde un ángulo incómodo. Lo que parecía caos respondía muchas veces a una conciencia muy clara de lo que se estaba rompiendo.

Uno de los grandes malentendidos sobre Monty Python consiste en pensar que el absurdo era el destino, cuando en realidad era el camino. Su nonsense no era una huida del sentido, sino una forma de tensarlo hasta que mostrara sus costuras. Al interrumpir una escena, negar un final convencional, romper la continuidad de un sketch o llevar una situación burocrática hasta el delirio, no estaban simplemente haciendo algo raro: estaban señalando la fragilidad de muchas estructuras que aceptamos como normales porque nadie se detiene a mirarlas con suficiente insolencia.

Eso es lo que me interesaba contar. No tanto “lo graciosos que fueron”, que lo fueron, sino por qué su manera de hacer reír modificó nuestra relación con la autoridad, con el relato y con la solemnidad. Los Python entendieron que muchas instituciones sobreviven gracias a una escenografía de seriedad. Basta desplazar un poco esa escenografía, exagerarla o hacerla tartamudear para que aparezca el ridículo que la sostenía por debajo. Ahí la comedia deja de ser un adorno y se convierte en una herramienta de conocimiento.

Para entender su aparición hay que volver, inevitablemente, a la Gran Bretaña de finales de los años sesenta del siglo pasado. Un país en transformación, atravesado por tensiones generacionales, crisis de autoridad, herencias imperiales incómodas y una cultura televisiva que todavía conservaba muchas formas tradicionales. En ese contexto, Monty Python’s Flying Circus no fue simplemente un programa cómico innovador, sino una anomalía. Su estructura fragmentaria, su desprecio por los cierres limpios, su mezcla de erudición y gamberrismo, su voluntad de sabotear el propio lenguaje televisivo, hicieron que cada emisión funcionara casi como un pequeño atentado contra la normalidad formal.

Lo fascinante es que ese atentado no surgía de la improvisación salvaje, sino de una formación intelectual muy sólida. Los Python venían, en buena medida, de Oxford y Cambridge; conocían la tradición literaria, el pensamiento lógico, el teatro, la retórica, la historia cultural británica y los códigos de la televisión que estaban desmontando. Esa mezcla entre educación académica y pulsión irreverente produjo algo muy difícil de repetir: una comedia que podía ser popular sin ser simple, culta sin volverse inaccesible y feroz sin perder ligereza.

En el libro me interesaba mucho reivindicar esa dimensión intelectual de la comedia. Todavía arrastramos cierta tendencia a considerar el humor como una forma menor, como si pensar en serio exigiera necesariamente hablar con solemnidad. Monty Python demuestra justo lo contrario. Su obra permite ver que una carcajada puede contener una crítica política, una pregunta filosófica o una impugnación radical de las jerarquías culturales. En La vida de Brian, por ejemplo, la cuestión no se agota en la parodia religiosa; lo que se pone en juego es también la construcción del dogma, la obediencia colectiva, el deseo de pertenecer y la facilidad con la que una comunidad convierte cualquier gesto en doctrina.

Algo parecido ocurre con El sentido de la vida, donde el humor se acerca a preguntas enormes —el nacimiento, la muerte, el cuerpo, la moral, la educación, el consumo, la trascendencia— sin necesidad de revestirse de solemnidad. Y en los sketches televisivos, incluso cuando la superficie parece liviana, aparece una y otra vez esa obsesión por desmontar lenguajes de poder: el burocrático, el militar, el académico, el religioso, el jurídico. Los Python detectaban con una precisión extraordinaria los lugares donde el lenguaje deja de comunicar y empieza a imponer.

Por eso su influencia no puede medirse solo en términos de nostalgia. No hablamos únicamente de un grupo que hizo reír a varias generaciones, sino de una forma de entender el humor que ha terminado filtrándose en buena parte de la comedia posterior. La sátira política contemporánea, la televisión metanarrativa, ciertos mecanismos del humor digital, la fragmentación del meme, la ironía autorreferencial o la costumbre de romper la lógica interna de un relato tienen, de un modo u otro, una deuda con aquella revolución. Los Python ayudaron a cambiar no solo aquello de lo que nos reíamos, sino también la manera en que aprendimos a reírnos de las estructuras que nos rodean.

Otro aspecto fundamental del ensayo es la propia composición del grupo. Monty Python no fue una mente única ni una fórmula perfecta. Fue una convivencia compleja de sensibilidades distintas, a veces complementarias y a veces en tensión. John Cleese, Graham Chapman, Eric Idle, Terry Jones, Michael Palin y Terry Gilliam aportaban registros, obsesiones y formas de imaginación muy diferentes. Esa diferencia fue parte esencial de su fuerza. La severidad estructural, la imaginación visual, la provocación satírica, la humanidad observacional, el impulso narrativo y la tendencia al caos convivían en un equilibrio frágil, pero precisamente por eso tan fértil.

Me parecía importante alejarme de la idea del genio homogéneo. Los Python fueron brillantes, sí, pero también fueron contradictorios, humanos, desiguales, discutidores, atravesados por afinidades y tensiones. Su obra nace de una alquimia difícil, no de una unanimidad cómoda. Y quizá eso explique parte de su potencia: no hay en ellos una sola manera de mirar el mundo, sino varias inteligencias chocando entre sí hasta producir algo que ninguna habría conseguido por separado.

La pregunta de fondo, sin embargo, no era solo por qué fueron importantes entonces, sino por qué siguen importando ahora. Revisar a Monty Python en nuestro presente tiene una resonancia particular porque vivimos en una época obsesionada con los límites del humor, la sensibilidad pública, la corrección, la censura, la polarización y el miedo a la incomodidad. Volver a ellos no significa defender cualquier provocación ni convertir la irreverencia en una coartada para la brutalidad. Significa recordar que la sátira cumple una función cultural imprescindible cuando se atreve a mirar de frente aquello que una sociedad prefiere mantener blindado.

El humor de Monty Python incomodaba porque no aceptaba zonas sagradas con facilidad. Podía dirigirse contra la religión, la política, la burocracia, la moral social, la universidad, el ejército o incluso contra la propia lógica del espectáculo. Su fuerza estaba en esa negativa a dejar intactas las solemnidades heredadas. Y ahí aparece una de las razones por las que me parecía urgente escribir este libro: porque una cultura que pierde la capacidad de reírse de sus estructuras de poder corre el riesgo de volverse demasiado obediente, demasiado temerosa o demasiado satisfecha de sí misma.

No se trata de idealizarlos ni de convertirlos en santos patronos de la libertad cómica. Sería absurdo, y además poco pythoniano. Se trata de leerlos con la complejidad que merecen, entendiendo tanto su contexto como sus límites, tanto su audacia como sus contradicciones. Precisamente porque fueron hijos de su tiempo, resulta interesante comprobar qué zonas de su obra siguen funcionando, cuáles se han desplazado y qué preguntas nuevas nos obligan a formular.

Mi libro quiere situarse ahí: no en la veneración automática, sino en el análisis cultural. Me interesaba escribir una obra que pudiera atraer al lector que ya ama a los Python, pero también a quien desea entender por qué ese fenómeno sigue teniendo relevancia más allá de la memoria afectiva. Porque comprenderlos no consiste solo en reconocer escenas famosas; consiste en advertir cómo modificaron nuestra relación con el poder, el lenguaje y la cultura popular.

En el fondo, Monty Python nos recuerda que el pensamiento crítico no siempre adopta formas solemnes. A veces llega disfrazado de caballero absurdo, de burócrata delirante, de profeta involuntario o de animación recortada que irrumpe para destruir la lógica de la escena. A veces la inteligencia cultural no se presenta como tratado, sino como carcajada. Y quizá por eso resulta tan eficaz: porque entra por el humor y, cuando queremos darnos cuenta, ya ha puesto en cuestión algo que creíamos estable.

Esa es la razón por la que sigo creyendo que necesitamos volver a mirarlos. No para repetirlos, ni para refugiarnos en una nostalgia cómoda, sino para recuperar una disposición crítica que hoy resulta especialmente valiosa: la de no conceder a ninguna estructura una inmunidad absoluta frente a la risa. Los Python entendieron que ridiculizar una solemnidad no siempre es frivolizarla; muchas veces es la única forma de comprobar si esa solemnidad tenía algún fundamento real.

Escribir Los Monty Python ha sido, para mí, una manera de defender esa mirada. Una mirada culta, irreverente, incómoda, profundamente libre. Una mirada que no separa la inteligencia del juego ni el análisis del placer. Una mirada capaz de entender que el absurdo no es necesariamente evasión, sino que puede ser una forma radical de lucidez.

Quizá por eso los Monty Python han sobrevivido tan bien al paso del tiempo. No solo porque fueron brillantes, sino porque siguen siendo útiles. Su obra continúa ofreciendo herramientas para pensar la autoridad, la obediencia, el dogma, el lenguaje y la fragilidad de nuestras certezas. Y en una época que a menudo parece debatirse entre la solemnidad excesiva y el ruido vacío, volver a ellos permite recordar algo esencial: que la cultura también necesita espacios donde la inteligencia pueda reírse, desobedecer y mirar de nuevo.

Porque los Python no cambiaron únicamente la historia del humor. Cambiaron la manera de mirar. Y quizá, precisamente ahora, necesitamos recuperar algo de esa mezcla improbable de valentía, insolencia y lucidez.

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