El retrato de casada (cuyo título original es The marriage portrait) es la novena de las novelas escritas por la autora británica Maggie O’Farrell (de quien yo había disfrutado la anterior suya, la inestimable Hamnet). Publicada en 2022, la he leído en la espléndida traducción que hizo a mi idioma un año después Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.
“Una vez más, la incredulidad se le
acumula debajo de las costillas como una burbuja de risa. Si no tiene cuidado, lo
absurdo de su discurso, el fingimiento, el disimulo, esas miradas engañosas le
harán estallar en carcajadas. Su marido, que tiene intenciones de matarla, por
su propia mano u ordenándoselo a otro, levanta una esquina de la servilleta y
se limpia la mejilla dándose toquecitos con la punta, como si una gota de sopa
en la cara fuera cosa de importancia. Su marido, que busca su muerte, dedica un
momento a apartarse de la frente un mechón suelto y finalmente se lo pone
detrás de la oreja. Su marido, el asesino, vuelve la cabeza y dice a los
criados que comuniquen a las cocinas que pongan más sal. Como si el aderezo
fuera importante para ellos en ese instante. Su marido, que va a matarla dentro
de poco, alarga la mano como si fuera a envolver con la palma los fríos dedos
de Lucrezia”.
[…]
Abre la novela O’Farrell, al igual que lo hacía en Hamnet, con lo
que llama una referencia histórica. Una referencia histórica que nos
pone en antecedentes (y más allá) y dice así:
“En 1560, a los quince años de edad,
Lucrezia de Medici salió de Florencia para iniciar su vida de casada con
Alfonso II d’Este, duque de Ferrara. Morirá antes de cumplirse un año. La causa
oficial de su muerte sería fiebres pútridas, pero se rumoreaba que había
sido asesinada por su marido”.
Vuelvo a tener la sensación, no sé si la certeza, de que estoy siendo
trasladado durante la lectura al pasado, a un tiempo que nunca conoceremos con
la sensibilidad con la que lo vivieron sus verdaderos habitantes. Y, sin
embargo, creo estar allí en aquellos instantes aparentemente similares a los
que se podrían disfrutar o sufrir en este hoy en el que ahora te escribo estas
palabras, como sabiendo que cuanto leo es parte de algo que jamás podrá tener
lugar, no ya de la misma manera, sino ni tan siquiera con los modos y los
gustos y las ganas y las insatisfacciones de aquellas gentes muertas para
siempre. Porque O´Farrell (a cuyos personajes, por ejemplo, las dudas pueden
tirarles “del borde de sus pensamientos”) construye una verdad literaria en la
que sus protagonistas son seres muy parecidos a nosotros que habitan un mundo
en el que todavía no ha tenido lugar el futuro. Nosotros leemos sus intrigas,
sus angustiosas vicisitudes, sus momentos de serenidad, de gozo, de vislumbre,
a sabiendas de que nuestro mundo está inmerso en unas cotidianidades muy
distintas, pero esencialmente afines.
[…]
Es aquel, el tiempo de Lucrezia, todavía el tiempo en el que las mujeres de
alta alcurnia eran educadas para el matrimonio: “como un eslabón más de la cadena
de poder”. Sin embargo, sus hermanos varones son educados “para mandar”: a
ellos se les enseña “a luchar, a discutir, a debatir, a negociar, a ganar, a
manipular, a esperar, a descubrir las ventajas, a tramar, a manejar, a
consolidar su influencia”; aprenden retórica, narrativa y argumentación; se
ejercitan en el salto, en el boxeo, en el levantamiento de pesas, en la
esgrima; “les han enseñado las formas más eficaces de poner fin a la vida de
otras personas”…
[…]
En definitiva, es esta otra crónica de una muerte anunciada (Nunciata se llama,
por cierto, una de sus personajes femeninas) a cargo de O’Farrell, la mujer escritora
que nos cuenta el sometimiento inmisericorde de muchas mujeres en las épocas en
que los hombres dominaban la Tierra. ¿Como hoy?
“A una niña se le exigirá hacer lo
mismo que ha hecho ella: desarraigarse de su familia y de su lugar de
nacimiento para arraigar en otra parte, en la que tendrá que aprender a medrar,
a reproducirse, a hablar poco y hacer menos, a quedarse en sus habitaciones, y
a cortarse el pelo, y a evitar las emociones, y a contener la estimulación y a
someterse a todas las caricias nocturnas que le salgan al paso”.
Maggie O’Farrell, narradora omnisciente, dueña absoluta de su maravilloso
cuento, de su novela, es una diosa que decide sobre la vida y la muerte de sus
personajes. No digo más. Porque ella hace con el pasado lo que le viene en gana,
y así es muy difícil saber si aquellas gentes sentían así, vestían así y amaban
así, odiaban así. Eran así. ¿Y eso importa? A mí a veces sí, y a veces no.
Este texto pertenece a mi artículo ‘Lucrezia de Medici
según Maggie O’Farrell’, publicado el 4 de abril de 2023 en Nueva
Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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