Desde que leí aquella obra maestra suya titulada Poeta chileno, siento de vez en cuando la necesidad de leer a Alejandro Zambra, un escritor para el que la palabra literatura pareciera haber nacido para explicar su arte.
En 2023 publica otro libro
sensacional, breve y mayúsculo a la vez: Literatura infantil. Una
de esas maravillas que cuando uno acaba de leer siente la necesidad de decirle
a todo el mundo lector Tienes que leerlo. Léelo.
En la portada (recuerda, la portada
no es la cubierta) aparece esta expresión, poco habitual en este tipo de
sitios: Edición de Andrés Braithwaite. Y ya sabe, así, uno que lo que va a leer
es lo que es porque un editor ha hecho algo más que orientar, motivar,
coordinar su corrección, realización y demás. Braithwaite, responsable de que
“este libro fuera encontrando una forma”, aparece reconocido explícita y
categóricamente por Zambra en la página de agradecimientos porque, como ya
habíamos averiguado en la de créditos, los textos de Literatura infantil
provienen, algunos de ellos, de publicaciones donde ya habían visto la luz,
como The New Yorker o The New York Review of Books, entre algunas
más.
“Así pasan
los días cansados pero felices, que se entremezclan con los días felices pero
cansados y con los días felices pero felices”.
Literatura infantil es un
espléndido acierto literario sobre la paternidad, sobre ser padre, pero
también sobre ser hijo. Y así comienza el libro, así se inicia su
primera parte, con un relato de igual título que va de lleno a lo que es el
corazón del volumen:
“Toda
la literatura es, en el fondo, infantil”.
Zambra (que suele referirse a cada
texto que compone Literatura infantil como ‘ensayo’) hace mucho, al
parecer, eso de encaminar los poemas que escribe “al civilizado y legible país
de la prosa”. Quienes escriben, quienes escribimos, no relatamos, no
recordamos, lo que hacemos es “ver las cosas como por primera vez, como
un niño”.
El titulado ‘Jennifer Zambra’ es un
espléndido cuento de un flirteo enamoradizo: mirarse “a los ojos sin demasiadas
precauciones, con “esas frases ambiguas que suenan a promesas”, todo “en un
ruidoso minuto de antiguo silencio heterosexual”.
En ‘Francés para principiantes’, el
quinto de los cuentos de la primera parte del libro, podemos leer
“Lo primero
que hacemos cada mañana es escuchar música y bailar. Y cuando nos echamos a
leer en el sofá, quiero que la literatura sea una prolongación natural de la
música, otra forma de música”.
La pandemia de la COVID-19 hace acto
de presencia también en este libro, donde Silvestre, el hijo del protagonista y
narrador, ese trasunto inconfundible del propio Zambra (cuyo hijo se llama
también Silvestre, como leemos al final, en el último párrafo del volumen), es
capaz de proponer, con tan solamente 3 años de edad, que “juguemos a
escondernos del virus, papá”. Aquellos días de la pandemia, que hacían sentir
fatalismo, un fatalismo que, “sin embargo, ahora, a la luz de los hechos, me
parece una versión apenas disminuida del optimismo”. Y a mí también.
“La
memoria se destruye o se modifica para que podamos reinventarnos, recomenzar,
reclamar, perdonar, crecer”.
Zambra, lo dice él, escribe los
recuerdos que su hijo va a perder. Como si quisiera facilitarle “la
redacción futura de sus me acuerdo”.
La segunda parte del libro es
distinta. Ya no está protagonizada entre el niño Silvestre y su padre (Zambra).
Estamos ahora ante una serie de cuentos que se abre con el magistral ‘Garabatos’.
Cuentos en los que se está “a favor del llanto”, como en el hermosísimo,
delicado e infrecuente ‘Rascacielos’, sobre un padre, un hijo y un amor.
“Me
gusta cómo eres. Aunque no sepa cómo eres”.
En esta segunda parte va tomando más
cuerpo la figura de un padre y un hijo ya mayores, con una relación de largo
recorrido, como la mantenida por el autor con su propio padre.
[…]
Cuenta el narrador en este cuento
“un episodio vergonzoso, que me invalida como hincha y acaso como persona:
durante casi dos años fingí que no me gustaba el fútbol”.
“Esas otras personas que fuimos”.
Recordarnos, escribir sobre nuestros recuerdos, sobre esas otras personas
que fuimos. Hacer un Zambra.
Silvestre, el hijo del narrador (y
del autor, por ende), vuelve a aparecer en el relato ‘Cogoteros de ojos
azules’. También el padre del narrador, que en este cuento le pide a Alejandro
que no escriba sobre él, que escriba mejor sobre el niño. ¿Es Un hombre que
duerme, de Georges Perec, la novela favorita de Zambra, como lo es del
narrador de este cuento?
Padres e hijos, insisto: “a veces, cuando los padres felicitan a los hijos, más bien se felicitan a sí mismos”. Como dice un personaje del ensayo (así se refiere a él mientras lo escribe el narrador) ‘Lecciones tardías de pesca con mosca’, otro sobre padres e hijos, “a los padres nunca aprendemos a mirarlos bien. ¿Quién escribió eso?” (Eso lo escribió Alejandro Zambra, por cierto, en otro libro. O el narrador, que podría no ser el escritor chileno, pero que sí que lo es, seguro: hazme caso.)
¿“A quién le gusta que le recuerden
todo el tiempo que la vida no es un juego”? Y menos a tipos como el autor de Poeta
chileno o Bonsái, cuya obsesión de escribir ha sido “una forma de
prolongar el juego hasta sus últimas consecuencias”.
El último ensayo/relato de Literatura
infantil se titula ‘Recado para mi hijo’ y es una deliciosa
reflexión narrada sobre “la soledad de la lectura”, ruidosa y silenciosa
sin ser ruido ni ser silencio. El hijo, “esa persona del futuro” que es “ahora
mismo”. El hijo, que ha servido como feliz excusa para que Alejandro Zambra haya
escrito este libro que va sobre “los misterios de la felicidad”.
[…]
Este texto pertenece a mi artículo ‘Los misterios de la
felicidad: Alejandro Zambra y su Literatura infantil’, publicado el 5
de junio de 2023 en Nueva Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.


Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.