La quinta novela del escritor británico Nick Hornby se titula En picado (originalmente, A long way down) y fue publicada en 2005, aunque yo, claro, lo que he leído es la excelente traducción a mi idioma que hizo Jesús Zulaika dos años después.
El protagonista de En picado es el suicidio, la intención humana de acabar con la propia vida. Y, de rondón, se cuela un personaje secundario de enjundia, la felicidad. El libro se abre con una cita. Esta:
“La cura de la infelicidad es la
felicidad, y me tiene sin cuidado lo que puedan decir al respecto”.
La frase pertenece a la novela Niagara falls all over again, de la
escritora estadounidense Elizabeth McCracken, publicada en 2001.
Los protagonistas de En picado, los auténticos, los personajes
humanos que la protagonizan con sus vicisitudes crudas, en ocasiones
hilarantes, a menudo oscuras y perturbadoras, son dos mujeres y dos hombres
situados en una encrucijada dolorosa. Cada uno de los cuales nos habla y Hornby
ordena, alterna sus intervenciones directamente hechas para el lector. Uno de
ellos, el periodista televisivo Martin Sharp abre el fuego de esta singular
novela tan Hornby y tan poco Hornby a la vez:
“¿Puedo explicar por qué quería
saltar desde lo alto de un edificio? Pues claro que puedo explicar por qué
quería saltar desde lo alto de un edificio. No soy ningún maldito idiota. Puedo
explicarlo porque no era inexplicable: era una decisión lógica, producto de un
razonamiento correcto. Y ni siquiera era un pensamiento serio. No me refiero a
que fuera un pensamiento caprichoso; me refiero a que no era terriblemente
complicado, o desesperado”.
No es una mera manera divertida, entretenida, novelísticamente simplona, de
atender algo tan crucial en nuestras sociedades como es el suicidio. Lo que
hace Nick Hornby en En picado es algo majestuoso, espinoso y delicado:
porque escribir una novela que explique los difíciles entramados de las
sociedades que conocemos mediante una relación amistosa entre suicidas
fallidos (¿fallidos?) es algo que está a la altura artística de muy pocos
literatos. Y el escritor inglés es uno de ellos. Sin duda.
Otro de los personajes de la novela, un músico fracasado que se hace llamar
JJ, tiene su propia visión del suicidio, claro:
“A la mayoría de la gente le cabe en
la cabeza el suicidio, supongo; la mayoría de la gente, aunque lo tenga muy
oculto en lo más profundo de sí misma, puede recordar alguna vez en la vida en
la que pensó si realmente quería despertar a la mañana siguiente. Querer morir
parece una parte de estar vivo”.
JJ considera que el suicidio se inventó para gente como la escritora
Virginia Woolf y el músico Nick Drake, “y como yo”, no para los otros tres
protagonistas de la novela: “el suicidio se suponía que era de puta madre”.
Maureen, la madre soltera de un niño absolutamente constreñido a una silla
de ruedas que necesita una ayuda permanente para cualquier asunto vital, es un
personaje entrañable a quien le gustaría ser como ese tipo de gente “que sabe
qué decir, esa gente a la que le da igual las cosas: porque si eres como ellos
me da la sensación de que tienes más oportunidades de poder vivir una vida
soportable”.
Todo eso y el siempre deslumbrante humor del autor de Alta fidelidad,
que, por ejemplo, le hace decir a Martin esto:
“Uno de esos terroríficos grupos de
lectura, en los que lesbianas infelices y reprimidas de clase media charlaban
durante cinco minutos sobre alguna novela que no entendían, y luego se pasaban
el resto de la velada quejándose de lo horrorosos que eran los hombres”.
No es igual estar a punto de matarse que de vez en cuando querer morir. Si
hacemos caso a una de las reflexiones de JJ (“¿por qué la lectura saca tanto de
quicio a la gente?”), “alguien que quiere morir está furioso y lleno de vida y
se siente desesperado y hastiado y exhausto, todo a la vez; quiere luchar con
todo el mundo, y quiere acurrucarse y hacerse un ovillo y esconderse en algún
aparador de la casa”. JJ había querido matarse “no porque odiara vivir”, sino
porque le encantaba la vida. Uno quiere suicidarse porque ama la vida: al verse
excluido de ella, de esa vida que te destruye, el suicida comete “un acto de
desesperación, no un acto de nihilismo”. Suicidarse “es una eutanasia, no un
asesinato”.
Que conste que el mejor, el más genuinamente Hornby, el más literariamente
real, el más verdaderamente ficticio de los personajes de la novela es Jess, la
hija de un ministro británico. Cuando leas En picado te darás cuenta.
Lo que le queda claro a quien se adentre en En picado es que hay que ser verdaderamente cruel para burlarse de alguien que es infeliz.

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