Recién ganada la guerra, Francisco Franco se enfrentaba, además de a la reconstrucción de un país en ruinas, al problema intrínseco del régimen que venía edificando. Preservar su inmenso poder es la razón de que buena parte del trabajo de Franco estuviera dirigido a conseguir acrecentar su carisma. A ello contribuyó la nueva Ley de la Administración del 8 de agosto de 1939, que incrementó su jefatura militar sobre los tres ejércitos, al situarle como presidente de la Junta de Defensa Nacional que ejercería la supremacía directa sobre los tres ministerios bélicos, y suprimió la vicepresidencia gubernamental. En el artículo 7 de esa Ley se volvía a repetir aquello de que correspondía “al Jefe del Estado la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general”, pero ahora se añadía: “y radicando en él de modo permanente las funciones de gobierno, sus disposiciones y resoluciones adoptan la forma de Leyes o de Decretos, y podrán dictarse aunque no vayan precedidas de la deliberación del Consejo de Ministros, cuando razones de urgencia así lo aconsejen, si bien en tales casos el Jefe del Estado dará después conocimiento a aquél de tales disposiciones o resoluciones”.
El general Francisco Franco ejercería sobre los españoles en sus
39 años de gobierno una dictadura. Su pragmatismo,
alejado de las ideologías y en absoluto doctrinario, llevó a cabo una obra
de adaptación permanente a las circunstancias,
tanto a las del exterior como a las del aparente inmovilismo interior que era
en realidad un bullicio consentido por el autócrata sólo hasta los límites en
que le impedía asentar su poder personal.
El 9 de agosto de 1939, Franco formaba su primer Gobierno
posterior a la Guerra Civil.
[Este texto (reelaborado) está extraído de mi libro El franquismo, publicado en 2013 por Sílex ediciones]

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