De muy joven, yo era la típica persona a la que le molestan los mendigos, incluso le asustan. Los rehuía. No comprendía su existencia.
A los 30 años, cuando me quedé sola con mis tres
hijos, muchas facturas que pagar y mucha comida que comprar con un sueldo
exiguo, empecé a comprender. Nos quedamos sin el piso, mi familia nos alojó en
un apartamentito, en el que tuve que desconectar la calefacción eléctrica,
veíamos la tele con los abrigos puestos y una manta por encima.
Muchas veces, con el orgullo pisoteado, iba a casa de
la familia a pedir comida, para comer, para cenar, dinero para medicinas. Las
respuestas eran variadas.
Comencé a mirar a los mendigos de otra forma,
comprensiva y solidaria. Incluso si llevaba alguna moneda, la compartía con
ellos.
Hoy, que luchando y luchando no me he convertido en
mendiga, hablo con ellos y siempre les doy una ayuda. Alguna gente se enfada
conmigo por ello: ¡Que trabajen! Ellos sinvergüenzas, y tú tonta.
Pero no olvidaré nunca que para juzgar hay que meterse
dentro de la piel de la gente, y que la vida puede cambiar en un segundo.

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