Un poema mío comienza con estos versos: Prometeo mata a Liberty Valance / mientras Laura Palmer palidece / en el interior de una bolsa para cadáveres / exquisitos, bañados en música tecno. / Albert Camus sueña pandemias / abrigado por un capricho de Goya / y Lucientes: a Tom Hanks / le faltan años para hacer / de Nietzsche. Es un poema que lo que quiere es (y así lo dice) que prestemos atención a algo, a que existe un hilo de seda desde el Paraíso que es una cuerda de piano sobre la que vivimos la vida a marchas forzadas gracias a la poesía de las tumbas. ¡Qué cosas! ¿Y qué pinta ahí Albert Camus? Muy sencillo, Camus es una de las voces de ese hilo de seda, es uno de los poetas de las tumbas. Él que no escribió poesía era un poeta. Por supuesto.
No cabe duda de la importancia de la literatura de Camus, “que con una seriedad clarividente ilumina los problemas de la consciencia
humana en nuestra época”. No lo digo yo, es lo que dijeron quienes le otorgaron
en 1957 el Premio Nobel de Literatura. Es conmovedor leer ahora (imagino que ya
siempre) su discurso de aceptación de tan prestigioso galardón, pronunciado en
Estocolmo el 10 de diciembre de ese año. Seis años antes de que yo naciera.
“¿Cómo un hombre,
casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada,
habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad,
podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto,
y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en
tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al
silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha
incesante?”
Aquel discurso contiene uno de los párrafos
más humanamente hermosos que jamás nadie haya escrito sobre todos y cada uno de
nosotros desde que hace millones de años aprendimos a ser lo que quiera que
seamos, unas frases que rigen hoy, en pleno siglo XXI de encrucijada y
confusión, como lo hacían en aquellos años de mediados del siglo pasado, en los
que el horror de la destrucción atómica combatía firmemente contra el
nacimiento de la música pop:
“Indudablemente,
cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo,
que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el
mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las
revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las
ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo
todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al
servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a
su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que
constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de
desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes
inquisidores establezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que
debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las
naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el
trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la
Alianza”.
Y el mundo no se deshizo. Camus no podía
vivir sin su arte, pero nunca lo puso “por encima de cualquier cosa”. Se
enorgullecía de que ese arte suyo sirviera para “emocionar al mayor número de
hombres [eran otros tiempos, se decía hombres donde ahora decimos seres
humanos], ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías
comunes”. El arte somete al artista a la verdad, “a la más humilde y más
universal”. El artista se mantiene “equidistante entre la belleza, sin la cual
no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse”. Los
verdaderos artistas “se obligan a comprender en vez de juzgar”. Dos son las tareas
que constituyen la grandeza del oficio de escritor: “el servicio a la verdad y
el servicio a la libertad” (si “la verdad es misteriosa, huidiza”, la libertad resulta
“peligrosa, tan dura de vivir, como exultante”). Y dos son los imperativos de
ese oficio, de ese arte: “la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la
resistencia ante la opresión”.
Menudo canto magnífico a la nobleza del
oficio de escribir. Impresiona Camus cuando dice de su artístico oficio que ha
de ser ejercido por un humano “vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado
de justicia”, un ser humano que realiza su obra “sin vergüenza ni orgullo, a la
vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado, en fin, a
sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente,
entre el movimiento destructor de la historia”.
Y qué manera de acabar:
“Sólo me falta dar
las gracias, desde el fondo de mi corazón, y hacer públicamente, en señal
personal de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero
artista se hace a sí mismo, silenciosamente, todos los días”.
La persona a la que expresamente dedicó este
discurso el intelectual francés se llamaba Louis Germain, profesor suyo de niño
en Argel, que sería quien habría convencido a su madre y a su abuela para que
siguiera estudiando en lugar de entrar a trabajar como aprendiz en alguna
tienda. De hecho, el propio Camus, algunos días más tarde de su disertación
aceptando el Nobel, escribió a Germain una carta de agradecimiento que decía:
Querido
señor Germain:
He esperado
a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de
hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he
buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y
después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que
era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que
dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la
oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo
asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso
continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los
años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Le mando un
abrazo de todo corazón.
Albert Camus
Esfuerzo. Trabajo. Y un corazón generoso.
¿Cabe mayor enseñanza del alumno Camus, mayor enseñanza del maestro Germain?
Conocemos la carta de respuesta de Germain,
escrita en 1959 y recibida por el alumno poco antes de morir en un accidente en
carretera cuando quien conducía el vehículo era su propio editor, Michel
Gallimard, fallecido cinco días más tarde que el propio Camus de aquellas
heridas, en enero de 1960. La carta del maestro del autor de novelas como El
extranjero y La peste, obras teatrales tal que Los justos o
ensayos filosóficos de la altura de El hombre rebelde comienza con un
expresivo saludo lleno de afecto: "Mi pequeño Albert". En ella,
mostrando el enorme agradecimiento por “la gentileza de tu gesto”, podemos
leerle al viejo maestro frases como estas:
“¿Quién es
Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad
no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de
descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando
eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase.
[…] Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo,
contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase
resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo”.
¿Quién fue Albert Camus? Tal vez sólo un sueño. Un hermoso sueño de la humanidad.

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