«La vida de los muertos está en la memoria de los vivos». Con esta tremenda sentencia de Cicerón termina 1980, el desgarrador documental del director vasco Iñaki Arteta.
Mientras el espectador recupera el aliento, un enorme
listado de nombres asciende por la pantalla en negro al final de la película,
recordándonos la identidad de todas las víctimas mortales provocadas por ETA aquel
año. La mayor parte de ellas nos resulta desconocida. Ocuparon brevemente un
titular en los periódicos o los primeros minutos de los telediarios y
desaparecieron para siempre de nuestra memoria a los pocos días.
El infierno vasco
1980 es
un viaje al pasado, un
descenso al infierno vasco, a
aquellos terribles años de plomo que vivimos hace poco más de tres décadas. Tan
lejos y tan cerca. Pero sobre todo 1980 es una película tan incómoda como necesaria.
En un momento donde parecen cuestionarse todas las
decisiones adoptadas durante la Transición, donde se pone en cuestión de forma despectiva todo
lo que se fue forjando en el “Régimen (democrático) del 78”, convendría
recordar a los más críticos las tremendas dificultades que tuvo solventar la
joven democracia en España para consolidarse, acosada por el terrorismo y
por un ensordecedor ruido
de sables que atronaba en
los cuarteles.
El documental rescata del olvido muchos de los
dramáticos momentos que se vivieron en aquel año, que supuso la culminación de
una estrategia criminal emprendida por ETA a finales de 1977.
Desde esa fecha hasta 1980 ETA asesinó a más de doscientas treinta seres humanos. Todo ello en un periodo de apenas tres años donde
fueron aprobados la Constitución y el Estatuto
de Autonomía del País Vasco. Tan
solo en el año que da nombre a la película la banda terrorista cometió
doscientos atentados, acabó con la vida de más de noventa personas, sin contar
los heridos, la extorsión económica, la docena de secuestros que se produjeron
en aquellos meses, los terribles estragos, el chantaje y sobre todo un elemento
imposible de cuantificar y expresar en cifras: el miedo.
Un miedo denso, soterrado y silencioso. Decía el
periodista y escritor Luciano
Rincón refiriéndose a
aquella época:
“teníamos miedo incluso de decir que teníamos miedo”.
La mera confesión de ese sentimiento podía poner a
quien así se expresaba en
el punto de mira, en el ojo
acusador de la sospecha.
A lo largo de los ciento cinco minutos que dura el
film Iñaki Arteta traza un recorrido donde centra su atención en las víctimas de aquel horror. Vuelve con algunas de ellas o con sus familiares
directos a la escena del crimen, tal y como ya hizo en anteriores trabajos (Trece
entre mil, 2005).
Los miembros de las Fuerzas del Orden Público y del Ejército forman el grupo más numeroso de este terrible
listado de víctimas. Y junto a ellos todo un reguero de personas “acusadas” por la banda terrorista, su entorno y sus medios de comunicación, de
pertenecer o simpatizar con la derecha española, de formar parte de los grupos
de incontrolados, de ser confidentes de la policía o traficantes
de drogas.
“Algo habrá hecho”.
Cualquier excusa era razón suficiente para aparecer en los papeles, ser
asesinado y justificar su muerte ante una sociedad vasca que parecía
anestesiada ante el horror. Durante aquel año ETA golpeó con saña a
la UCD, asesinando a varios de sus dirigentes, hasta conseguir
prácticamente borrar del mapa a este partido en el País Vasco.
El documental nos recuerda la tremenda soledad,
el abandono que vivieron las víctimas y sus familiares más directos. Viudas y huérfanos que
tuvieron que abandonar sus casas y marchar hacia el exilio. Para los que se
quedaron aquí fue aún más duro. Vivieron marcados par siempre por el estigma de
ser familiares de una víctima de ETA, y por ello fueron señalados, repudiados o
simplemente ignorados por sus vecinos o por sus compañeros de trabajo o de
clase, aquellos a quien creían sus amigos.
La mancha de la culpa, la de la vergüenza, se extendió
a los seres más queridos. Daba igual la edad que tuvieran, no hubo piedad.
Susana García,
hija de Jesús García, un hostelero que fue asesinado en la vizcaína
Barakaldo tras ser acusado de ser miembro de la ultraderecha, lo expresa con
amargura en el documental:
“Nadie en el instituto me volvió a dirigir la palabra
en el año y medio que aguantamos en el pueblo antes de que nos marcháramos,
bueno nos echaran. El único amigo que me quedó fue mi hermano. Yo tenía 14
años”.
Los testimonios
de las víctimas en este
trabajo, como en otros anteriores del mismo director, resultan aterradores.
Gema López, viuda
de uno de los tres miembros de la Guardia Civil que fueron asesinados en la
alavesa Salvatierra (hoy en día Agurain) mientras ordenaban el tráfico en una
prueba ciclista, recuerda como su marido y sus compañeros fueron tiroteados a
sangre fría por los miembros de un comando que descendió de un coche cerca de
la patrulla. Tras disparar sobre ellos a sangre fría los terroristas huyeron
del lugar de los hechos, pero el público que asistía a la carrera les alertó:
“¡Está vivo, está vivo!”. “Se dieron la vuelta y lo remataron con 24 tiros”.
Previamente el cura del pueblo, Ismael
Arrieta Pérez de Mendiola, se
había acercado al cuartel de la Guardia Civil de Salvatierra para interesarse
por la hora de paso de la carrera. Él fue quien informó al comando que arrebató
la vida a aquellos seres humanos.
La dignidad
devuelta
Sí, la obra de Arteta es incómoda, porque nos recuerda lo que hicimos y sobre todo lo que no hicimos como sociedad vasca. Recuerda las complicidades de muchos y el silencio de casi todos.
Pero 1980 no solo tiene un valor
testimonial que trata de devolver
la dignidad a las víctimas olvidadas en un ejercicio de justicia poética. La obra tiene un enorme
valor como documento
histórico que retrata y
analiza toda una época y a toda una sociedad. Para ello cuenta con un destacado
grupo de periodistas, historiadores, filósofos y políticos que vivieron de un
modo u otro aquellos acontecimientos.
Hay también un obispo. Aunque sea emérito, nunca puede
faltar uno en una historia, en un informe o en un Plan que hable sobre el País
Vasco. El testimonio de monseñor
Setién es uno de los más
escalofriantes, y contrasta con la tremenda humanidad de las víctimas, pero sin
duda es un testimonio necesario para comprender muchas cosas de las que pasaron
allí, y sobre todo, del ambiguo papel que jugó la Iglesia vasca frente
al terrorismo. Como ha recordado Antonio
Muñoz Molina, “Setién enuncia
fríos silogismos sobre lo que él llama “derechos colectivos” moviendo unas
manos pálidas que parecen tan heladas como la expresión de su cara” (Babelia,
El País, 25 de octubre de 2014).
Tampoco tiene desperdicio el testimonio de Ramón Labayen,
por entonces consejero de Cultura del recién nacido Gobierno Vasco.
Sus palabras sobre ETA y lo que esta organización supuso para el nacionalismo
moderado resultan tan inquietantes como esclarecedoras.
No ha sido fácil la andadura de este film desde su
proyecto inicial hasta el momento de su estreno. Frente al apoyo que han
recibido otras películas y documentales por parte de las instituciones
públicas, 1980 ha tenido que financiarse en gran medida
gracias al sistema de crowdfunding, es decir, a las
aportaciones voluntarias realizadas por una larga lista de colaboradores,
muchos de ellos simples ciudadanos conmovidos por la importancia y hondura este
proyecto.
Tras ser presentada en la sección Tiempo de Historia en la Seminci de Valladolid el mes de octubre de este año, el de su estreno,
2014, el documental trata de proyectarse en las salas comerciales. No lo tiene
fácil, al menos en el País Vasco, donde se constata una cierta prisa por pasar página sobre lo sucedido. Desde que comenzó a constatarse la proximidad del
final del terrorismo quienes lo sostuvieron durante décadas, quienes lo
jalearon y justificaron, se han embarcado en una campaña que pretende blanquear
su pasado.
La memoria de lo ocurrido durante las últimas décadas
se ha convertido en el País Vasco en un campo de batalla donde pugnan
diferentes relatos. Frente a los esfuerzos de diversos colectivos, asociaciones
y fundaciones de víctimas, empeñados en reivindicar la memoria de las víctimas
y al análisis riguroso del
pasado que hacen los historiadores,
que trata de explicar las razones del terrorismo, analizar el comportamiento de
la sociedad vasca y rescatar el testimonio de las víctimas, se erige el relato
del nacionalismo radical, empeñado en apuntalar su peculiar teoría de un
conflicto entre dos bandos que necesita difundir a través de su literatura
militante la imagen de un pueblo martirizado, sometido por España, donde unos
jóvenes idealistas se vieron abocados a reaccionar y tomaron las armas.
En medio de esta colisión de relatos la apelación a la reconciliación se ha convertido en una beatífica expresión
de buenísmo reverencial, que trata de disolver
responsabilidades sobre la ocurrido. Todos cometieron atrocidades, todos fuimos culpables, luego todos somos inocentes. Por ello la película de Arteta resulta tan
necesaria, porque ahonda en aquel oscuro pasado y lo ilumina con la luz de su
cámara para mostrarnos, con respeto, con dignidad, pero sin componendas, las huellas del horror.
Este artículo de José Antonio Pérez Pérez apareció en la revista digital Anatomía de la Historia, que yo dirigí, el 1 de diciembre de 2014


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