La Guerra Civil española (1936-1939) ha sido estudiada desde múltiples perspectivas, contemplada a partir de los numerosos ángulos y matices de una realidad observable, para el historiador, bajo prismas distintos y, como siempre que se adopte un modelo sistémico de análisis, complementarios. Solo valorando y teniendo en cuenta los acontecimientos políticos, bélicos, económicos, sociales, etc., correctamente contextualizados en el marco nacional español y, desde luego, en el del mundo del periodo de entreguerras, se puede ofrecer una sólida visión global de aquellos hechos tan decisivos en la historia de España.
Las líneas que siguen se centran, únicamente, en una de esas
posibles posiciones de observación: la referente a la cultura. Y no
lo hacen de un modo sistemático, sino pretendiendo exponer, bajo tipologías de
las que escaparán casos concretos, una serie de pequeñas
historias.
La muerte
Guerra y muerte
Dos palabras que en la lengua española (posiblemente, en todas
las lenguas) van siempre de la mano. Trágica e indisolublemente unidas.
Indisociables. La Guerra Civil española, que no fue una excepción, se cobró
muchas vidas, entre ellas las de algunas personalidades que propiciaron que la
cultura española sea lo que es. Cuatro pequeñas historias, solo cuatro…
Las cunetas
Detenido el 16 de agosto de 1936 en la casa de su amigo y
también escritor Luis Rosales, el poeta y dramaturgo Federico
García Lorca fue fusilado horas después, en la madrugada del día 18 de
ese mes, por causas que aún son motivo de debate y estudio (pero entre las que
siempre se han contado algunas como su decidida defensa de la República y su
homosexualidad). Dónde exactamente, aún no se sabe con certeza, pero muy
posiblemente en alguna cuneta o paraje solitario en las cercanías del granadino
barranco de Víznar.
Esas cunetas y parajes solitarios en las que a tantos les fue
arrebatada la vida. En este caso, la de uno de los principales creadores en
lengua española.
Las tapias del cementerio
Miembro
de la generación del 98, Ramiro de Maeztu evolucionó
ideológicamente desde una juvenil aproximación al socialismo moderado hasta
tendencias más conservadoras, vinculadas a la firme defensa del catolicismo y
el tradicionalismo.
Tal sentir está presente en dos de sus obras más famosas: La crisis del humanismo (1920)
y Defensa de la
Hispanidad (1934). A finales de julio de 1936, fue detenido y
encarcelado en Madrid por fuerzas defensoras de la República. El 29 de octubre
de ese año fue fusilado en el cementerio del entonces
pueblo madrileño de Aravaca.
Paracuellos
Entre noviembre y diciembre de 1936, tuvo lugar uno de los
episodios más controvertidos de la Guerra Civil española. Si el antifranquismo
militante recordó siempre momentos como el bombardeo de Guernica entre los
iconos de la barbarie, los fusilamientos de Paracuellos fueron el contrapeso de
la balanza esgrimido desde la opción ideológica opuesta para argüir la
crueldad, violencia y arbitrariedad del enemigo.
En el contexto de la batalla de Madrid, millares de presos
partidarios de los rebelados fueron trasladados desde las prisiones en que
estaban recluidos hasta Paracuellos del Jarama,
municipio próximo a la capital donde fueron fusilados sistemáticamente por
milicianos republicanos. Una de las víctimas de aquellos sucesos fue el
dramaturgo Pedro Muñoz Seca, autor de una de las
obras más populares del teatro español, La
venganza de don Mendo.
La cárcel y la enfermedad
Un
pastor autodidacta, capaz de convertirse en uno de los emblemas de la poesía
contemporánea hispana y de asir sin dudarlo un arma para defender la causa
republicana, en cuanto esto fue necesario. Miguel
Hernández, militante del Partido Comunista de España (PCE), mantuvo
una doble actividad en el transcurso de las hostilidades: empuñando su fusil
como miliciano (primeramente, en el mítico 5º Regimiento) y escribiendo
poemarios de guerra como Viento
del pueblo y El
hombre acecha. Concluida
la contienda, fue capturado. Pasó por diversas cárceles antes de morir, en una
de Alicante, como consecuencia de la
tuberculosis contraída en prisión.
La movilización interior de las fuerzas defensoras de la II
República
La Alianza
El 30 de julio de 1936, pocos días después de iniciarse la
contienda, se fundó en Madrid la denominada Alianza
de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura (más
conocida por el nombre abreviado de Alianza de Intelectuales Antifascistas).
Alumbrada como rama española de la Asociación Internacional de
Escritores para la Defensade la Cultura(establecida en París un año antes), a
ella estuvieron adscritos los nombres de los principales autores españoles
comprometidos con la esencia de aquel organismo (la defensa de la cultura y el
sistema democrático frente a la agresión fascista al Gobierno republicano del
Frente Popular); entre ellos, la filósofa María
Zambrano, el cineasta Luis Buñuel y
los poetas Luis Cernuda, el ya mencionado Miguel
Hernández y Rafael Alberti.
El poeta militante, el poeta en la calle
Afiliado al PCE, el poeta Rafael
Alberti desplegó tras la proclamación de la II República y durante
la Guerra Civil un intenso activismo como militante político y como creador
literario, quedando esta última faceta al servicio de la primera. Fruto
inequívoco de ambas fue la obra El
poeta en la calle, cuyos
poemas, publicados a lo largo de la década de 1930, vieron la luz de forma
conjunta en 1938 bajo el mencionado título.
Bibliotecas en el frente
Fracasada en Madrid la sublevación, los alzados, decididos en un
primer momento a tomar la capital para un triunfo inmediato, marcharon sobre
ella desde diversos frentes. Las columnas del general Emilio Mola bombardearon
Guadarrama desde la vertiente segoviana del Alto del León, defendido desde la
madrileña de forma espontánea por milicianos,
cuyas familias eran atendidas por los ayuntamientos y organizaciones de
asistencia como Socorro Rojo.
Más
tarde, llegarían al frente de la sierra refuerzos de nuevos milicianos, ya
encuadrados en compañías. Fueron las primeras de ellas las Compañías de Acero,
organizadas por el 5º Regimiento de Milicias
Populares, el 5º Regimiento del PCE en el que ya dijimos que militaba
Miguel Hernández, cuyo origen se encuentra en las Milicias Antifascistas
Obreras y Campesinas (MAOC), creadas por el propio PCE.
Pues bien, de forma simultánea a todo este esfuerzo defensivo,
nacieron en Madrid diversas organizaciones (cuyos integrantes eran igualmente
considerados milicianos) dedicadas a la extensión
de la cultura, que igual organizaban actos que establecían bibliotecas
(algunas de ellas volantes, transportando libros a los frentes de guerra).
Entre estas organizaciones –que también desempeñaban una importante función de
propaganda política- cabe mencionar a Cultura
Popular, que desarrolló sumisión cultural entre las bombas que los
aviones alemanes Heinkel y Junker, y los italianos Caproni no tardaron en dejar
caer, a diario, sobre Madrid.
La movilización exterior de las fuerzas defensoras de la II
República. Hombres de pluma y espada
Si manifiesta fue la movilización de muchos intelectuales
españoles ante la guerra desatada en su patria (hay que precisar que el campo
de batalla español se consideró siempre el escenario de la lucha genérica y
universal entre totalitarismo y democracia), una referencia muy especial
merecen aquellos que acudieron a España a poner su vida al servicio de unos
ideales o, como poco, a dar testimonio al mundo, por el ejercicio de su
actividad profesional, de lo que en ese país acontecía. Tipos de
pluma y espada. Unos ejemplos pueden bastar.
El diplomático
En mayo de 1934, el poeta chileno Pablo
Neruda llegaba a Madrid para convertirse en cónsul de su país en
España. El que sería premio Nobel de Literatura en 1971 forjó y alimentó en
España una buena red de amistades. Entre ellas, lógicamente, contó con la de
diversos poetas, algunos ya citados en este texto, como Alberti, Hernández o
García Lorca. El también ya referido fusilamiento de este último le marcaría.
Neruda se adhirió sin reservas, desde el primer momento, a la
causa republicana. Y no de manera tibia, desde luego, sino lo suficientemente
significada como para que el Gobierno chileno, valorando que podía estar
vulnerando el principio de neutralidad, clausurara su consulado madrileño. De
tal modo que, a finales de 1936, Neruda se trasladó a París. En la capital
francesa culminaría la redacción de los poemas integrantes de España en el corazón, obra
publicada en Chile en noviembre de 1937.
Al año siguiente, Pedro Aguirre Cerda,
nuevo presidente de la República chilena tras el triunfo electoral del Frente
Popular, del que era candidato, le nombró cónsul en París. Desde su nuevo
destino, Neruda organizó el viaje de un buque, de nombre Winnipeg, que en
1939 desembarcaba en el puerto de Valparaíso a más de 2.000 exiliados
españoles.
El idealista
El escritor y activista británico George
Orwell formó parte de aquellos militantes del Partido Laborista
Independiente (en el que militaba) que presintieron que, en 1936, no había
mejor lugar que España para defender la libertad. La decisión se tradujo en el
viaje del grupo para defender con las armas al régimen republicano.
Orwell llegó a Barcelona en los últimos días de 1936, quedando
encuadrado en las milicias del Partido Obrero de
Unificación Marxista (POUM), de orientación trotskista,
cercano durante la contienda a las posiciones revolucionarias anarquistas de la
Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y
la Federación Anarquista Ibérica (FAI), y
radicalmente enfrentado a las directrices estalinistas marcadas, a través
del PCE, desde Moscú.
La experiencia de Orwell en la contienda se saldó con una herida
de bala, disparada desde las trincheras enemigas, y una persecución (compartida
con otros poumistas y anarquistas) sufrida en las propias como resultado de los
de sobra conocidos sucesos acaecidos en mayo de
1937 en la ciudad condal.
Orwell relató sus experiencias españolas en Homenaje a Cataluña (1938).
Años después, publicaría dos obras que se convertirían en sendas celebérrimas
metáforas condenatorias de los regímenes totalitarios: Rebelión en la granja (1945)
y, cómo no, 1984 (1949).
La escuadrilla
En julio de 1936, el escritor francés André
Malraux era ya un destacado activista en el contexto europeo de la
lucha antifascista. Un año antes, había publicado La época del desprecio,
un relato cuyas páginas vieron la luz como consecuencia de un viaje realizado
por el autor a Alemania en el que tuvo la oportunidad de conocer, de primera
mano, la realidad del régimen de Adolf Hitler. De tal forma que, en el verano
más triste de la historia de España, Malraux no dudó en ponerse al servicio de
la II República.
Y sin vacilación, desde luego: en agosto, al mes siguiente de la
sublevación, ya había organizado un escuadrón aéreo, la Escuadrilla
España (que luego pasaría a ser denominada Escuadrilla
Malraux), cuyas operaciones se prolongaron en el tiempo hasta febrero
de 1937. El coronel Malraux (pues así se le puede llamar una vez que recibiera
del Gobierno republicano tal graduación militar) plasmó estas experiencias
en La esperanza,
novela publicada en Francia en diciembre de ese mismo año 1937.
El apóstata
En octubre de 1934, otro escritor francés, Georges
Bernanos, se había trasladado a residir a la ciudad española de
Palma de Mallorca. Hombre de fuertes convicciones católicas y nacionalistas, en
Francia se había relacionado con la conservadora Action
Française de Charles Maurras, con el que rompió tales vínculos en
1932. Dado su posicionamiento ideológico, parece lógica su inicial adhesión a
la causa sublevada, alterada como resultado de las percepciones que le
ofrecieron los primeros meses de la contienda.
En marzo de 1937, dejó España y regresó a Francia. Al año
siguiente, vio la luz uno de sus más famosos escritos, Los grandes cementerios bajo la luna, vívido
y sincero testimonio de la represión ejercida por las fuerzas franquistas en la
isla de Mallorca.
¿Sólo literatura?
Restringir estas notas al mundo de la literatura sería ofrecer
una visión reduccionista de la cultura. Los siguientes casos lo demuestran.
Cuatro ejemplos. Sólo cuatro de tantos…
El periodista
El escritor, periodista y, sobre todo, aventurero
estadounidense Ernest Hemingway estuvo
presente en la Guerra Civil española en calidad de corresponsal. El impacto de
lo que conoció en esa etapa de su vida se reflejó en su obra de teatro La quinta columna (1938)
y en la novela Por
quién doblan las campanas (1940).
El periodista gráfico: el fotógrafo
La fotografía y la Guerra Civil española quedaron
indisolublemente unidas por un nombre, nuevamente el de un extranjero que quiso
dar testimonio de lo ocurrido, en este caso con una
cámara.
Para muchos, la obra del estadounidense Robert
Capa (nacido en Hungría con el nombre de André Friedmann) marcó
un antes y un después en la historia de la fotografía. Su obra demuestra
sobradamente su concepto: el fotógrafo, con su cámara, está en disposición de
hacer imperecedero el instante temporal; de perpetuar y convertir en histórica
la fugacidad; de detener el presente, captarlo y legarlo al futuro.
Y eso fue lo que realizó, como corresponsal de la revista Life, durante la
lucha española. Posteriormente, el consumado reportero gráfico estaría presente
en la II Guerra Mundial y en la guerra de Indochina (donde, en 1954, murió al
pisar una mina). De todas las fotografías que efectuó en España, una de ellas, Muerte de un miliciano, pasó a ser la
imagen por excelencia de la contienda. Aunque existen serias dudas, se cree que
el 5 de septiembre de 1936, en Cerro Muriano (Córdoba), Capa captó el momento
en que, víctima de un disparo, el miliciano Federico Borrell perdía la vida
defendiendo a la República.
El pintor
El 26 de abril de 1937, la Legión Cóndor (uno de los principales
apoyos que Alemania prestó a las fuerzas rebeldes de Francisco Franco)
bombardeó de manera indiscriminada la histórica población vasca de Guernica y
Luno. La acción se convirtió en un referente universal de los
horrores de la guerra.
El Gobierno republicano encargó al artista Pablo
Ruiz Picasso que realizara una obra que reflejara aquella tragedia para
ser exhibida en la Exposición Internacional de París de aquel año. El resultado
fue Guernica,
uno de los cuadros clave del arte contemporáneo.
El cartelista
El cartelismo vivió una auténtica edad de oro en España durante
la II República y la Guerra Civil.
Concebidos como instrumentos
propagandísticos para lograr la movilización de los colectivos y la
adhesión estrecha de la sociedad a causas o posiciones muy concretas, los
carteles proliferaron de forma pareja a su progresivo perfeccionamiento técnico
y semántico. Si su expresión formal y visual adquirió altas cotas en el plano
puramente estético, en el aspecto textual se erigieron en férreos transmisores
de solicitud de solidaridades gracias a unos mensajes tan concisos como
directos y plenos de carga ideológica.
Hay quien ha afirmado que el cartelismo político puede incluso
considerarse un subgénero artístico propio de la edad contemporánea. Con
anterioridad a la contienda intestina española, la Revolución Rusa había
marcado un importante episodio de su eclosión como tal. Uno de los famosos
cartelistas españoles fue Josep Renau, director
general de Bellas Artes del Gobierno republicano durante la guerra.
El involucionismo cultural de los sublevados: del nacimiento del
nacionalcatolicismo a ‘Raza’
El 1 de julio de 1937, se hacía pública la Carta Colectiva de los Obispos
españoles, dirigida por estos a sus homólogos de todo el mundo
con motivo de la guerra. En ella, la Iglesia católica española mostraba a las
fuerzas de Francisco Franco un apoyo que ya era patente desde que, en
septiembre de 1936, el llamado Alzamiento Nacional recibiera por primera vez el
calificativo de Cruzada (así
la definió el obispo de Salamanca, Enrique Pla y Deniel, en su carta
pastoral Las dos
ciudades, defendiendo la causa sediciosa).
Tras el triunfo bélico de Franco, el régimen autoritario que
este implantó en España tuvo uno de sus principales pilares de sujeción en la
Iglesia católica, cuya preeminencia en los aspectos religioso, educativo y
cultural la erigieron en ente modelador de una sociedad caracterizada por el
tradicionalismo y por una moral privada y pública férreamente dependiente de
los valores religiosos católicos. Ese nacionalcatolicismo se
perpetuaría como esencia de la España franquista.
Hubo, cierto es, algún pequeño resquicio. En marzo de 1938, el
falangista Dionisio Ridruejo se convirtió en
director general del Servicio Nacional de Propaganda del Gobierno de Franco
radicado en Burgos. Alrededor de Ridruejo se agruparon escritores como Pedro
Laín Entralgo, Gonzalo Torrente Ballester, Luis
Felipe Vivanco y Luis Rosales,
quienes acabarían por constituir el que fue denominado Grupo de
Burgos. La importancia de este entorno consistió en que su
concepción intelectual del que habría de ser nuevo régimen español terminó por
provocar su distanciamiento ideológico de Franco y la génesis de un peculiar
núcleo disidente con el monolítico franquismo.
Un monolitismo del que habla la escasa prodigalidad de
manifestaciones culturales dignas de mención, salvo que se tengan por tales la
faraónica obra arquitectónica dedicada a “los Caídos” en la sierra madrileña o
la aportación al celuloide de Jaime de Andrade,
seudónimo con el que el mismísimo Francisco Franco se
atrevió a entrar en la historia del cine primero como novelista y luego como
guionista del largometraje estrenado en 1941 bajo el significativo título
de Raza.
El exilio
Una de las consecuencias que la Guerra Civil tuvo en la sociedad
española fue el exilio al que muchos se vieron obligados por el temor a la
represión o al que optaron por la disconformidad con el régimen implantado.
Entre los españoles, anónimos y célebres, que prefirieron o tuvieron que dejar
su país hay que mencionar a los que dejaron a la posteridad el legado de su
pensamiento; buena parte de una generación de intelectuales cuya creación se
desarrolló fuera de su patria.
Sería prolija la relación de nombres a los que la contienda
empujó a una vida distinta a la que posiblemente hubieran tenido si la historia
de su país hubiera sido otra. Poetas como León
Felipe; pintores como Picasso;
cineastas como Buñuel; María
Zambrano y otros muchos filósofos, como los acogidos, física e
institucionalmente, en El Colegio de México;
historiadores como Claudio Sánchez Albornoz o Manuel
Tuñón de Lara…
Una pléyade de creadores que en el entorno literario dio a los
manuales su propia generación: la generación del exilio, en la que figuran
Jorge Guillén, Pedro Salinas, Jorge Semprún, Josep Carner, Alfonso Rodríguez
Castelao, Rafael Dieste…
Y Arturo
Barea, quien legó una obra básicamente autobiográfica vertebrada en
torno a la trilogía La
forja de un rebelde (1941-1944), que integran La forja (sobre la
España que despertaba al siglo XX), La
ruta (centrada en las guerras de Marruecos) y La llama (sobre la
Guerra Civil misma); y La
raíz rota (1955, con el exilio como núcleo argumental).
Y Ramón J. Sender,
quien, como Barea, plasmó vivencias en primera persona sobre las guerras de
Marruecos, en Imán (1930),
y el comienzo de la Guerra Civil, en Contraataque (1937),
además de disponer la contienda como escenario de una pequeña joya como Réquiem por un campesino español (1953,
cuando se publicó intitulada Mosén
Millán). Un Sender cuya esposa era fusilada en Zamora mientras él
defendía Madrid…
Y tantos y tantos otros que fueron, por unas circunstancias que
no volverán a ser…
[Este texto del autor apareció el 5 de marzo de 2012 en la revista Anatomía de la Historia]

E
ResponderEliminarSiempre me pregunto por qué en todos los listados, en uno u otro bando, no se nombra a Falla, republicano nacionalista, músico universal, profundamente católico, exiliado y muerto en Argentina.
Pues mira, ya tienes ahí tu oportunidad de salvar ese escollo. Aunque como se indica en el texto no hay pretensiones de agotar el listado, porque no es lo que pretende, ser un listado. Gracias por leer Insurrección.
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