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Mis mendigos, por Luisa Horno

De muy joven, yo era la típica persona a la que le molestan los mendigos, incluso le asustan. Los rehuía. No comprendía su existencia.

A los 30 años, cuando me quedé sola con mis tres hijos, muchas facturas que pagar y mucha comida que comprar con un sueldo exiguo, empecé a comprender. Nos quedamos sin el piso, mi familia nos alojó en un apartamentito, en el que tuve que desconectar la calefacción eléctrica, veíamos la tele con los abrigos puestos y una manta por encima.

Muchas veces, con el orgullo pisoteado, iba a casa de la familia a pedir comida, para comer, para cenar, dinero para medicinas. Las respuestas eran variadas.

Comencé a mirar a los mendigos de otra forma, comprensiva y solidaria. Incluso si llevaba alguna moneda, la compartía con ellos.

Hoy, que luchando y luchando no me he convertido en mendiga, hablo con ellos y siempre les doy una ayuda. Alguna gente se enfada conmigo por ello: ¡Que trabajen! Ellos sinvergüenzas, y tú tonta.

Pero no olvidaré nunca que para juzgar hay que meterse dentro de la piel de la gente, y que la vida puede cambiar en un segundo.

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