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El comisario Lascano entra en escena: Ernesto Mallo se consagra

El novelista y dramaturgo argentino Ernesto Mallo es el creador de un personaje de novela negra que protagoniza desde 2011 una brillantísima serie de novelas: el comisario Lascano, conocido habitualmente como el Perro.


Las tres primeras novelas de la serie Lascano, publicadas las dos primeras en aquel año 2011 y la tercera en 2012, son Crimen en el Barrio del Once, El policía descalzo de la Plaza San Martín y Los hombres te han hecho mal. Yo las leí una década después, seguidas, como si fueran una sola y en un santiamén de pocos días, llevado por la urgencia de la lectura que se convierte en algo vital, mejor dicho, inevitable.

Crimen en el Barrio del Once es la cuarta novela de Mallo, en ella aparece por primera vez Lascano, entonces comisario de la Policía Federal de Buenos Aires. Y es Buenas Aires en realidad la protagonista de estos libros, casi más que la propia Argentina, cuya historia desde la dictadura militar de la década de 1970 es recorrida como cada vez que la ficción novelesca sabe ser esa brillante colaboradora de los historiadores.

Mallo nos presenta de inmediato a Lascano:

 

“Así se siente Lascano esta y todas las mañanas desde la muerte de su mujer. Huérfano de niño, parecía predestinado a la soledad. Marisa fue una tregua de ocho años que la vida le concedió, argumento para seguir viviendo, recreo fugaz que finalizó hace menos de un año, dejándolo nuevamente varado en los bajíos de una isla donde se ganó con justicia su mote: el Perro”.

 

No hay fechas en la novela, pero podemos saber que es 1976 o así, y en aquel entonces, en Argentina (cuando había quienes han de “desparecer antes de que los desaparezcan”)…

 

“Las calles están vacías, los militares, entrenados para la acción, se aburren, se distraen hasta que la proximidad de un automóvil los pone alerta. Entonces dirigen sus cañones a las cabezas de los ciudadanos, tensan los dedos sobre los gatillos y tienen miedo, y el miedo es el pan del soldado”.

 

Porque no olvidemos que, Mallo no lo olvida, yo tampoco, “hoy, como ayer, las fuerzas armadas vienen a garantizar un principio inamovible: defender el bien es defender los bienes”.

Tampoco que antes hubo gente convencida de su “singular tarea de cambiar el mundo por la fuerza, lo quisiera el mundo o no. Eran parte de una juventud violentamente catequizada por las palabras de los nuevos profetas, como el Che. El resultado fue un cóctel letal”.

Ernesto Mallo escribe con una agilidad extraordinaria, con un ritmo muy de novela negra, de novela policiaca, que es lo que es esta primera novela y las demás de la serie. Mallo es otro de los grandes literatos que supera el género y escribe novela, que gestiona sus dotes literarias con el truco del embeleso de una trama con asesinatos, robos, malicia, mucha maldad y algo de ley. Un embeleso que, como siempre pasa con los grandes y las grandes de la novela negra, donde crece gigantescamente es cuando perfila personajes, seres humanos violentamente humanos, seres humanos violentamente literarios, y los hace moverse por la vida que es la propia novela.

 

“El enamoramiento es una psicosis pasajera, pero el amor es eterno mientras dura”.

 

Lascano, el comisario Venancio Ismael Lascano, es un oasis de verdadera justicia en medio de un Buenos Aires bandeado por la corrupción que se beneficia del crimen sin proceder jamás a desarticularlo:

 

“Lascano se abrazó con desesperación a lo que asumió como su misión en la vida: trabajar para hacer de este mundo un lugar más justo, aunque sea un tanto así. Ridículo, pero sólido como un tablón en medio del océano”.

 

Un faro, más que un tablón, un faro que casi nadie ve, en medio de los mares.

 

          “El futuro es un lugar que sólo existe en la imaginación”.

 


Las cuitas de Lascano nos las sigue contando Mallo en la segunda de sus novelas, El policía descalzo de la Plaza San Martín.

 

“Te equivocás, Perro, si todos fueran como yo estaríamos perdidos. La policía es un gran negocio, pero para que siga siéndolo tiene que tener un mínimo de eficacia, de existencia real. Hay tipos que no la ven, que no se dan cuenta de esta necesidad. Que no se avivan de que a los canas como vos hay que dejarlos que hagan su trabajo. No hay que dejarlos que acumulen mucho poder, porque ahí es cuando empiezan a generar problemas con sus ideales. ¿Sabés cómo definía Ford a un idealista? Parece que voy a enterarme. Un idealista es alguien que ayuda a otro a hacerse rico. ¿Y el otro qué es, un cínico? Puede ser, pero no nos pongamos moralistas”.

 

La vida también sigue su camino, la de los argentinos. Pasan los años, las décadas (“los milicos ya ni salen a la calle de uniforme. Tienen muchos quilombos en Tribunales. La cosa se les está poniendo pesada. Las leyes de punto final y obediencia debida que sacaron para que no los juzguen tienen muchos agujeros. ¿Cómo cuáles? Los pibes afanados a los guerrilleros, por ejemplo”), pero sigue siendo una especie de faro una frase que Mallo escribe aquí, esa de que “como con todo, no hay que exagerar con la ambición”.

Lascano intenta reconocer una Buenos Aires que después del “si lo sabe cante y si no, aguante” pasó a “brillar con plástico fulgor”.

 

“Liberados del terror de Estado, los consumidores están de fiesta, los funcionarios se rasgan las vestiduras hablando de democracia y la mayoría dice que nunca se enteró de las atrocidades cometidas por los militares. El dólar vale menos que el austral y la gente anda apuradísima por adquirir los últimos juguetes importados que quedan. Los comercios sólo consiguen parecer una mala imitación de las tiendas norteamericanas baratas. Una frenética compulsión a la compra es estimulada por la certeza inconsciente de lo volátil de esta prosperidad. Sin embargo, por las rajaduras de este decorado complaciente, ya están asomando a la fiesta los rostros del hambre y de la miseria que nadie parece querer contemplar”.

 

Mallo continúa escribiendo, y de qué manera, sobre ese “vínculo entre el amor y la muerte que nos empeñamos en ocultar tras baladas y madrigales”. Y le hace preguntarse a Lascano si “no será que el amor se muere en cuanto se le pone nombre, en cuanto se intenta atraparlo, en cuanto queremos apropiarnos de él: ¿No será que el amor, si no mata, muere?”

Porque la serie policiaca de Lascano (que se considera a sí mismo más honesto que los otros policías pero sin saber “si eso es por convicción o por cobardía”) es una serie romántica, en la que el amor, el desamor, la pérdida, el enamoramiento y el miedo al enamoramiento se convierten en un ámbito paralelo a la misma ciudad de Buenos Aires y a la situación social y política del país de Mallo. El propio Lascano “sabe que en la batalla entre la razón y la pasión siempre triunfa la pasión”.

Vayámonos largamente al Buenos Aires de Mallo y a su prosa impecable:

 

“Por la noche, donde Esteban de Luca forma con Chiclana una ochava de quince metros, hay un bodegón de camioneros en el que Doña Elvira prepara y sirve los mejores ravioles caseros con estofado que pueden encontrarse en la ciudad, probablemente en el país. Porciones abundantes de la pasta rellena con auténtica espinaca nadando en una salsa oscura como el destino, acompañada por una carne correosa a la que una larguísima cocción le ha quitado todos los ímpetus y en largas fibras se deshace en la boca o al toque del tenedor. Eso, con un tinto fresco y áspero, de damajuana, es una fiesta para los habitués del lugar. Por el aire, dejando una estela grasosa que aroma el salón y se pega a la ropa y al cabello, circulan parvas de papas fritas, milanesas a caballo, salchichas gordas con chucrut, guiso de mondongo con porotos, albóndigas del tamaño de una pelota de tenis, rabo de toro con papas. Éste es el reino del colesterol con ajo, del aceite con el picante, del postre tarantela, del vino con soda y de una camaradería gastronómica que no especula con la salud ni con el futuro, y que no le hace asco a la alegría de un plato fuerte en medio del invierno más crudo”.

 


Los hombres te han hecho mal
es la tercera de las novelas de Mallo/Lascano que he leído con verdadero placer literario.

 

          “¿Por qué es tan triste esa imagen congelada de la felicidad?”

 

A Lascano le han jubilado. Su amante Lila, psicoanalista ella, le tacha de asperger y le explica por qué eso es lo que le pareció cuando le conoció (y quizás le siga pareciendo):

 

“No disfrutás mucho del contacto social, no te preocupa tu aspecto, sólo te interesás verdaderamente por tu trabajo, para el cual tenés un talento especial y lo desarrollás con una inteligencia superior a la media. Sin embargo hay otras características tuyas que contradicen el diagnóstico. La ironía, el sentido del humor. Los asperger no los manejan, son muy literales. También sos intuitivo y hacés buena lectura del lenguaje no verbal”.

 

Lascano, que por fin tiene ahora tiempo de leer, se despacha a gusto, más de veinte novelas en sus dos primeros meses sin trabajar, lo que le lleva a pensar (qué ironía literaria la tuya, Mallo) que alguien debería escribir una novela con su vida: “ésa sí sería una historia”.

El caso aquí es que una prima rica suya (de cuya existencia nada sabía) le encarga eso, un caso, particular: Lascano, detective privado (sin serlo del todo). Él sabe muy bien que donde se hizo con el oficio de policía fue en la calle, aprendiendo de los delincuentes, que más que los maestros de los investigadores en ocasiones se acaban convirtiendo en un ejemplo. No para nuestro protagonista, lo sabemos (él pela “contra la infamia del mundo, de los hombres y está decidido a ganarles aunque sea una ínfima batalla”). Los policías vienen del mismo lugar que aquellos a quienes persiguen, incluso alguno considera que tienen las mismas necesidades y piensan de forma similar. Pero verdaderamente no hay una guerra policial contra el crimen, porque no se trata de una guerra, como le dice otro veterano policía: “las guerras algún día terminan”.

Que no se me olvide, en la tercera de Lascano suena el Himno de prostitutas, que Loquillo grabara para su elepé La mafia del baile en 1985.

Por cierto, el caso lo resuelve. Seguiré leyendo más novelas de la serie: Mallo, me has ganado para la causa.

 

“Al fin la vida no es más que un intervalo, un chispazo entre dos eternidades. […]

Somos todo el pasado, somos nuestros amigos, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos, justamente, los otros.”.

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